Astillas de Cuba (Parte 1)


La marea de calor no es abrumadora, pero el aire se siente distinto. Las visiones desde la ventanilla del avión permiten mirar la difusa frontera entre las costas mexicanas y la isla cubana; apenas veinte minutos de vuelo donde las elevaciones del océano parecen diminutos grumos azules y las nubes reinan suspendidas. La primera muralla está en las aguas: las coloraciones verdes señalan los arrecifes.



La isla parece mansa y en calma. Los cerros y cultivos se extienden, en ratos se contempla el otro extremo (a lo ancho). La llegada al Aeropuerto Internacional José Martí es vertiginosa. El avión desciende con furia, pero aterriza limpiamente sobre la pista, bordeada por jardines rasos y paredes que parecen de otro tiempo.

 La recepción en migración es fría, pese al creciente calor. La mayoría de los agentes son mujeres morenas y mulatas, de cuerpos delgados, con uniformes verde olivo impecables, pero con una mirada de tedio. Sus voces apenas se escuchan cuando solicitan algo al turista, quien responde un tanto confundido. Miran con fastidio a quien no sabe su protocolo. El rojo reina en el aeropuerto y sofoca ligeramente la vista. El espacio pequeño y la sencilla organización del lugar causan pequeños brotes de caos.

El cielo luce más brillante y claro que en México: hay un exceso de luz en los ojos. Los contrastes habituales se difuminan. Un auto viejo azul nos espera. El camino a La Habana es “un poquito largo”, en términos cubanos, que en esta ocasión no difieren mucho de los mexicanos. Conforme nos acercamos a la urbe, las primeras postales de la vida isleña aparecen.

Los murales tienen un mensaje implacable: la revolución está viva y no se va a mover a ninguna parte. Socialismo o muerte. Estar con Fidel o no estar. La unidad como el valor político principal en un país que este año firmó una nueva constitución que, en esencia, tiene una ligera tendencia reformista hacia un socialismo de Estado.

“Contra Fidel ni en la pelota”, afirma una cita de Camilo Cienfuegos en un cartel propagandístico a las afueras de un estadio de beisbol. Los padres de la revolución aparecen abrazados y sonrientes en una fraternidad que parece intocable por el tiempo. La división y rencillas entre los héroes parecería imposible. Otro anuncio dicta: “El Partido es inmortal”, y uno más: “Bloqueo: el genocidio más largo de la historia”. La “o” está compuesta por un lazo de horca. Ante todo, subyace una idea: Contra todas las dificultades, la isla sigue sin ahogarse en el Caribe. Pero los síntomas de asfixia aparecen, otra vez, con mayor frecuencia.

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El caminar de los cubanos parece muy liviano, y su andar tranquilo. Eso contrasta bruscamente con su necesidad imparable de comer a toda prisa y mezclar tanto sus alimentos como sea posible. A pesar del creciente desabasto, la dieta cubana florece a base de la sencillez y la improvisación. El condimento es fundamental, pero equilibrado. El temor de que la comida quede salada es similar al de otras partes del mundo.



Si la preparación de los platillos cubanos ya es en sí un artilugio de sabores, la técnica para comer desafía cualquier tipo de orden al ingerir los alimentos. El mexicano mezcla con el eje de orden llamado tortilla; el cubano toma sus cubiertos y envuelve los alimentos con la misma liberalidad que un albañil prepara el cemento.

El fantasma del desabasto volvió a aparecer en los últimos meses, y eso es una forma de terror. Mientras el mundo se debate con el nudo gordiano de Venezuela en el que Cuba tiene un papel significativo, los cubanos resienten las consecuencias de una economía que se ha vuelto más frágil por perder mercados. Las maldiciones contra el nuevo presidente florecen con cierta discreción.

El fantasma del “periodo especial” de la década de 1990, provocado por la caída de la URSS, aún atemoriza a los mayores de treinta años. En esos años oscuros, los estómagos de los cubanos recibieron las migajas de aquello que apenas lograron comer. Por eso las declaraciones de Raúl Castro acerca de que venía una “época difícil” causaron leves escalofríos. Por eso las frívolas declaraciones de un general cubano acerca de que debían comer avestruz y cocodrilo fueron ridiculizadas y convertidas en memes.

El desabasto es, fundamentalmente, desequilibrio. Hoy llega un cargamento de una cosa y mañana no. Los cubanos corren a hacer fila sin saber qué es lo que comprarán. La duda es innecesaria: lo que podrían estar distribuyendo podría ser algo tan indispensable como el aceite o algo más lúdico como la malta. La comunicación vecinal entre los cubanos supera en muchas ocasiones a nuestros medios electrónicos. Las cosas se saben con mucha velocidad.

El arroz congrí, compuesto en esencia de arroz y frijoles negros, es una analogía de la composición racial de Cuba. Contrario al mestizaje revuelto y vuelto a revolver de México, los colores de la piel de los cubanos permanecen en tonos más distantes, pero son tan luminosos como el cielo de La Habana. Las raíces hispanas y africanas salen a relucir en todas partes. Latinoafricamérica.

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Había escuchado que La Habana parecía suspendida en el tiempo. Es una idea un tanto ambigua. Lo cierto es que el tiempo funciona de manera distinta, y el espacio es configurado por los propios cubanos. En casi toda la ciudad hay edificios y casas viejas, herencia de un periodo colonial que terminó tarde y que tomó características distintas.

Una de las primeras cosas que salta a la vista es la abundancia de colores pasteles. Las viejas paredes, portones y columnas solemnes de muchas construcciones han recibido el tratamiento colorido de los cubanos. Así, lo viejo deja de parecer sombrío y se acerca a ser excéntrico. El contraste de claroscuros se busca hasta el cansancio en un juego de oposiciones que es un claro patrón cultural y artístico.



A pesar de la presencia abrumadora de los colores verde, amarillo y azul, otros edificios de estilo neoclásico conservan el impoluto color blanco, como si sus raíces estuvieran ancladas en la vieja Europa. El gobierno cubano se toma su tiempo en restaurar el pasado, y los locales bromean con la idea de que el titánico Capitolio lleva más tiempo en reparación que de aquel en que fue construido.

El Capitolio es, probablemente, la más grande ironía de Cuba. Es una réplica del edificio homónimo de Washington, que a su vez toma toda su inspiración de la arquitectura neoclásica italiana. El tiempo en que la isla fue una colonia de facto de Estados Unidos explica la intención, pero fue la revolución cubana y sus consecuencias lo que lo volvieron un edificio extraño.

La construcción es monstruosa en comparación con los edificios cercanos, y apenas se le equipara en belleza estética el contiguo Gran Teatro Nacional.  Es la sede parlamentaria de un gobierno socialista. La intensa luz solar recae sobre la piedra blanca y proyecta todavía más luz. Las figuras oscuras de inspiración grecorromana de la entrada se presentan como colosos imponentes.



Este edificio y el de Washington son hermanos, pero han dejado de dialogar y se miran con el tono amenazante que ha durado casi sesenta años. La aplaudida apertura durante el gobierno de Barack Obama desapareció desde los primeros meses de la administración de Trump y todavía se hundió más con la crisis venezolana. No obstante, los turistas norteamericanos siguen asistiendo por montones, con sus pieles rosadas por el calor, sus camisas floreadas y su mirada extraviada entre las venas de las calles de La Habana.

En Cuba, convivir con la historia es una necesidad esencial. Como en cualquier cultura, los hechos se convierten en mitos que engrosan el sentido de identidad nacional. Por eso uno de los guías no duda en afirmar, al señalar algunos tanques y aviones del tiempo de la Crisis de los Misiles, que con tal o cual Fidel le disparó a un barco estadounidense, o que derribó un avión espía.



Los cubanos no pierden oportunidad en burlarse, cuando pueden, del Tío Sam. Les silban cancioncillas, les hacen chistes en un inglés sin “s” y con sabor a ron, y el gobierno les cobra todavía más impuestos. El turista estadounidense difícilmente será atacado en el sentido común de la palabra, pero es claro que viene de las tierras enemigas. Las demás naciones latinoamericanas son vistas como hermanas.

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Los cubanos son audaces en la conversación y prodigiosos al escuchar u observar. No debería extrañar a nadie que averigüen a la distancia la nacionalidad de alguien (aunque a veces cometen errores cómicos), o que sepan cómo iniciar una conversación y despertar el interés del otro. Hábiles en la trama del habla, generan un hilo envolvente donde dejan pocos espacios. Las palabras se mezclan tanto como su comida.

Entre la habilidad de las agencias de prensa cubana (que no son libres en todo el sentido de la palabra) y el veloz chisme, los detalles de muchos países se saben en la isla al igual que el clima de opinión prevaleciente. Por eso un cubano dicharachero y ocioso puede decir abiertamente que Enrique Peña Nieto es “un burro” y que AMLO goza del apoyo mayoritario. Y, desde luego, jamás olvida el episodio histórico en que México se negó a romper relaciones diplomáticas con el gobierno revolucionario. Un espaldarazo que nadie más dio.



El hilo histórico entre Cuba y México se remonta a cinco siglos atrás. El mismo año que La Habana se fundó, partieron de ese sitio las naves de Hernán Cortés. Después, el Virreinato de la Nueva España administró la Capitanía General de Cuba, y la ruta Veracruz-La Habana era clave en el comercio español. El único muro fronterizo era el mar.

Cuba fue colonia española por más tiempo. Por eso en los primeros años del México independiente, recién fundado y casi cayéndose a pedazos, surgió por ahí la idea de enviar una expedición a Cuba para liberarla de España. La tentativa no prosperó, pero el hilo seguiría ahí por mucho tiempo. De manera habitual, los cubanos ven en México y en el maltrecho Granma que partió de Tuxpan la semilla revolucionaria. La conexión es más que simbólica.

Hay una estatua de Benito Juárez que mira al mar, el cual es asumido como un punto de interés para los turistas mexicanos. En una de las laberínticas calles de La Habana Vieja, cuelga de un balcón una bandera mexicana. La cercanía es clara pero tampoco apabullante. En una de las tiendas de autoservicio se vendían en frasco salsas taqueras de Herdez al precio de 60 pesos mexicanos cada una.

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