Polen

POLEN

¿Jugamos? Los mejores juegos son las verdades disfrazadas de juegos que evitan la culpa y traen consigo todo el gozo posible. Ahí se quedan como recuerdos. Dicen que entre broma y broma la verdad se asoma. Te hago esa pregunta porque no sé si le podemos llamar juego a esta exploración incesante y eterna de nuestros cuerpos, que ocurre cada que queremos sin que sea una rutina aparente.

Te veo y una abeja vuela en círculos cerca de tu rostro. Luego otras dos, cuatro, seis, dieciséis…son muchas. Caminamos entre los pequeños arbustos del parque hasta encontrar el pedazo caído de un panal. Ahí están las formas hexagonales y las pobres abejas obreras desesperadas porque han perdido parte de la fortaleza de su panal. Veo ese pedazo de orden caído, ese caos, esa miel derramada en el pasto. Condenada miel. Te veo, me miras de cierta forma. Caminamos, siento una vibración en tu piel y algo raro en la nariz. Vamos en busca de algo.

*  *  *

No quiero ni parpadear. Quisiera que me escucharas ahora mismo, pero las palabras no salen de mi boca y apenas puedo articular ideas que no son confusas. Escúchame con la piel, porque tus oídos percibirán otra cosa. Se acabaron los días de cerrar los ojos para pensar que estamos en otro lugar, con otra persona, ciegos ante los impulsos del momento. Hoy podemos vernos, y la mirada misma es un acto de amor que no avanza hacia un precipicio sino a una red de laberintos interminables.

La visión mientras hacemos el amor es un regalo, un deleite por sí mismo que nos coloca en un momento deseado, conscientes de nosotros mismos, de nuestra desnudez y vulnerabilidad. Se acabaron los días de sensaciones turbulentas y confusas en esos momentos de excitación que terminaban por generar culpa o vacío al final. Ya no tendremos de qué avergonzarnos en las noches solitarias.

No soy un intruso, tú no eres una conquista. La única presión existente es la que se forma en nuestros cuerpos, unidos felizmente por voluntad propia en un jugueteo interminable; intenso cómo los azotes del huracán o suave como el vientecillo perezoso de abril. Te veo, nuestras miradas permanecen con fiereza por varios segundos, antes de volver a la contemplación de nuestros cuerpos.

Te escucho, te siento. Hay un resplandor extraño en ti que rodea tu cuerpo. Al tratar de tocar tu cuerpo me encuentro con el vacío, pero después encuentro tu piel y no te suelto, por temor a perderte en los propios delirios del momento. Ahí en ese espacio, en esos momentos, cohabitan los escalofríos y el calor tropical que surge de tu piel; como si unas hornillas se prendieran en cada una de tus articulaciones y se extendieran por tus terminaciones nerviosas. Mis manos alteran el orden efímero de tu cuerpo; las tuyas me dejan inmerso en una realidad que sólo los dos sentimos.

Encontramos una sintonía en nuestros movimientos, y respiraciones. La sincronía es extraña en estas cosas. De pronto hay un equilibrio entre la fuerza y la sutileza. Mis dedos encuentran pequeñas percusiones en tu cuerpo, tus labios hallan cuerdas en el espacio entre mi cuello y mis piernas. Nuestras voces con palabras inconclusas expresan ideas que no diríamos en otro estado; es la comunicación del ciclo del deseo, que comienza con la tentación, después con la acción-reacción y vuelve al inicio. Los pensamientos son líquidos, los funde el cuerpo. Nos encontramos con nosotros mismos, sin morales de un día sí, y al otro no.

No somos perfectos, no. Buscamos algo, siempre, aún en el mejor de nuestros encuentros. Recuerdo a las abejas envueltas en el caos que vimos hace rato, al ver su trabajo de semanas caído. Volverán a su labor, como siempre, porque no hay de otra. A las flores y al azúcar derramado por los humanos para formar poquito a poquito su imperio de autosuficiencia, para complacer a la reina y darle sentido a la vida.

Ellas buscan el polen, sin parar. Y yo encuentro el polen en tu cuerpo, de principio a fin. No se agota, cada vez sabe distinto, porque no todos los días respiras el mismo aire, ni piensas, comes o dices lo mismo. Las diferencias son pequeñas, pero las hay, distinguibles por conocerte. No hay monotonía en tu sabor, sino un mosaico de sensaciones. Cada vez reinventas tu cuerpo, sin siliconas, cremas mágicas o fetiches fabulosos. Tu piel por sí misma amanece y anochece.

Pero no sólo es la búsqueda del polen-deseo en tu cuerpo, en tus labios perpetuos, ni en tu cuerpo que cuál continente contiene en su interior montañas, valles, ríos, costas y lagos. No es tampoco lo que sea que encuentres en el mío. Ambos encontramos ese polen como abejitas incansables, sí. Pero formamos nuestro propio panal donde nadie es rey por más de unos minutos. Porque a veces mejor dominar, y en otras sucumbir ante la creatividad del otro.

Y quizás sí seamos como abejas, por dejar marcas en formas de línea sobre el otro-diagonales, horizontales, curvas-, por los aguijones que no siempre radican en lo obvio, por la extraña danza que hacemos, considerando que siempre tenemos música en la cabeza, por la esperanza de reconstruir los cachitos de panal que se caen cada cierto tiempo…todo sea por el polen, nuestro condenado polen, néctar vital, nuestra fuente de la juventud.

La luz ilumina nuestros cuerpos, engrosa los contornos y veo tu piel más roja. Aún si estuviéramos a oscuras te veía, porque recuerdo tu cuerpo con la nostalgia que un ciego siente los estímulos de los colores. Eres tormenta, tornado, torbellino…pero también una mañana tranquila, una noche silenciosa, una tarde que no se decide a morir. Me gustas lo suficiente, para quedarme hablando sobre ti para siempre.

Encuentro los patrones hexagonales sobre tu cuerpo de los panales, y me sumerjo en ellos, uno por uno. De seis lados, como el kiosko donde te quedaste dormida recargada en mí una tarde, mientras mi imaginación daba rienda suelta a las más lúcidas y descabelladas teorías y experimentos con tu cuerpo que yacía frente a mí. Me limité a acariciar tu cabello, a no sorprenderte, pero guardar todas esas ideas para un futuro, y aquí estamos.

Nos convertimos en un tren errante, nuestras caricias tienen eco, se escuchan en las paredes y nuestra respiración huele a hierbabuena recién cortada. Tu piel se rebela contra tu mente, tus impulsos primigenios salen de su escondite y siento cómo me absorben. Entonces ya no hay nada más en qué pensar, mis palabras se agotan, se vuelven una combinación de letras que nadie entiende. Tenemos riachuelos en las piernas, que fluyen y fluyen.

Entonces viene, se amplifica todo en un frenesí implacable que lo llena todo de colores. Ya no nos vemos, cerramos los ojos por unos instantes. Nos contraemos y ampliamos sin control. Estamos quebrados, felizmente quebrados sumidos en los espasmos de un sismo en nuestro interior, que nos devuelve a la realidad de la que habíamos salido. Nos miramos de nuevo. Seguimos en el campamento, alumbrados apenas por la fogata, con el sonido del río a un costado y los murciélagos volando encima nuestro.

Pero el polen es nuestro, y nos encerramos en el panal. Nos contemplamos el uno al otro con nuestra desnudez, disfrutamos de la feliz visión del otro y no queremos huir para arrepentirnos en la soledad. Estamos ahí, expuestos, con la confianza de los amantes que renuevan su pacto implícito en espera de otro amanecer. Permanecemos en la noche, recostados, y saboreamos el café, la fruta y té del desayuno de mañana. Tomo mi celular, te presto un audífono. Suena el Turn On The Bright Lights de Interpol. 


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