Idilio Costero

IDILIO COSTERO

Daría lo que fuera por no tener que volver mañana a la ciudad. Sé que el golpe de nostalgia y el aire, más tóxico por el pesimismo que por las fábricas, terminará por derribarme. No habrá nada que pueda hacer, pero es inevitable. Tengo asuntos que arreglar, aunque juré no volver. Quizás no sea posible escapar para siempre.

A veces creo que debí haber nacido en otro tiempo, en días distintos en que la competencia no fuera una vorágine que lo envolviera todo para devolver sólo ojeras, vergüenzas atroces, voluntades tintineantes y glorias líquidas. La calma que deseaba tanto respirar cada día parecía, a ojos de los demás, una pereza inconfesada. La ironía de nuestro tiempo era matarse ganando la vida.

“¿Por qué ganarse la vida si ya la teníamos?” me pregunto mientras enciendo el motor de mi bote, a un costado del pequeño muelle abandonado que ha resistido tormentas y desidias. Vine a la costa porque no me imaginaba en otro lugar. Quise dejarlo todo por mantener una existencia sencilla al lado del mar. Ella vino también, pero se fue un día cualquiera diciendo que iba a regresar. No espero que vuelva.

Les fallé a todos y disfrute decepcionarlos. Yo no era el hombre prodigio que buscaban, ni el modelo de éxito en la familia y Forbes no escribiría acerca de mí. Me engañé por muchos años jurando que mis deseos eran los de ellos porque la vida debía ser así. Maldije tanto sueños como utopías pensando que eran un distractor inútil. Me acostumbré a la insatisfacción. Lo único que me hizo darme cuenta de mi depresión fue ir al acuario de la ciudad.

Sabía que el único sitio en donde había sido realmente feliz era el mar. Había aprendido a pescar en unas vacaciones, con un improvisado guía de paseos en lancha que apenas había dejado de ser pescador y que impartió una cátedra de su oficio antes de lo que debía. Sus lecciones se quedaron grabadas para siempre. Cuando vine aquí y se acabó el dinero no tuve mucho problema para encontrar comida o empleo.

En la costa, la gente no se preocupa mucho más que de ellos mismos. Cortan las palabras, pero dialogan con lentitud. Comen a deshoras, duermen la siesta como costumbre eterna, viajan más hacia el mar que por tierra y tienen una sabiduría extraña que no cualquier persona entiende sin antes querer desecharla. La modernidad les ha traído beneficios que consideran meros juguetes. Hubiera televisión o no, la hamaca seguiría ahí, y las olas reventando contra las rocas o la playa.

Hablé mucho con ellos, aunque las primeras tardes fueron silenciosas. Muchos de ellos habían habitado esos lugares por incontables años sin tener deseos reales de mudarse, o habían vuelto con el tiempo. Había otros foráneos como yo, de ciudades o distintos países, que iban por temporadas. Algunos, muy decaídos, iban por una última encrucijada: respirar un nuevo aire, o dejarse morir.

Primero fui pescador, pero jamás miraba fijamente a los peces que sacaba con mis redes porque me daba tristeza. Una vez un pulpo se enredó en mi brazo y pasé la noche siguiente rogando por un abrazo. Curé mis propias desgracias en esos días de pesca solitaria, como si se tratara de una terapia improvisada.

Cuando la pesca ya no parecía buena idea, me puse a preparar platillos de la ciudad porque los extrañaba y los lugareños los disfrutaban. Algunos que iban cada semana a la ciudad me traían el material que necesitaba. Me llamaban más por mi lugar de origen que por mi nombre. Al poco tiempo otras personas de pueblos cercanos venían por mi comida en un improvisado puesto cerca del pequeño cuarto que rentaba.

Uno de esos días un hombre de aspecto sombrío se quedó platicando conmigo hasta tarde. Más que ebrio, parecía en un estado de trance. Nunca había visto a alguien con un aire tan solitario como él. Había vuelto a la costa después de muchos años luego de dejar la pequeña casa que le heredaron muchos atrás. “Esta es la última cosa que me queda pendiente” me dijo. En un acto extraño, me entregó el título de propiedad. Después se fue a pasos acelerados, hasta que leí en un periódico local que había terminado con su vida aquel día, en un camino cercano.

Temí por algo de tiempo ocupar su casa, pero terminé haciéndolo. Los pequeños ingresos por mi comida y cierto café alucinógeno que preparaba me hicieron arreglar la propiedad abandonada. Tenía una agradable vista y era más discreta que la arena en la suela de los zapatos. Aquel hombre se aparecía de vez en cuando, en la terraza, sin decir nada para sólo mirar el horizonte. Jamás lo interrumpí, ni sentí miedo alguno.

En cierto tiempo, a nadie del pueblo le parecía extraña mi presencia. No me cansaba de los atardeceres, ni de los paseos al mar o las tempestades ocasionales. El calor terminó de curtir mi piel e incluso mi sudor dejó de oler mal. Cuidaba por temporadas de las tortugas marinas y de caimanes extraviados en la costa. Mi familia me seguía pidiendo que abandonara mis prolongadas vacaciones mediante llamadas telefónicas. En tales momentos, sólo dejaba en la bocina el sonido de las olas hasta que colgaban.

De la ciudad sólo extrañaba a algunas personas que había dejado atrás, los museos, las idas al cine, el frío invernal, las múltiples exposiciones, los conciertos y hasta mis engaños de “buena vida”. Pero no deseaba regresar a esa vida que parecía inalcanzable con los recursos con los que vivía bien aquí. Además de que la añoranza podía consumirme.


Por eso me siento desgraciado ahora, meses después, al saber que tengo que volver y, probablemente, quedarme por una larga temporada allá. La familia lo requería, hasta tendría que volver en metro porque probablemente el tráfico me haría imposible llegar en auto. Ahí estaría ese gran organismo bullicioso para absorberme de nuevo y hacer que expulsara el agua marina de mis pulmones. Ahí estaría la necesidad de tener mucho dinero para sobrevivir, porque la vida y los placeres eran caros. Si la nostalgia no me mata, mi único temor es el siguiente: ¿Cómo vendré de nuevo, si ni siquiera hay un camino trazado para llegar aquí?




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