Nívea
NÍVEA
Te pensé. Flotaste en mis ideas mientras intentaba
despertarme, pero mis ojos no se abrían como yo quería. Me revolvía inquieto
entre las sábanas, y distintos sonidos agudos confundían mi mente. Sentía las
manos frías y hormigueantes. Hacía viento, las ventanas estaban abiertas, pero
yo no recordaba haberlas dejado así. Tu aroma serpenteaba en mi habitación como
una espiral errante, pero no sabía aún si estabas ahí.
Cuando abrí los ojos, la mañana estaba blanca, muy
blanca. Las paredes de mi casa, que solían ser de color crema, parecían
recubiertas de una capa de mármol o conchas de mar, pulidas por algún ocioso.
Por todos lados había un brillo extraño. Parecía como si de tu interior hubiera
brotado todo ese recubrimiento, como si hubieras nevado sobre mi casa y dejado
únicamente tu aroma. Porque tu cuerpo ya no estaba.
Mientras aún no podía despertar, creí ver que tenías
alas. Pero no eras ya humana, sino una cacatúa ninfa completamente blanca, de
un tamaño mayor a las que había visto y con una cresta dorada. Y emitías un
canto embriagante, una canción de cuna que de pronto se había vuelto sensual,
que revolvía mi interior y que me daba la sensación de estarme dando un festín
infinito de comida en donde cada sabor se quedaba en mi lengua por más tiempo y
mi estómago era como un barril donde cabía todo.
Esa mañana blanca Coyoacán amaneció sumergida en una
neblina terrible, como nunca antes. Esas nubes blancas que descienden y cubren
hasta los sueños son más comunes en las montañas altas, en los bosques jóvenes
y oxidados, o en las mentes errantes que de pronto parecen detenerse ante la
nada. Pero esta vez nuestro pueblo vuelto ciudad estaba así, y el Sol sólo
filtraba su luz a través de esas nubes. Era como si también hubieras nevado
afuera.
Y mientras contemplaba a los árboles centenarios
cubiertos de esa lana de borrego flotante, te vi volar en las alturas. Incluso
las otras aves te miraban extraño. Seguí tu vuelo caprichoso. Vi cómo la gente
continuaba con normalidad ese día. Los vendedores de globos y de chatarra
seguían distribuidos por toda la plaza, y el hombre de los tamales y atoles
requería de seis manos para atender los pedidos. Los que vendían hierbas
aromáticas también vendían muy bien, lo mismo que los que ofertaban santitos en
miniatura. Los ausentes eran los organilleros, que sospechosamente se
encontraban llorando en las esquinas sin que nadie los volteara a ver.
Nadie se atrevía a manejar con tanta neblina, y las
esquinas de las calles estaban bloqueadas por distintos choques de los que se
atrevieron a hacerlo muy temprano. Los rostros de las personas estaban pálidos,
sus ojos parecían traslúcidos. Te veía volando entre ellos, como cacatúa exótica, quienes sólo te
señalaban con el dedo mientras te ibas más lejos. El agua de las fuentes creaba
figuras extrañas entre las nubes y nadie perdía el tiempo intentando sacarse
fotos ahí.
Veía e imaginaba el interior de tu cuerpo, sin esas
plumas. Como si detrás de ellas siguiera tu figura humana reducida, que mis
manos recuerdan tan bien. Pensaba que sólo era un disfraz, un encanto tuyo de
vestirte de esa forma por complacerte a ti misma. Juro que escuché varios
aullidos de coyote, como si los numerosos animales de piedra que decoran
nuestras calles hubieran despertado de su letargo y reclamado esa tierra
intermedia entre los manantiales, el lago y las montañas, donde fluían antes
los acueductos y las conversaciones silenciosas.
Salí de mi casa a envolverme en esa neblina húmeda,
que a ratos era tan densa como en la selva y en otros parecía tener corrientes
frías de viento. Contemplé que mi piel también se había vuelto más clara.
Busqué si decían algo del lugar en las noticias, pero no las entendía. Parecían
provenir de algún lugar muy lejano. Traía conmigo un libro, así que me senté en
una banca. Las páginas eran muy relucientes y veía las palabras con dificultad.
El deseo de que volvieras, de que salieras de ese ensueño níveo crecía conforme
pasaban los minutos.
Entonces te paraste en mi hombro. Creí que me
susurrarías algo, otra vez con tu canto delicioso. Pero no. Trepaste hasta mi
cabello, te sostuviste en un nudo extraño de él y empezaste a picotear y
regodearte con mi oreja. El libro salió volando. Sentí que moría de
escalofríos, de las vibraciones en todo el cuerpo que eso producía. Me sumergí
más en la neblina. De pronto ya no vi nada, sólo sentía el peso de mi cuerpo en
el metal de la banca.
Luego de eso el murmullo sin fin de miles de
conversaciones a mi alrededor sin que pudiera abrir los ojos de nuevo. También
de los coyotes que reían después de acercarse a lamer mis manos. Después el
peso de tu cuerpo sobre el mío, cuando te habías vuelto humana de nuevo. Sólo
hasta entonces pude ver ese fondo blanco infinito de nubes apenas cortado por
los movimientos de mis manos que trazaban líneas negras. Y por cada una de
ellas, suspirabas, me decías algo o te aferrabas más a mi cuerpo.
Te pedí que permanecieras, que te quedaras junto a mí.
No me decías nada. Sentía un calor extraño dentro de mí, como si brotara fuego
de mis entrañas. Sólo hasta entonces hablaste, dijiste que disfrutabas sentir
ese calor de esas llamas que no producían humo y que te mantenían en esa forma
humana para mi propio regocijo. No quise ponerte un nombre, ni te pregunté
quién eras. Sólo pensaba en quedarme con
la sensación de tu piel, el sonido de tu voz y los delirios inagotables de tu
presencia.
Recordaba cómo habías aparecido como una visitante
extraña el domingo por la noche y yo te había dado asilo para que pasaras la
noche, como el hombre más confiado del mundo. Fantaseaba contigo, sí. Conforme
pasaron las horas sentí que perdía la memoria y que ya no podía hacer otra
cosa, sino verte o sentirte. Al final, no dormiste en el cuarto de huéspedes
sino en mi propia cama. Nuestros nombres y todo lo que dijimos al principio
quedó en el olvido. Por eso digo que la neblina y la nieve que aparecía sobre
las cosas y la gente eran de ti, porque todo eso sólo podía haber sido creado
por el deseo que despedía todo tu ser.
Cuando me dijiste: “Hemos terminado aquí”, la neblina
comenzó a desaparecer. En su lugar empezó a caer una llovizna que escurrió toda
la blancura de las calles, y de la gente, incluso la nuestra. Aún sentía tu
peso sobre mi cuerpo, que poco a poco se fue desvaneciendo hasta quedar una
pluma. Esa pluma estaba sobre el libro que había elegido leer. Y en estas
páginas justo estás tú. Sólo te encontraré aquí, cuando nieves en mis
pensamientos.

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