Penumbra

PENUMBRA
Te preguntas cuándo dejarán de perseguirte. Quisieras saber cuánto tiempo llevas corriendo entre las calles oscuras pero tu reloj mueve las manecillas con pereza y no te da una respuesta clara. Tu respiración es agitada y tus piernas están tensas. Tu piel tiembla, frenética, al ritmo de tus pasos y de los del temor que te impulsa a huir.
Quisieras poder ver sus rostros. Encontrar debilidad en los gestos furiosos de quienes van tras de ti. Pero no puedes: si te detienes a mirar, te alcanzarán. Te limitas a escuchar sus movimientos y ver sus siluetas con el rabillo del ojo, que crecen con la incertidumbre de la oscuridad y con tu propio temor.

Huyes cuando la ciudad está de fiesta. Te escabulles entre las calles olvidadas por las que la multitud no pasa. Se escucha el murmullo a lo lejos; las risas, los gritos y las muestras de alegría. El festejo se vuelve su realidad y no hay, en esos momentos, un horizonte más allá. Nadie vendrá en tu ayuda. Nadie reparará los cortocircuitos en los postes de luz ni tampoco te rescatará en un automóvil para perderse pisando el pedal a fondo.

Pensaste en esconderte entre la multitud; en que, quizás, la masa de cuerpos ocultaría tu presencia y te mantendría a salvo. Pero en el fondo sabes qué sería una evasión injusta. ¿Cuántos caerían antes de que pudieran alcanzarte? Sabes que tus persecutores no se detendrán: de todas maneras, te alcanzarán. No quieres dañar a nadie más.

La certeza brilla por su ausencia y nada es seguro. Ni siquiera sabes por cuál motivo te acosan con tanta energía. Tratas de pensar rápidamente y las culpas vienen de forma inmediata: ¿Serán lo suficientemente grandes? ¿Habrá dañado tanto esa cosa? ¿Será por eso? No lo sabes. La lógica te dice que todo tiene una razón, pero esta vez, dudas de su propia existencia.

Haces de tu camino un laberinto de callejones y avenidas. Quizás no las conoces tan bien cómo pensabas, porque en ninguna te puedes guarecer. Piensas en ir hasta tu casa, pero temes que ni siquiera puedas introducir la llave en la cerradura. No sabes trepar árboles o escalar muros: sólo correr.

 ¿Acaso la policía podría ayudarte? Parece que no. Las sirenas están apagadas y los parsimoniosos oficiales de azul, a las orillas del festejo, se dedican a cenar a base de tamales oaxaqueños y atole. Ellos platican de fútbol y de sus familias; de los chismes de la comandancia y de las fallas mecánicas de las patrullas. Tampoco te verán.

Tratas de gritar para pedir que se detengan. Pero ellos parecen no escucharte y continúan su atroz marcha. Tu pulso se acelera a velocidades extraordinarias y el sudor cae rápidamente: a veces te nubla la vista. Las banquetas quebradas y las grandes raíces de los árboles han estado a punto de derribarte varias veces. Has golpeado, quién sabe cuántas veces, espejos de auto y despertado las histéricas alarmas de pánico.

Finalmente, te desesperas y piensas que nada tienes que perder. Decides dejar de huir y confrontar a tus enemigos. No te importa ya lo que ocurra: no resistirás correr más. Sabes que el más próximo de ellos está a escasos tres pasos. Te detienes. Uno…dos…te volteas y le das un puñetazo en su rostro enmascarado. Continúas con otro en el estómago y lo derribas de puro dolor. Uno menos.

No tarda en venir otro. Te mueves con agilidad: confundes sus pasos y lo derribas con una eficaz zancadilla. Tu furia acumulada escapa y consigues patearlo en el rostro antes de que pueda cubrirse con sus manos. Sigues sin saber quiénes son; sus máscaras no caen con facilidad y crees que es mejor descubrir sus identidades después.

La adrenalina y el instinto te guían. La ira y tu deseo de supervivencia concentran tu fuerza. Consigues moverte de una manera en que no imaginabas y propinar golpes que antes sólo eran posibles en visiones. No te detienes a alegrarte con lo que logras; aún no estás a salvo y no puedes detenerte.

Los persecutores parecen no terminarse. Viene uno tras otro, con sus brazos y piernas como únicas armas. Tratan de confundir tus movimientos mientras intentan tomarte por el cuello o por las piernas. Tus nudillos frustran esos intentos pero comienzas a sentir las heridas sangrantes que producen los golpes. No sientes dolor de tanta adrenalina fluyendo por tu piel. Estás en tu momento.

Descuidas tu guardia un momento para detener el avance de uno de ellos y, desde las penumbras, uno de ellos te propina un formidable impacto en el estómago. Pierdes la respiración por instantes y el perfecto impulso que tenías. Los sientes caer sobre ti mientras intentas defenderte con movimientos torpes. Pierdes el control y el calor de la pelea. Sobre ti caen sus frías manos y sus nada sutiles carcajadas…

*       *       *
Abres los ojos. Estás en tu jaula de edredones y cobijas. Has dado golpes al aire y algunos a la pared, donde dejaste unas peculiares marcas circulares. Te duelen las manos y sientes la enérgica tensión en tus músculos. Tienes sudor frío y el pulso por los aires. No eres capaz de decir nada. Te quedas mirando al techo y a las tenues luces que entran por la ventana.

Piensas que sólo fue una pesadilla, producto del lado destructivo y paranoico de tu ser. Luego te preguntas, entre escalofríos: “¿dónde realmente estaba mejor?” No hay respuesta que te consuele porque desearías no estar en ninguna parte. Temes al colapso como las aves a las tormentas y crees que, en cualquier momento, caerá sobre tus hombros.

Extiendes los brazos. Respiras profundamente y un par de lágrimas escapan por tus ojos. El miedo que te vuelve un ser humano y las infinitas dudas te invaden, sin detenerse. Imaginas un muro gigantesco e indestructible para esconderte de lo que te tiene en vilo; seguridad por instantes…para después verlo caer en pedazos llevándose consigo tus falsas esperanzas.


Penumbra y soledad. Trataste de escapar de ellas tantas veces y siempre fallaste. Construiste barreras inútiles y seguiste falsas luces que te sumieron en la confusión. Y yo te miraba desde lejos, porque no me dejabas estar cerca. Quizás yo tenga la salida. Y si no, al menos ya no tendrás soledad entre tanta oscuridad.


En memoria de un ser maravilloso y fascinante que desafortunadamente ha partido: Gol. Podría escribir muchísimo de él y sin lugar a dudas, lo haré. En un tiempo  publicaré algunas de esas historias, y puedo asegurarles algo: serán tan conmovedoras como el lado más bello de la vida. Muchas gracias a los que me han dado su apoyo en estos días difíciles. 
Īsan Rokr

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