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Mostrando entradas de junio, 2015

El encuentro del Malecón

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EL ENCUENTRO DEL MALECÓN (CRUISE) No creerías que te encontré. Y es que uno cree poder olvidar: condenar al exilio transitorio o sin retorno, aquello que parece no tener lugar. No te miento, pensé hacer lo mismo contigo. Quizás no deseaba hacerlo realmente, sino que simplemente deseaba escapar del caos que tu recuerdo ocasiona en mí. Ingenuidad pura, lo sé. No es que tú me hayas herido con crueldad o con indiferencia. Pero cuando tus palabras impasibles demolían las fugaces ilusiones sentía dolor. La respiración fantasiosa se agotaba por las noches y sólo quedaba un vacío indescriptible. No era desilusión ni tampoco desconsuelo. Y yo te imaginaba a ti, durmiendo indemne; o al menos, eso creí. La tarde se ha consumido hace mucho. No vi caer la tarde hasta ver mi reflejo escueto en un charco, alumbrado por un farol. Mis pasos me llevaron por las calles que ya no recordaba, y que estaban tan calurosas como en cualquier día de verano. Mis ánimos se habían esfumado y no sabí...

La Marcha del Insomnio

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LA MARCHA DEL INSOMNIO (Los Muros de la Noche) Que ya es tarde, me ha dicho mi madre. Que ya debo volver a casa. ¿Acaso no entiende? Mata la diversión, lo emocionante y la tentación de ver a ese par de amigos pelearse por mi atención, por alguna mirada coqueta o un beso. Tengo 13 años y no entiendo cuando me dejarán hacer lo que quiera, lo que yo crea conveniente. Ya no soy una niña. El día es caluroso y regreso con la piel más bronceada de lo normal. Mis padres me regañan: es poca cosa. Me gusta el tono de mi piel, así como está. Me gusta mi cabello corto y las puntas que caen a mitad del cuello; no importa que me hayan dicho que se veía mejor largo. No frecuento el espejo: temo que me mienta. Al llegar me dirijo a mi cuarto y con pasos fuertes, para que se sienta mi enojo. Me tumbo en mi cama y me acomodo para ver el atardecer desde la pequeña ventana. Lo único bueno de mi casa es que está ubicada a mitad de una colina y hay vistas agradables, de esas que luego pintan...

Memorias del Tren Gris

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MEMORIAS DEL TREN GRIS (MURANYI) -¿Me escucha usted? Le veo muy pensativo y aburrido. Y casi todos lucen como usted aquí. Podemos conversar, hacer el camino menos aburrido. Por la posición en la que se encuentra cómodamente sentado, deduzco que va hasta la terminal. Tenemos un buen rato por llegar todavía. Ese hombre al que le hablaban súbitamente, vestido de forma elegante y con un gesto de notorio cansancio, miró al anciano que había a su lado. Se quitó el auricular del oído izquierdo, hizo un gesto afirmativo y se dispuso a escuchar. Había sido un día tan tedioso que necesitaba algo inesperado. -No creerá usted cómo pasan los días y los años hasta que despierte con la firme idea de que el tiempo se le fue de las manos demasiado rápido. Cuando vea su cabello teñido de blanco y sienta su colchón demasiado incómodo. Cuando sus hijos digan palabras que usted difícilmente pronunciará y cuando empiece a añorar cosas que se fueron en el momento menos pensado. Así me pasó a ...

Taller de Música (Quisiera Pensar)

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TALLER DE MÚSICA  (QUISIERA PENSAR) Un día tocamos el cielo. Seguramente él lo recuerda tan bien como yo, lo sé. Tantos recuerdos, alegrías y sinsabores que me provoca el tráfico prolongado. Ya no quiero leer por ahora, llevo varios días haciendo eso para evadir la realidad. Ya no deseo seguir, inútilmente, peinando los mechones necios de mi cabello. Quiero pensar. El taller de música, cómo olvidarlo. La escuela se había terminado y en aquel cálido verano teníamos que elegir una actividad que hacer. Había de todas y ninguna me interesaba realmente. Quise introducirme en la que parecía más sencilla y menos insufrible. Él pensaba igual. Conocí su nombre el primer día: Andrés. Él conoció el mío: Marisa. El taller se encontraba en un sitio viejo y extraño: en pleno tercer piso de un edificio colonial blanco, con ventanas carcomidas y gárgolas en el techo. El lugar era encantador, estaba tapizado de madera y tenía varias habitaciones. Dimos un paseo y encontramos todos l...

Las calles de la Soledad

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LAS CALLES DE LA SOLEDAD  Yo no lo recordaba así. No recuerdo tampoco cuántos años han pasado desde que me fui lejos de esta ciudad de pesadilla. Si volví, fue porque la gente me preguntaba demasiado de este lugar y finalmente cedí ante la curiosidad. Volver al barrio de mi infancia sería una experiencia reconfortante, sólo para recordar que la nueva vida que tenía no era la única. Eso pensé. Me llamo Amalia. Mis padres jamás me dijeron el motivo de mi nombre y realmente, nunca me interesó saberlo. Los mil y un apodos que me pusieron cuando era niña casi borraron de la faz de la tierra lo que estaba en mi acta de nacimiento. Ni dialogando conmigo misma me llamaba así, sólo en los momentos más tristes. La ciudad vive en una sombra permanente y no lo digo en sentido figurado. Los edificios son tantos y tan altos, que los potentes rayos del sol sólo impactan contra los muros de cristal y los pocos diminutos bosques privados que quedan. Mi lugar de origen está un poco lej...