Teocali
TEOCALI
A mi tía Marcia, con tres años de tardanza
Pensar en los días
viejos a veces punza mientras la tarde se desvanece. El sonido del viento
moviendo la gran palmera que hay a mis espaldas y la exuberante vegetación es
inagotable, me arrulla en pensamientos ociosos, ligeros. El sudor incrementa,
he perdido la cuenta de cuantos mosquitos he ahuyentado ya. De lejos llega el
escándalo de los perros y de las bocinas en las casas. Los segundos transcurren
como suspiros lentos. Reina una soledad extraña, falta algo importante.
Las balas no han
callado el cálido bullicio de Acapulco, tan cercano y tan ajeno a mí a la vez.
Quizás todos hagan tanto ruido porque le temen al silencio de los cerros
contiguos, aquellos que reciben con sutileza el aroma y ritmo del mar para
luego mezclarlo con el de la tierra tropical. Pero una esencia espiritual está
en el olvido, oculta entre la maleza y el andar caprichoso de lagartijas e
iguanas entre casas y rocas.
Hace falta ella con su
andar interminable para poner un poco de orden entre los jardines que nunca
dejan de crecer, en su casa que a ratos se derrite con el calor y sobre todo a
conservar la frágil armonía de un lugar que empezó siendo un pedazo de cerro
cualquiera y se volvió un pequeño templo en medio del escándalo de una de las
zonas aledañas al puerto acapulqueño. El oasis no vino a ella, sus manos lo
construyeron.
No lo contaba mucho,
pero lo pude saber después. Se refugió del caos y la destrucción personal en un
sitio tan lejano y agreste como sus propios demonios. De la maleza surgió una
casa diminuta de hueso de palapa, pequeña, pero suficiente. No importó que el
fuego terminara con sus esfuerzos alguna vez.
Hubo una segunda oportunidad para hacer algo que perdurara. Salió del
abismo, respiró. Sintió que vivía de nuevo en esos últimos años de juventud. Se
acercó a lo espiritual, a lo intangible. Vio cosas que los otros no. Se dejó
guiar por sus visiones y sentidos, ya no más por sus impulsos.
Recuerdos de ella los
tengo desde que era pequeño. Al mirar la hilera interminable de enormes
hormigas rojas cargando pedazos de hojas verdes recuerdo cuando le ayudé una
vez a moldear barro en forma de ladrillitos para un nacimiento. Sólo tenía seis
años y me parecía divertido. Ese es el primer recuerdo que tengo de su casa,
junto con la sensación imaginaria fantástica de estar en medio de una selva
repleta de senderos peculiares. Lejos de tener miedo, deseaba encontrar un
alacrán o una serpiente, como niño curioso.
No entendí el sentido
espiritual del lugar hasta que crecí y miraba con cierto temor el lugar donde
hacía su trabajo. No tenía mucha idea de cómo llamarle a las recuperaciones
mágicas que hacía en ese lugar, ni al encuentro de distintas creencias que
parecían dispares entre sí. La misión de su vida fue curar personas de males
internos o externos por medio de terapias espirituales. Dejó un lugar especial
para eso y le dio un viejo nombre conocido para los mexicas: teocali.
Sin ser pirámide, era
un pequeño santuario. Ahí convivían imágenes católicas, prehispánicas, hindús y
otras que desconocía. Veía también símbolos extraños que aparecían en mis
sueños meses después. A mi corta edad no entendía el sentido del esoterismo
expresado en ese pequeño lugar de paredes gruesas y tejado rojo. Pero a ella
siempre la veía como una figura mayor, sabia, persistente y muy perseverante
con sus ideas y convicciones. Le tenía tanto admiración como cariño pero no
deseaba meterme en sus cosas. Espié los títulos de su biblioteca muchas veces.
No entendía casi nada y me sentía en la sección prohibida de alguna biblioteca
vieja.
De noche, entre los
ruidos de insectos y lagartijas, pensaba que seres fantásticos corrían gustosos
por el lugar. Tal vez lo hacían, nunca me atreví a mirar. Despertaba a la
expectativa de experiencias paranormales que a veces ocurrían y en otras no.
Pero sabía que ella era la única dueña de su lugar y que mantendría todo en
orden; que podía darme explicaciones largas o contarme alguna historia de
cuando yo era más pequeño que alguna de sus plantas.
A lo largo de esos años,
y conforme fui creciendo, me contó muchas historias. La mayoría de ellas
increíbles, cómicas e inusuales. Podía creerle realmente o no, pero mientras
ella hablaba las cosas parecían ser capaces de existir y muchos recuerdos
revivían, pasaban frente a mis ojos a pesar de nunca haberlos visto antes.
Cuando me cansaba de mis propios pensamientos o los libros que leía en las
temporadas de vacaciones en Acapulco, miraba desde su ventana la Laguna de Tres
Palos. Y aún ahora, que lo sigo haciendo con cierto entusiasmo, me siento
privilegiado.
Ella no hacía sus
terapias conmigo. Si iba al teocali era
para traer tal o cual cosa, y para echar una mirada de curioso, pero no quise experimentar.
Hasta el día en que a los 16 años sentí que me desvanecía sin motivo aparente.
Recuerdo las escenas borrosas. Su mano firme encima de mi cabeza. Un cuarzo
cayendo sostenido de un hilo enfrente de mis ojos que permanecía impávido.
Palabras más, palabras menos. Respiraciones, pesadillas en mi mente. Un
parpadeo. El dolor había desaparecido. Su puño permanecía inmóvil, pero la
piedra transparente ahora oscilaba con calma.
La curación dejó mi
escepticismo callado por un buen rato, pero mis dudas incrementaron. Ahora le
preguntaba más cosas, no sólo de sus habilidades sino de cualquier tema. Le
tomé todavía más respeto. Si alguna vez pensé en ella como la tía que se
dedicaba a cosas extrañas, dejé de creerlo. Conocí a algunas de las personas
que le tenían fe y admiración infinita, ya no sólo curadora sino como guía.
Recordaba por instantes la figura del chamán. Había cosas que escapaban de mi
conocimiento.
Había una relación en
su filosofía entre la naturaleza y lo intangible, como partes de un todo enorme
que se regía por fuerzas magnéticas complejas. La energía lo era todo, la luz
no era sólo la de la lámpara y cada cosa estaba en un sitio por una razón
específica. El cerro que siempre miraba era tan sagrado para ella como para las
antiguas culturas prehispánicas, y fue ella quien reportó que había una zona
arqueológica en aquel lugar. La armonía era la composición de todas las cosas.
Los símbolos de ese extraño orden terrenal y hasta cósmico estaban por toda su
propiedad.
Cuando me hice más
preguntas, empecé a escribir mis delirios y tuve las primeras dudas
existenciales, quise guardarlas para la próxima vez que la viera. Fue demasiado
tarde. Para mí, ella partió pronto pero quizás fue en el momento que tenía que
ser. Me quedé en silencio, con mis pensamientos acallados por el dolor de la
pérdida. Cuando volví a Acapulco me sentí mínimo, reducido a mis recuerdos y a
las particularidades del lugar. Faltaba ella, su presencia en su ambiente, su
diligencia interminable con el paraíso que construyó entre la nada.
La muerte se volvió un
gran misterio más, una pregunta que ella no habría de responderme todavía. Y
aunque el calor y los días lo consuman todo, su legado permanecerá en ese lugar
que tanto quiso. El cerro permanecerá como vigilante silencioso. El bullicio de
los costeños perdurará. La carita mixteca que me regaló seguirá entre mis cosas
y mucho de lo que me contó en mi mente.
Los recuerdos provocarán más gusto y
curiosidad que lágrimas. Su memoria será vida, incluso entre las propias
palabras que uso para inmortalizarla. A pesar de todo, se le extraña en su
tierra. Hace falta un abrazo suyo, que sólo será hasta que mi larga cuenta de
preguntas hacia ella sea saldada. Hasta entonces, me queda lo entrañable de su
esencia.

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