Blitz (Lluvia de Fuego)
BLITZ
(LLUVIA DE FUEGO)
Un día se nos acabó la paz. Recuerdo que los periódicos
sensacionalistas ya lo habían anunciado semanas atrás y que nosotros, siempre
tan escépticos y celosos de nuestra rutina diaria, lo negábamos pretextando que
se trataba de pura paranoia. Ahora todo parecía estar en peligro: las horas
producían una sutil sensación desesperante.
No importaba qué tanto discutieran los adultos por las
tardes, en sus caminos de regreso a casa o en la comodidad de sus salas. La
conclusión siempre era la misma: un escalofrío que recorría la médula y un
deseo sobreprotector de los seres queridos. A veces se volvían iracundos, sólo
como forma de ocultar su temor.
Y todos mirábamos al cielo de vez en cuando. No lo
hacíamos para pedir ayuda celestial o para hallarle forma a las nubes, como
normalmente ocurría. Imaginábamos, asustados y expectantes, a las gigantescas
aves de hierro sobrevolando furiosas para sumirnos en una estela de
destrucción. Sabíamos que iba a ocurrir.
Mi abuelo no se preocupaba tanto como los demás. Contaba
historias de no sé dónde, trataba de infundirnos ánimos, basado en el feliz
argumento de que los desastres que tanto temíamos eran cosa de las películas.
Él había vivido mucho tiempo en un diminuto poblado y veía las cosas con gran
sencillez: para él, los citadinos siempre éramos exagerados.
Tan exagerados que los orgullosos jefes de los grandes
palacios se habían declarado la guerra por motivos absurdos. Tan falsos que
ahora los muros grises e incluso los grafitis estaban cubiertos de propaganda
nacionalista; lo mismo que la radio y la televisión, donde hablaban de unidad, de su fe en el pueblo que siempre aplastaban.
Conforme pasaban los días, mis vecinos y también mis
padres hicieron compras de pánico. Prácticamente vaciaron los almacenes de las
grandes tiendas departamentales. Los bancos comenzaron a quedarse sin recursos
por tantos retiros de fondos de ahorro. Los traficantes de armas se sentaron afuera
de sus casas a sembrar aún más el pánico y con ello tener ventas extraordinarias;
incluso los policías se volvieron sus clientes.
Un día llegó una cuadrilla de militares a construir unos
improvisados refugios en caso de que sucediera lo peor. Parecían más endebles
que una casa de campaña pero ellos aseguraban que nos sería más que suficiente,
aún si el espacio era muy reducido. También dieron instrucciones entre la población: la mayoría eran prácticamente incomprensibles.
Los instantes de alegría se fueron agotando. La gente
reía menos, se quejaba más. Compartíamos el deseo de que todo acabara pronto o
de que fuese una falsa alarma. Nos alimentábamos de falsas esperanzas para no
sucumbir ante los devaneos crueles de la realidad. Siempre, al amanecer temíamos por nuestras
vidas y al anochecer, dábamos gracias de permanecer unas horas más.
La calma antes de la tormenta no nos duró mucho. Era un
viernes. Ya casi todos se habían ido a sus casas a descansar. Mis amigos y yo
deambulábamos en las calles, hartos del suplicio de permanecer encerrados, además de estar hasta un tanto incomunicados. Algunos, en momentos de euforia y de ira,
gritaban al cielo que era hora de que el suspenso se terminara, que nosotros
los íbamos a vencer. Ya llegaría la hora de comprobarlo.
Entonces escuchamos un sonido que habría de penetrarnos
hasta el alma. Nadie podía ignorarlo, nos habían instruido de su significado.
Se extendió por las calles y de ahí a lo más profundo de las casas. Silenció
los televisores, alborotó a los numerosos perros. Todo nuestro barrio y los
que lo rodeaban se pusieron simultáneamente en movimiento.
Era una alarma para hacernos correr a los refugios y
protegernos de la gran amenaza que nos causaba serias secuelas de insomnio: un
bombardeo. Era aquello que en cuestión de segundos podía desaparecer nuestras
existencias, todo aquello que hubiésemos conocido. Nos podían destrozar entre nubes de polvo.
Mi grupo de amigos se separó, cada uno corrió a buscar a
su familia. Nos despedimos y nos miramos, entre la prisa y el tétrico
pensamiento de que podría ser la última vez. La adrenalina hizo que nuestros
recuerdos se congelaran y evitó que nos tiráramos a llorar en la acera. Nuestro
interés inmediato era salvarnos de la forma en que fuese posible.
Las familias corrían en pequeños grupos hacia los
diminutos refugios subterráneos ubicados en un viejo sistema de desagüe que
hacía años sólo provocaba inundaciones. “¡Rápido! ¡Muévanse! ¡No se detengan!”
gritaban los oficiales de policía. No pudieron impedir que algunos entraran con
armas o con ciertas cosas innecesarias. Conservar el poco orden posible era una
tarea complicada.
La sincronización fue inusual: nadie se quedó atrás. A
los pocos minutos, los policías cerraban el refugio. Los fervientes rezos
comenzaban entre manos temblorosas. Fuera de eso, privaba el silencio y las aterradoras imágenes en la imaginación de cada quién. Muchos estábamos
resueltos a esperar lo peor.
Un sonido cortó el aire, varios nos detuvimos a
escuchar. Segundos más tarde, el primer estruendo hacía temblar la tierra y nos
daba una fuerte sacudida que nos sacó de nuestro lugar. Los niños pequeños
lloraban, sus padres luchaban para no hacer lo mismo. Ante todo, los más
sobrios pedían inútilmente la calma y censuraban sus propios sentimientos. Esa
noche, todos teníamos algo que perder.
Sonó otra explosión más lejana, seguida de dos que
dejaron sordos a algunos. Luego de las explosiones, se escuchaba el efecto
supersónico de los bombarderos así como los constantes disparos de los cañones y
ametralladoras antiaéreas que intentaban derribarlos desde abajo. Los segundos se
congelaban, se hacían eternos. Contagiábamos el pánico con nuestra mirada y
deseábamos llevarnos una última impresión de la vida.
Pasaban minutos. La tormenta de proyectiles no
terminaba. Recuerdo que habíamos oído decir tanto a nuestro presidente, como al
otro, que los ejércitos buscarían objetivos estratégicos y no civiles. Era la
promesa más detestable de todas, la que nos tenía sumidos en el caos. Y
sabíamos, también, que los contrarios podían pasar lo mismo. Lo enemigo no nos
quitaba lo humano.
Por un instante, pensé en los pilotos de los formidables
y modernos aviones de combate. ¿Sentirían algo? ¿Qué pasaría por sus mentes al
ver las azoteas abandonadas y las calles antes llenas de vida, en el momento previo a soltar
un proyectil? ¿Qué sentirían al verlo estallar? ¿Qué pensarían de las órdenes
recibidas? No eran más que los verdugos encargados de traernos la muerte.
Finalmente llegó la paz. Las explosiones terminaron y el
ruido de los aviones se perdió muy lejos. Parecía que todo había terminado.
Muchos se abrazaron con lágrimas en los ojos, dejaron salir lo más puro de sus
sentimientos: dijeron todo aquello que se negaban a decir en los días normales.
El ambiente se llenó de cariño, afecto y esperanza; incluso yo me sentí motivado a
decirles a mis padres y mis hermanos lo importantes que eran para mí.
La instrucción inmediata fue que nos mantuviéramos ahí
por al menos una hora, hasta que hubiera pasado completamente el peligro.
Algunos comenzaron a recordar historias y viejas fiestas del barrio que se
habían vuelto épicas. Algunos matrimonios confesaron haberse conocido en los
grandes bailes y las posadas de finales de año. Algunos simplemente recordaban
lugares o personas que se habían ido con el tiempo. El pasado siempre parecía
ser mejor.
Ante un peligro cada vez menor, comenzó a privar un pensamiento: “Vamos a salir de aquí”. Nadie sabía que vendría después de eso.
Nadie quería pensar en que quizás tendríamos que volvernos a ocultar en otra
ocasión y que la guerra podría no terminar tan pronto. Yo le temía a abandonar
todo lo que me era familiar para conservar la vida. Todos, a final de cuentas, suspirábamos
por la cotidianeidad.
Un hombre viejo, a
quien rara vez veíamos, había traído consigo su guitarra. Se había mantenido
impasible, mirándonos, tanto en el momento del bombardeo como después. Finalmente,
sonrió y comenzó a tocar la melodía de una canción que solíamos cantar en los
festejos luego de que terminaba el baile. Todos prestamos atención.
La música llenó el vacío de aquello que no podíamos
expresar. Algunos comenzaron a cantar o a seguir el ritmo. Los viejos recuerdos
estaban a flor de piel y nos recordaban la alegría de estar vivos. El
guitarrista había sido lo suficientemente hábil para elegir una canción que nos
conmoviera a todos, incluso a los tensos policías.
El momento de alegría no nos hizo escuchar lo que venía.
El agudo sonido de los aviones volvió; nuestro miedo volvió a invadirnos.
Sudábamos frío y tratábamos de consolarnos escondiendo nuestras cabezas. El
viejo no dejó de tocar la guitarra, se inspiró por la eventual destrucción. Quizás me
había equivocado: él era el único que no tenía nada que perder.
Las explosiones fueron acercándose más y abrieron
prominentes boquetes en las calles. Desde mi posición podía ver uno de ellos.
Ahí estaba el fuego invadiéndolo todo, los muros circundantes cayendo a pedazos. Las
columnas negras de humo se alzaban hasta el cielo. Los bombarderos no cesaban
su vaivén entre barrios y avenidas.
Justo por ese agujero vi al terror mismo. Fueron
instantes mínimos. Un cohete metálico seguido de una llamarada rodeada de chispas.
Impactó. Salimos volando contra las paredes del refugio, la parte superior se
vino abajo. Todos nos llevamos una última visión de nuestro mundo que se había
vuelto atroz y el sonido de las últimas notas del guitarrista. Después de eso,
la oscuridad cegó nuestras vidas.
Nos convertimos en cifras de la guerra. Nos volvimos
mártires de un “sacrificio” que no queríamos enfrentar. Nadie recordará
nuestros nombres a menos que encuentren algún diario íntimo entre los
escombros. Los asesinos intelectuales dormirán tranquilos, los ejecutores
perderán la vida mañana. Amnistía Internacional hará llamados de buena fe, la
ONU seguirá disfrazando su indiferencia. A lo más que aspiramos es a ser una
historia conmovedora que volverá a repetirse.
Paz.

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