Vista

VISTA

Si supiera tu nombre, te invocaría. Te llamaría con mi voz, siempre absurda, pero consistente. Intentaría encontrar las palabras precisas para cuando posaras tu mirada en mí, con atención. Sé que no me ignorarías si tuviera algo valioso por decir. Y ahí estaría el inicio de un diálogo de detalles, visiones más entrañables y la sensación de que el día valdría un poco la pena. Apenas el viento de la tarde me sacaría del ensueño. 

Es otoño y el frío se asoma lentamente. Estamos en el penúltimo vagón de un tren cansado, que lleva detenido más de 15 minutos, sin razón aparente. Las puertas están cerradas, por las ventanas se miran los autos que empiezan a concentrarse en el tráfico de la tarde. Los demás pasajeros lucen impacientes, quieren mentarle la madre al conductor y cuchichean entre ellos. Ya nadie lleva la cuenta de las fallas usuales del tren, porque el error es su nuevo funcionamiento normal. Pero a mí no me importa. Te miro, distingo entre el gentío tus ojos castaños astutos y tus labios claros; tu piel parece como oculta entre las sombras. 

Tienes un imán entre las cejas que me hace mirarte, una y otra vez. Tus ojos en cambio navegan de un sitio a otro, como si estuvieran encerrados en una jaula. Recuerdo la efímera impresión de cuando subiste al tren, con tu cuerpo grácil como pastizal colorido apenas tocado por el viento, tu boca moviéndose con sutileza, y tus piernas ágiles para alcanzar un asiento. No recuerdo muchos detalles de tu vestido negro, ni del delgado suéter con el que te cubres o la forma de tus zapatos.

Me quito los audífonos, dejo a un lado mi libro. Ignoro los sonidos crecientes de las sirenas sobre la avenida de al lado. Me sostienes la mirada unos momentos, desconozco qué tanto puedes ver de mí. Tus labios apenas se mueven, distingo el ligero ritmo de tu respiración. Normalmente sentiría un pinchazo de vergüenza en todo mi cuerpo por mirar tanto tiempo a alguien. Pero mi piel no se enrojece: el contacto es natural, fino, vibrante pero armonioso. 

Las conversaciones alrededor de nosotros suben y pronto es imposible ignorarlas. Algunos ya se metieron a Twitter, y confirmaron que hubo un posible accidente de trenes dos estaciones más adelante. La información es confusa y florecen los rumores. Incluso los vendedores ambulantes aportan con sus observaciones después de ser viajeros eternos del tren. Nadie sabe la verdad y la única constante es que seguimos atorados aquí. Por ahí, alguien dice que el choque fue tan fuerte que las vías se doblaron y que ningún tren podrá avanzar ya. 

Se escuchan los helicópteros, que seguramente flotan sobre el desastre como moscas. Nadie siente compasión: es miedo o indignación. Vuelvo a buscar tu mirada y la encuentro fácilmente. Algo ha cambiado, ahora distingo los signos de la sorpresa pero también del cansancio; tus pupilas corren de un lado a otro y las mías también. Pero aún el encuentro de nuestras miradas parece pacífico. Tus labios al fin se extienden lentamente en una suave sonrisa. Distingo algunos detalles de tu piel que se asoman en tu rostro. Dices algo, pero no lo distingo. 

Las bocinas del tren parecen funcionar al fin. Alguien informa que desalojarán los trenes y que nos harán caminar por las vías, hasta la estación más cercana. Lo único que me emociona del súbito anuncio, que asusta más a los pasajeros, es el hecho de que al fin volveré a mirarte en toda tu extensión y que quizás podré acercarme a ti, aprovechar la incertidumbre para hablar. Te miro y pienso que podrías ser la experiencia más fascinante y extraña de estos meses vacíos. 

Pasan unos quince minutos hasta que abren las puertas. Todos los pasajeros tienen que dar un salto de poco más de un metro para descender a las vías. Algunos empleados ayudan a descender a quienes lo necesitan. Te incorporas rápidamente de tu lugar, apenas distingo tu espalda, tu cabello que luce oscuro con algunos matices rojizos como la jamaica, el escurridizo tatuaje de flores de tu brazo izquierdo y la bolsa pequeña que cargas. No te pierdo de vista, rebaso a algunas personas para alcanzarte. 

Aunque alguien me ofrece ayuda para bajar, desciendo de un salto bruto sin la menor atención que me hace caer sobre las vías. Siento el dolor del raspón en la rodilla y en un brazo, así como en la cara. Me incorporo tan pronto como puedo, con una leve cojera. Afortunadamente, no caminas tan rápido. Después de aguantar un poco el dolor, camino rápidamente hasta que siento que estoy a escasos metros de ti. 

Volteas. Ahí están tus ojos profundos y una sonrisa más grande. Me petrifico, te contemplo como quien mira una obra de arte en un museo después de verla cientos de veces en internet. Eres mejor. Cuando ves mi expresión estúpida no te sientes asustada, sólo niegas con la cabeza, jugueteando. Yo tampoco sé qué decir, solo camino a tu lado. No escucho más que mis pasos, los tuyos casi flotan. Parece sencillo adivinar que apenas serás unos años menor que yo, que tienes algún nombre rítmico y que tu voz debe ser adictiva. 

Alrededor, el caos parece aumentar. Muchos hablan por teléfono, las noticias parecen circular con mayor velocidad. No consulto mi teléfono, ni tú tampoco. Caminamos por las vías, huele a piedras viejas pero también a tu aroma cítrico. Finalmente abres tus labios, y me dices: “No sé si confiar en ti”. Tus palabras me dejan confundido. Me miras sin detenerte. Somos desconocidos. O no. Tal vez ya no. “Todo lo que quiero es que confíes”. Me sonríes, tu mirada se desvía hacia las nubes rojizas del atardecer. Volteo, y ya no estás. 

Miro a todas partes, pero no hay rastro de ti. Sigo caminando junto con el resto de personas hasta la estación más cercana. Camino otro poco más para tomar una ruta alterna. Toda la gente habla del accidente de trenes de la tarde, en las calles se alcanzan a escuchar las noticias. Decenas de muertos y heridos. Después de tanta confusión, siento tristeza por ellos. Ojalá encuentren paz, donde sea que estén. Unos minutos menos y pude haber sido yo. Apenas ahora, pienso esa posibilidad. 

Llego a mi casa después de un par de horas de trayecto. Aún la noche no termina por caer. Encuentro mis llaves después de un rato de caos. Las coloco en la rendija, pero observo algo en la ventana. Las suelto, y me quedo petrificado. Puedo verte por el reflejo en la ventana, estás a mis espaldas. Me sonríes, como si fueras una fotografía viviente. Me pides que confíe y ahora yo no sé si hacerlo. Te acercas, tus rasgos se vuelven más claros otra vez. Hermosa. Temo que no estés. No sé si voltear.
                                                                   
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                  

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