Entradas

Mostrando entradas de 2019

Habitación Roja

Imagen
HABITACIÓN ROJA Vi que apretabas tus labios cada que pasábamos por una curva, aunque llevamos un rato por un camino recto. Ignoras lo gris del cielo, así como las nubes que casi besan la tierra y nos envuelven poco a poco. Callo, y callas. La misma música se va a ninguna parte. Tomo con fuerza el volante, respiro y te miro de reojo. No creo que estés aquí, pero estás. Suspiramos al mismo tiempo. Tu risa está ausente pero mi ansiedad crece a cada momento. No sé dónde tengamos que parar. Quizás ni siquiera no nos persiguen, pero seguro que nos maldicen. Vamos malditos, pero juntos. No nos guía el miedo, sino la necesidad de escapar. Tal vez por unos días, o quizás por mucho más tiempo. Allá en la ciudad, en los edificios, estamos vetados. Nos escabullimos en el momento justo, como un espejismo. Pero nuestra ausencia responderá todas esas preguntas a las que no pudimos hacer frente. A ratos tus ojos se cierran y tu mandíbula se relaja. Tu cabello de cascada tropical oscura ...

Los Rotos

Imagen
LOS ROTOS El crujido violento en el piso hizo voltear a todos. Los clientes veían el desastre y se miraban entre sí, con un leve gesto de horror pero a la vez con curiosidad por saber qué vendría después. Incluso alguien caminando en la cálida y ventosa tarde poblana se asomó al local de venta de talavera, extrañado por el acontecimiento. Los dueños del lugar, un hombre recio de pelo canoso con voluminosas cejas y una mujer de cabello crespo, salieron con gesto enfurecido contra el culpable. Y el culpable permanecía respirando con agitación, mirando al suelo esos trozos de cerámica con decorado azul. El joven, de piel morena y rostro ojeroso, no sentía ni culpa ni placer, a pesar de que él mismo había tomado el oneroso plato base de caprichosas formas albiazules y lo había azotado. Sentía curiosidad por las piezas regadas a sus pies, veía en ellas muchas tramas rotas que sólo se volverían polvo. El regaño de los locatarios lo sacó de la ensoñación. El dueño pedía el pago...

Videncias

Imagen
VIDENCIAS Gabriela no sabía qué hacer con las sorpresas de la vida. A pesar de llevar 11 años casada, aún no se acostumbraba al ajetreo de tener que mudarse cada dos años por el trabajo de su esposo. Cada cambio era como un terremoto en sus frágiles costumbres y en las amistades que iba tejiendo día con día. Él había pasado de escuchar con tranquilidad sus quejas a una abierta indiferencia; la ambición lo mantenía con los ojos en la oficina. Mientras tanto, ella se enrolaba en distintos trabajos, todos tan temporales como un empleo de estudiante. Era aquella una ciudad seca y pequeña, azotada constantemente por pequeñas tormentas de arena o polvo que dificultaban la vista y hacían de sacudir una actividad inútil. Gabriela volvía a casa en una tarde radiante y limpia, que contrastaba con el viento polvoriento habitual. Volvía a sentir la tranquilidad y empezaba tomarle cariño a esas calles abiertas y rectas. Cuando el recuerdo de la pelea matutina con su esposo por la mañana ...

Otoño

Imagen
OTOÑO Ojalá fuera otoño más seguido. Que las estaciones fueran menos, o apenas diminutas, y que el equinoccio fuera el día de fiesta supremo, símbolo de la armonía que trae ese viento de un frío sublime como un soplo en el cuello. No es cualquier aire, ni cualquier aroma. Desearía que fuera así, porque podría encontrarte más, y daría igual que todo pareciera estático. Te hallaría a ti, y entonces los días podrían tener más aliento.  Sólo apareces en el otoño. Hueles a hojas secas, pero también a un embriagante aroma a mandarina recién cortada. Te distingo a la distancia, aún antes de verte. Conforme me acerco, reconozco tu silueta, inconfundible, que te hace ser de muchos lugares y de ninguno. Las ciudades, los parques y las plazas podrán ser muy diferentes, incluso los meses y los años, pero eres la única constante.  Voy persiguiendo tu silueta y te alcanzo entre los árboles. Las sombras parecen más prolongadas e intensas. Lo primero que veo es tu cabello delineando...

Lago Espiral: Parte II

Imagen
El niño se sumergió en el agua en un instante. Francisco sintió un vacío en el estómago. Se quitó los zapatos y saltó al agua también. Era un nadador experimentado que en sus años de adolescencia había retado al océano varias veces. Se sumergió y no halló rastro alguno del niño. El lago no parecía demasiado profundo, pero tenía una tenue zona de penumbra donde no entraba la luz. Salió para tomar aire, pero sintió que algo se había enredado en su pierna derecha.  Nadó con todas sus fuerzas, con la pierna casi inmovilizada. Era como si tuviera una cuerda atada en su tobillo. Cuando alcanzó la orilla, sintió como si jalaran su pierna con mucha fuerza. Se sumergió de nuevo, y logró notar que era: una gran alga que parecía como una enredadera acuática. La quitó con dificultad de su pierna y logró salir a la superficie. Aún agitado, notó que el alga flotaba en la superficie, y con la luz del día se iba oscureciendo.  Francisco corrió de nuevo lejos del lago. Se quedó sentado...

Lago Espiral: Parte I

Imagen
LAGO ESPIRAL Al sentarse en la banca del parque, Francisco sintió un escalofrío. Se acomodó de nuevo en el asiento, extrañado por la súbita sensación. No tenía mucho sentido, era una mañana cálida en que los rayos solares barrían sin piedad la superficie del parque y donde las pocas sombras de los árboles eran codiciadas por los visitantes. Pensó que quizás sería algún espasmo de estrés. Respiró, pero solo por unos instantes.  Un niño de piel pálida y ojos apagados con un peculiar saquito azul y pantalones cortos corrió delante de él, y luego volvió a la banca. No habló, pero lo miró intensamente por varios segundos. Francisco sonrió e intentó decirle cualquier cosa. Sintió un escalofrío de nuevo. En un parpadeo, ya caminaba al lado del niño, por una pendiente cubierta de pasto húmedo. Ya no era un día soleado. Las nubes grisáceas formaban un muro en el cielo. Delante de ellos, había un lago.  Las piernas de Francisco se movían casi mecánicamente. Tampoco podía habl...

Vista

Imagen
VISTA Si supiera tu nombre, te invocaría. Te llamaría con mi voz, siempre absurda, pero consistente. Intentaría encontrar las palabras precisas para cuando posaras tu mirada en mí, con atención. Sé que no me ignorarías si tuviera algo valioso por decir. Y ahí estaría el inicio de un diálogo de detalles, visiones más entrañables y la sensación de que el día valdría un poco la pena. Apenas el viento de la tarde me sacaría del ensueño.  Es otoño y el frío se asoma lentamente. Estamos en el penúltimo vagón de un tren cansado, que lleva detenido más de 15 minutos, sin razón aparente. Las puertas están cerradas, por las ventanas se miran los autos que empiezan a concentrarse en el tráfico de la tarde. Los demás pasajeros lucen impacientes, quieren mentarle la madre al conductor y cuchichean entre ellos. Ya nadie lleva la cuenta de las fallas usuales del tren, porque el error es su nuevo funcionamiento normal. Pero a mí no me importa. Te miro, distingo entre el gentío tus ojos ca...

Cruz Rosa

Imagen
Cruz Rosa Mis pasos eran incómodos, aunque la banqueta era suave. Era una tarde de nubes inmóviles en el cielo, ligeramente bochornosa y de aspecto tibio. Había bajado al cercano tianguis a comprar fruta y otras cosas. Caminaba por la avenida principal cuando vi a lo lejos una camioneta pickup negra, de vidrios polarizados. Abrieron una puerta y arrojaron algo. Luego arrancaron a toda velocidad, no tenían placas. No recuerdo haber visto sus rostros o reconocer algo en especial. Nada más que el aroma de la muerte. Primero hubo un silencio sepulcral por el impacto y a los pocos segundos, el brote del asombro entre la gente que caminaba por ahí se volvió un alboroto insoportable. Caminé hacia allá, el gentío aún no llegaba. Era una muchacha. Recuerdo haberla visto en el mercado, entre las calles, quizás alguna vez arriba de una motoneta. Nunca supe su nombre. Ahí estaba ella, sin nada. La habían arrojado sin vida, sin prenda alguna, atada de manos y piernas, y con una manza...

Hundidos

Imagen
HUNDIDOS Esa noche no halló consuelo alguno entre sus sábanas. Llevaba un par de semanas viviendo en ese puerto de construcciones viejas y penosamente cansadas. Ya no había hallado cupo en su ciudad natal, aquella a la que había amado y detestado tanto con el pasar de los años. Las nubes borrosas de una nueva vida cerca del mar le parecieron atractivas. Pero la esperanza inicial se había disuelto y el panorama lucía tan incierto como el cielo de luna nueva. Al no poder dormir, decidió dar una vuelta al cercano malecón. No extrañaba su vieja vida y frecuentaba poco a los amigos que había dejado atrás. La nostalgia no era aquello que le pesaba y lo mantenía inquieto todo el tiempo. Tampoco eran las pocas personas que había conocido en el puerto, quienes lo trataban como a un vecino más, a quien se le saluda de vez en cuando pero no se le invita a cenar. Era de madrugada, el bullicio porteño había disminuido poco a poco. Por las noches, el malecón parecía un prolongado bar ...