Cafeína
CAFEÍNA
(Tormenta de sábado por la tarde)
La tarde soleada del sábado luce perezosa y Armando comienza
a arrepentirse de haber decidido hacer un paseo en el que no ha encontrado nada
que le atraiga o llame su atención. Venden la misma comida de siempre y a los
alrededores del quiosco algunos platican de sus vidas o toman fotografías con
amplias sonrisas que borran unos segundos después.
Él conoce demasiado bien ese lugar y se pregunta porque
siempre vuelve a él, si sabe lo que encontrará. Sus amigos le han hablado de
tantos otros sitios que no visita por desidia. Ya saborea la decepción que
sentirá al llegar a casa y el consuelo de los conciertos y películas que verá
por horas. Su vida lleva varios meses siendo un estanque aburrido de
repeticiones voluntarias.
Finalmente, encuentra un periódico en una banca cercana y se
dispone a leerlo. Lee con cierta indiferencia algunas noticias de la violencia
y corrupción en el país, se salta la sección de economía y bosteza al ver la de
espectáculos. Lo único que atrae su atención son unos cuentos breves y poemas,
algunos muy realistas y otros eróticos. Su imaginación trabaja y las imágenes
que vienen a su mente le hacen sonreír con cierta malicia.
Antes de que su mente lo trajera de vuelta a la realidad, una
gota gorda de agua cae sobre una narración llamada Recuerdo de un delirio de invierno. Enseguida cae otra y luego
otras tantas. Armando suspira molesto y observa como las nubes oscuras han
invadido el cielo. Sabe que llegará empapado a su casa y prefiere tomarlo con
calma. Podría ser peor.
La lluvia incrementa rápidamente y la gente comienza a
moverse desesperadamente a buscar refugio en los pocos tejados que hay cerca.
Los vendedores ambulantes desaparecen súbitamente y los transeúntes que llevan
paraguas que chocan constantemente entre sí. La tormenta trae un caos que rompe
con la tranquilidad de la tarde.
Armando encontró un pequeño espacio enfrente de una vieja
panadería. Se quedó mirando como las calles se iban inundando y como algunos
niños jugaban a mojarse con los charcos. El ruido atronador no le dejaba
escuchar las conversaciones cercanas y pudo concentrarse en sus pensamientos.
Algunos recuerdos vinieron a su mente e instintivamente miró la forma de sus
manos, cada vez más desgastadas con el tiempo.
Dejó salir uno de sus últimos suspiros de juventud cuando
decidió voltearse y mirar su reflejo en el cristal de la panadería. Miró su
cabello negro y opaco; sus ojos, grises; su expresión melancólica y vacía; la
barba oscura cubriendo una pequeña porción de su rostro y el contorno rígido de
su cuerpo. Su propia imagen le producía un placer extraño y una sensación de
tristeza a la vez: sintió que le faltaba la vida a sus 25 años de edad.
La tarifa que le pasaban los años no le terminaba de agradar
y su vista se perdió en el infinito de bolillos y pan de dulce cuando se hizo
la misma pregunta que surgía en cada ducha de viernes: “¿A dónde va la vida?”.
Jamás existía una respuesta convincente, sólo la certeza de que las cosas se
mantenían estáticas y de que un día el oxígeno se acabaría.
Sólo algo lo sacó de sus reflexiones profundas. Vio a una
mujer pasar detrás de él, cubriéndose de la lluvia también con pasos suaves y
cuidadosos. Sus pupilas se dilataron cuando la reconoció y sintió una sensación
reverberante en el estómago que lo sacó de quicio. Se dio la vuelta rápidamente
y reconoció su silueta a lo lejos. No podía ser.
Siguió sus pasos esquivando personas y con el pulso
acelerado. Dirigió su mano para tocar su hombro y hacerla voltear, pero ella lo
hizo primero. Pasaron sólo unos instantes para que ella sonriera y lo saludara
con nostalgia. Y él, sólo contuvo todo un torbellino de emociones, reproches y
viejas ilusiones para decir: “Hola Samanta, qué sorpresa, ¿cómo has estado?”.
Siete años habían pasado desde que se habían visto por
primera vez, de haberse conocido en el peor momento posible. De que Armando,
iluso, dijera que su atracción por ella no era nada serio y se iría al día
siguiente; y ella, sonriente, jugueteaba con las posibilidades y coqueteos sin
decidirse a tomar una decisión. Un día ambos tuvieron un romance que
desapareció rápidamente, sin razones o respuestas, para no volver.
Habían contado esa historia muchas veces, cada uno por su
cuenta, hasta haberla deformado ellos mismos. Hubo un día, en que Armando,
feliz, vio partir a Samanta con la esperanza de no volverla a ver jamás. La
visión de aquel día lo atormentaba a veces por las noches y era recurrente que
las cervezas le hicieran cuestionarse su extraña relación con esa mujer y sus
propios deseos.
Él quiso no haberla visto, al menos no como lucía aquel día. Ella
tenía el cabello más largo, los ojos más perspicaces y los labios más coquetos
que antes; su silueta parecía tallada por el viento y su voz se había vuelto
más deleitante. Samanta ya no era la misma joven dulce, inmadura y caprichosa
de antes. Y ella también lo miró distinto: ya no parecía ser el mismo muchacho
iluso, torpe y terco.
Ambos se encontraban en la misma situación: un paseo casual
interrumpido por la tormenta, que ya traía consigo unos relámpagos enormes y resplandecientes.
Parecía que el clima no iba a mejorar y ninguno de los dos tenía automóvil. Por
la cabeza de Samanta pasó una idea que Armando no se atrevía a decir:
-¿Y sí vamos por un café?
Había una pequeña cafetería en un estrecho callejón. Casi
nadie la visitaba pero sus paredes guardaban, enigmáticas, las más diversas e
íntimas conversaciones de las personas que no deseaban que sus palabras fuesen
llevadas por el viento a otros oídos. Las bebidas e infusiones del discreto
cafetero causaban efectos alucinógenos o soltaban la lengua.
Ambos la conocían, por diferentes motivos. Cuando entraron,
notaron que el lugar no había cambiado mucho en su decoración parisina y que
mantenía el mismo aroma íntimo que la hacía inconfundible. Se sentaron en unos
cómodos sillones que estaban al lado de una amplia ventana con vista a un
jardín. Mientras daban los primeros sorbos a sus cafés, afuera diluviaba con
más fuerza.
Lo que ambos tenían que decir de sus trabajos y el lado
normal de sus vidas era poco. Ambos sumidos en trabajos monótonos con
distracciones espontáneas viviendo en departamentos enclavados en unidades
habitacionales enormes y sin planes muy esperanzadores para el futuro. Ella
parecía más optimista y sostenía su buen ánimo a base de sesiones de yoga. Él
se quedaba dormido por las noches leyendo hasta tener pesadillas con los
propios personajes de sus lecturas, hasta que el despertador mataba el encanto
de cada mañana.
-Los viejos amigos están lejos, parece que nos han abandonado-dijo
el con cierta melancolía.
-Sí, es verdad. La vida nos va separando. Pero tú y yo
podríamos serlo, ¿no lo crees?
Armando rio y la miró con incredulidad:
-¿Por qué crees eso?
-Tenemos un pasado compartido, aunque haya sido muy breve.
Cada uno dejó una huella en el otro, ¿no es así?-dijo ella con voz suave.
-Eso no lo dudo. Pero después de todo lo que pasó, creí que
no volverías a atravesarte en mi vida.
-Nadie conoce el final de los caminos, ¿recuerdas? Y bueno,
dímelo tú, ¿qué fue lo que pasó?
Él se contuvo un momento, respiró sumiendo la mirada en su
taza de café y se decidió a decir:
-Tú…sabes lo qué hiciste, lo que hicimos. Alteraste mi vida y
me hiciste perder la noción de las cosas. Mi intención inicial no
era…enamorarme de ti y sé que en tu caso nunca lo fue. Tu sencillez y tu frialdad
juntas me confundían y me atraían tanto. Por ti imaginé muchas cosas y dije
otras tantas que ahora ya no recuerdo. Y luego de ese día, creí…que las cosas
serían distintas.
-¿Acaso no te causa una sonrisa recordar aquel día? A mí sí.
Ambos no sabíamos realmente lo que hacíamos.
-Es verdad. Claro que me hace sonreír, pero también me causa
sentimientos encontrados. Tus besos, tus caricias…terminaron de deshacer lo que
quedaba de mi vida pasada.
-¿Tu vida pasada?
-Sí. Antes de que aparecieras creía estar enamorado de
alguien más. Tú sembraste el caos.
-El caos ya lo traías tú mismo-dijo ella sonriendo-. Sé que
aún te cuesta confesar que le fuiste infiel conmigo, pero sabes que es verdad.
Mi intención no era tentarte, simplemente me parecías lo suficientemente
atractivo para querer conocerte, incluso…en esos momentos.
-Lo peor es que no me arrepiento de mis acciones.
-Eso es porque sólo ves el lado romántico de las cosas, como
siempre. Quizás sigues pensando demasiado. No dejas de ser encantador.
-¿Por qué te alejaste de mí luego de hacerme delirar?
-Porque no quería estar contigo de esa manera. No deseaba
estar con alguien que tuviese confusa hasta su existencia. Sé que hiciste cosas
muy bellas por mí y no las he olvidado. Y también, hay algo más, pero quizás no
deba decírtelo.
-¿Qué cosa? Dímela.
-Que creí que me desharía fácilmente de tu recuerdo. Pero no.
Siempre vuelve, siempre aparece…y ahora estás tú. Hay cosas que aún no me puedo
explicar.
-Quizás no deseamos el olvido realmente.
-Tal vez nuestro momento no era ese, sino…otro-dijo ella
tomando su mano con sus dedos fríos y suaves-esa maldita atracción sigue siendo
mutua, ¿verdad?
Sorprendido por su gesto, Armando tartamudea que sí. Ella le
sonríe y él, sin detenerse a pensar, toma sus mejillas entre sus manos y la
besa. Ambos están invadidos de nostalgia y deseo sintiendo la textura de sus
labios. Saben que no están volviendo al pasado, ya no son los mismos
adolescentes ridículos de antes.
Juegan y coquetean con sus dedos; ríen de cosas absurdas y se
hacen bromas diminutas. Él construye castillos con sus palabras que ella,
divertida, deshace para dejarlo sin aliento. Y en los pocos silencios que se
producen entre ambos, el ruido de la lluvia sigue incesante. Ambos se corretean
en el juego de conocerse otra vez.
Cuando se levantan de su asiento y buscan al cafetero para
pagarle, se dan cuenta de que ya no está. Ha dejado cerrada la cafetería con
las tenues luces encendidas. Tal vez sea complicidad o distracción. Ahora,
tiene el resto de la tarde junto con la noche para jugar con la tentación y las
risas; para averiguar si al fin ya les llegó su momento de quererse.

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