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Mostrando entradas de noviembre, 2016

El Tiempo de Buen Humor

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EL TIEMPO DE BUEN HUMOR Hubo unos días en que me fui de la ciudad, lejos, lejos. A Centroamérica con sus fronteras diminutas, a los colosos de los Andes, a los volcanes dormidos, al centro del mundo en el Ecuador, sólo porque había pasado demasiado tiempo sin escucharme a mí mismo. Fueron varios, suficientes para que cuando volviera la gente me contara cosas raras que habían ocurrido en mi ausencia. Dudé de sus palabras, luego de mis oídos y finalmente de la realidad misma. Me contaron que uno de esos días el tiempo amaneció de buenas. Y nadie hasta entonces sabía que semejante cosa tenía sentido del humor. Lo supieron cuando el amanecer se postergó más de lo usual; los tonos rojizos del cielo se prolongaron por horas sin que el reloj avanzara demasiado. Hubo tráfico como todos los días, pero nadie llegó tarde a su destino porque los minutos no avanzaban. Todos se miraban confundidos, como si estuviesen dentro de una gran broma. Los pájaros trinaban confundidos, volaban a...

Teocali

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TEOCALI A mi tía Marcia, con tres años de tardanza  Pensar en los días viejos a veces punza mientras la tarde se desvanece. El sonido del viento moviendo la gran palmera que hay a mis espaldas y la exuberante vegetación es inagotable, me arrulla en pensamientos ociosos, ligeros. El sudor incrementa, he perdido la cuenta de cuantos mosquitos he ahuyentado ya. De lejos llega el escándalo de los perros y de las bocinas en las casas. Los segundos transcurren como suspiros lentos. Reina una soledad extraña, falta algo importante. Las balas no han callado el cálido bullicio de Acapulco, tan cercano y tan ajeno a mí a la vez. Quizás todos hagan tanto ruido porque le temen al silencio de los cerros contiguos, aquellos que reciben con sutileza el aroma y ritmo del mar para luego mezclarlo con el de la tierra tropical. Pero una esencia espiritual está en el olvido, oculta entre la maleza y el andar caprichoso de lagartijas e iguanas entre casas y rocas. Hace falta ella con s...

Copenhague

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Los días oscuros no son infelices, no para ellos. Betsy va recargada en el hombro de Otto, con los ojos cerrados. Ambos están sentados en un vagón de un tren gris de alta velocidad que está por arrancar e irse las afueras de la ciudad. Atrás ha quedado el pequeño paseo por el muelle de Nyhavn, porque el Sol se ocultó demasiado rápido. Es normal en estos días de invierno. Él ya no siente el frío, pero ella todavía. Por eso se acurruca con mayor cuidado. No quiere dejarlo ir. Otto sólo contempla la escena reflejada en la ventana, como si se tratara de un instante congelado sobre el que corre el viento. Las personas de asientos cercanos hacen poco ruido. Se siente más conmovido por esos segundos que por las auroras boreales de la semana pasada. Le intriga sentir la misma emoción adolescente que años atrás con ella. A ambos les gusta ser inmaduros, jugar a ser bobos, sorprenderse con cosas pequeñas y reír sin dar explicaciones. Copenhague es una ciudad oscura en los días de frío...

Niebla Amarilla

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NIEBLA AMARILLA Hoy desperté con humo cubriendo mi cara. Mis ojos secos intentaron derramar lágrimas, pero sólo ardieron. Tosí sin control por varios minutos. Noté que por descuido había dejado la ventana abierta. Ya era de mañana, pero era difícil notarlo. Desde hace muchos días que nadie puede ver un amanecer soleado. La noche muere para dar paso a una oscuridad tenue, inconsistente, de nubes que parecen condenadas a no moverse y a reorganizarse con el escaso viento que de vez en cuando nos llega de las montañas. No sentía que pudiera levantarme. Mis pulmones se expandían y contraían sin control buscando un poco de oxígeno, el pulso era débil. Pensé que importaba un carajo llegar tarde al trabajo con tal de llegar bien. Sabía que de todos modos el tráfico no me ayudaría; no quería desfallecer sobre el volante mientras una hilera interminable de autos descargaba su ira con sus cláxones. Recordé a mis hijos, que para esas horas se dirigían a la escuela, llevados por su madre...

Mictlancihuatl

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MICTLANCIHUATL Mictlán I Maldeciré a aquella que me deje en silencio, detenga mis pensamientos y me vuelva tan pequeño como frágil. Si ese momento llega, sabré que todo estará perdido y que me veré inmerso en una marea que no podré controlar. Pero ese día aún está lejos, ni siquiera se distingue en el horizonte. Tengo tiempo para respirar, carcajearme, pensar…mantener un estilo de vida basado en mis placeres y vicios complacientes. Yo sé que no hay nada después de la muerte. Que todos pecan por gusto, y se arrepienten por convivir. Para mí, esto de las relaciones amorosas es un juego interminable. Me han dicho que soy un maldito tantas veces que no puedo recordar cuándo fue la primera. Esas mujeres no entienden la esencia de lo que hago y ven en mí algo irreal. Yo carbonizo todas sus aspiraciones principescas, las hago polvo y antepongo la brutalidad de mi sinceridad…pero sólo cuando quiero terminar de jugar. Antes de la realidad viene la ficción a conveniencia; escucho para...