Letargo
LETARGO
Estabas
dormido. Te llamaban Padre Tiempo porque nadie recordaba el momento en que
había empezado tu sueño. Algunos te recordaban tendido en una gigantesca
caverna, ajeno a las linternas y antorchas que pasaban a tu lado. Otros juraban
que te habían visto en un páramo gigantesco, donde en tiempos de antaño
habitaban gigantes y colosos como aquel que pintó Francisco de Goya.
Parecías
brotar de la tierra, enraizado al suelo. Vientos y terremotos no te movían en
lo más mínimo. Tu respiración de ballena agotada hacía vibrar el suelo, abría
grietas y dividía pasos. Los demás crearon muchos presagios de lo que ocurriría
cuando despertaras. Algunos ociosos tejieron sobre tu barba, tocaron tus
párpados, trataron de despertar los impulsos eléctricos de tu espalda.
Pero
no estabas muerto, ni en coma. Tu corazón aún latía con fuerza, a ratos
aceleraba tu pulso a ritmos escandalosos que hacían saltar tus venas y
arterias. Parecía que te alimentabas del aire, de la curiosidad ajena; que la
tranquilidad del sueño era tu digestión y que desechabas lo que no te servía a
suspiros. Creciste, te inflaste porque nada te consumió. Las aves se paraban en
ti, rascaban tu piel y luego se iban. Los zopilotes se largaron después de
rondar por varios días, esperando a que murieras.
Fue
el agotamiento lo que te derribó un día. La ira acumulada en tus puños, la
tristeza soplando en el cuello, la alegría advenediza e hipócrita que nunca se
quedaba lo suficiente. Vivías en el insomnio permanente, la cama era
perfectamente inútil para todo. Tus objetivos se fueron porque no alcanzaban
las horas para pensar en ellos. Cada minuto se quemaba como una espiga de
matorral seco.
No
fue una borrachera prolongada, ni siquiera un golpe fuerte. Sólo un bostezo
largo, enorme, que continuó por minutos enteros hasta que el aire salió de tus
pulmones y tu nariz aspiró rápidamente una carga de oxígeno, después de un
paseo por el bosque. Vino el sueño, el letargo: doblarse de rodillas, agachar
la cabeza y quedar boca abajo contra el suelo.
No
dormiste con los ángeles: el de la guarda te abandonó al poco tiempo. Los
demonios y súcubos se posaron sobre tu cuerpo, lo importunaron, te dijeron
cosas espantosas que habrían escandalizado hasta al Marqués de Sade y
finalmente te abandonaron por no poderte provocar una pesadilla. Decenas de
espectros buscaron entrar a tus sueños para pedir ayuda, pero no lo lograron.
Tus
suspiros rutinarios y repetitivos se volvieron más precisos que un reloj. Los
seres de todo tipo, humanos o no, aprendieron a escucharte para encontrar el
momento en sus actividades. Nunca había un retraso o una variación en esos
muchos años, cargados de tormentas, amaneceres, nacimientos, suplicios,
placeres y tragedias. Te mantenías ajeno, aislado, dueño de tu espacio y tu
silencio.
Uno
de esos días alguien difundió que mirarte y meditar cerca de ti curaba el
insomnio. En espacio de varios meses llegaron miles de visitantes con ojeras
tan grandes como pozas azufrosas a permanecer cerca por varios días. En verdad
se quedaban dormidos, roncaban con fuerza y ese sonido provocaba un ronroneo
gigantesco que agitaba a los gatos de todo el mundo, que ahora vagaban sin
rumbo por las ciudades en todas direcciones, atormentados por el sonido.
Pero
esos dormidos sí despertaban. La preocupación por la cantidad de gente que iba
a encontrar algo de sueño a tu lado (que muchos seguían debatiendo entre si era
una caverna o un páramo) provocó que los gobiernos tomaran medidas para
despertarlos (y de paso a ti, si se podía). Luego de probar con varios sonidos
irritantes, tocaron unos gigantescos tambores, como los de Japón, pero más
grandes.
Todos
abrieron los ojos de buen humor y continuaron con sus vidas. Pero tú seguías
ahí tendido, sin reacción alguna. Los mismos científicos, tercos y obstinados,
se hartaron de estar buscándole explicación a tu estado mediante interminables
pruebas; optaron por ocuparse de los átomos, del universo y de cosas a las que
sí les podían dar explicación.
Los
pintores que quedaban te retrataron de diversas formas, con materiales distintos.
Banksy te retrató en un callejón ácido de Londres. Los artistas conceptuales
que no se ocupaban de adornar tiendas de autoservicio te redujeron a líneas y
formas sublimes. Los músicos te amplificaron a melodías largas y a beats
volcánicos. Y los filósofos te mostraron como ejemplo de nuestros tiempos.
Todos locos, todos ignorados.
La
pregunta clásica en el desayuno de los contemplativos era averiguar qué carajos
soñabas. Los psicólogos se debatían entre si tu sueño profundo te permitía
tener sueños o no. Pero a la mayoría le gustaba pensar que sí. Pensaban que en
tanto tiempo ya podías haber repasado tu vida activa por lo menos tres veces y
que tenías visiones del pasado inconsciente que guardabas en lo más profundo de
tu mente.
Despertaste
en el alba, abriste los ojos con gran susto y exclamaste un alarido prominente
que alteró muchos nidos. Yo estaba por ahí, simplemente pensando. Era un
escritor cualquiera que dormía sus horas de sueño sin descansar nunca y con
inquietudes existenciales como algún otro que se posó a tu lado. Vine más por
curiosidad que por deseos de salvación.
Y
ahí estuve para contarte qué tanta mierda había pasado en el mundo mientras
dormías. Tú para decirme qué tanto soñabas. No imaginé que se iba a desatar el
apocalipsis cuando despertaras, así que te escuché con calma. Soñaste que lo
veías todo, que las líneas entre pasado, presente y futuro se borraban. Me
preguntaste si Genghis Khan seguía en el poder o no; si las colonias en la luna
Delta 57 ya estaban advertidas de la próxima lluvia de meteoritos.
Tú
estabas en medio, al margen, como si un dios te hubiera prestado sus ojos. En
efecto, viste tu vida ir y venir muchas veces. Pero al final me dijiste que aún
después de dormir tanto seguías cansado, tal y como yo. Quizás porque te jodía
estar despierto en un mundo donde los sueños pasaban a ser objeto de
interpretaciones baratas. Me confesaste que volverías a tu trabajo, con tal de
tener dinero para comprar un buen colchón y dormir por el tiempo posible cada
noche.
Aunque
al principio te dio igual si el mundo te recordaba o no, al final me pediste a
mí que escribiera las memorias interminables de tus sueños, en los libros que
fueran necesarios. Quizás irían a parar a las bibliotecas más prestigiosas o
servirían para avivar alguna fogata. Lo prometí. Perdona por no hacerlo:
me quedé dormido.

Comentarios
Publicar un comentario