Hundidos
HUNDIDOS Esa noche no halló consuelo alguno entre sus sábanas. Llevaba un par de semanas viviendo en ese puerto de construcciones viejas y penosamente cansadas. Ya no había hallado cupo en su ciudad natal, aquella a la que había amado y detestado tanto con el pasar de los años. Las nubes borrosas de una nueva vida cerca del mar le parecieron atractivas. Pero la esperanza inicial se había disuelto y el panorama lucía tan incierto como el cielo de luna nueva. Al no poder dormir, decidió dar una vuelta al cercano malecón. No extrañaba su vieja vida y frecuentaba poco a los amigos que había dejado atrás. La nostalgia no era aquello que le pesaba y lo mantenía inquieto todo el tiempo. Tampoco eran las pocas personas que había conocido en el puerto, quienes lo trataban como a un vecino más, a quien se le saluda de vez en cuando pero no se le invita a cenar. Era de madrugada, el bullicio porteño había disminuido poco a poco. Por las noches, el malecón parecía un prolongado bar ...