Videncias
VIDENCIAS Gabriela no sabía qué hacer con las sorpresas de la vida. A pesar de llevar 11 años casada, aún no se acostumbraba al ajetreo de tener que mudarse cada dos años por el trabajo de su esposo. Cada cambio era como un terremoto en sus frágiles costumbres y en las amistades que iba tejiendo día con día. Él había pasado de escuchar con tranquilidad sus quejas a una abierta indiferencia; la ambición lo mantenía con los ojos en la oficina. Mientras tanto, ella se enrolaba en distintos trabajos, todos tan temporales como un empleo de estudiante. Era aquella una ciudad seca y pequeña, azotada constantemente por pequeñas tormentas de arena o polvo que dificultaban la vista y hacían de sacudir una actividad inútil. Gabriela volvía a casa en una tarde radiante y limpia, que contrastaba con el viento polvoriento habitual. Volvía a sentir la tranquilidad y empezaba tomarle cariño a esas calles abiertas y rectas. Cuando el recuerdo de la pelea matutina con su esposo por la mañana ...