El encuentro del Malecón

EL ENCUENTRO DEL MALECÓN
(CRUISE)

No creerías que te encontré. Y es que uno cree poder olvidar: condenar al exilio transitorio o sin retorno, aquello que parece no tener lugar. No te miento, pensé hacer lo mismo contigo. Quizás no deseaba hacerlo realmente, sino que simplemente deseaba escapar del caos que tu recuerdo ocasiona en mí.

Ingenuidad pura, lo sé. No es que tú me hayas herido con crueldad o con indiferencia. Pero cuando tus palabras impasibles demolían las fugaces ilusiones sentía dolor. La respiración fantasiosa se agotaba por las noches y sólo quedaba un vacío indescriptible. No era desilusión ni tampoco desconsuelo. Y yo te imaginaba a ti, durmiendo indemne; o al menos, eso creí.

La tarde se ha consumido hace mucho. No vi caer la tarde hasta ver mi reflejo escueto en un charco, alumbrado por un farol. Mis pasos me llevaron por las calles que ya no recordaba, y que estaban tan calurosas como en cualquier día de verano. Mis ánimos se habían esfumado y no sabía a dónde ir.

Quise admirar o incluso imitar el encanto de las personas que hacían gala de su compañía mientras caminaban alegremente, con helados o bolsas en las manos. No pude. Tal vez alguien se rió de mí mientras trataba de imitar unas zancadas que eran mías. El bullicio me era indiferente, los falsos magos callejeros también.

Una taza de café espanta el cansancio y continúo caminando hasta llegar al malecón. Todos se toman fotografías en un letrero colorido mientras otros juegan a adivinar los movimientos de los gigantescos barcos en la penumbra. Las máquinas se mueven en el puerto, incansables y repetitivas, sin descanso ni vacilación. La gente ya no observa al horizonte en la noche, quizás ya no tienen nada que esperar.

Decido sentarme en uno de los bordes del malecón, lejos del escándalo de los vendedores y de las conversaciones de enamorados, con sus serenatas de bachata. Mi atención se dirige en el vaivén de las olas, apenas iluminadas en su contorno por las luces de los barcos y del faro. No tienen crines de espuma ni se agitan, descontroladas. Van y vienen, ligeramente, ahogado su ímpetu por los enormes diques del recinto portuario.

Las veo como quién jamás ha visto el mar. Me atraen, cautivan mis pupilas y por momentos se llevan mi apatía lejos, muy lejos. Sonrío tímidamente. Imito el movimiento con mis dedos en el frío suelo de concreto: surge una melodía improvisada y mal interpretada. El viento, cada vez más intenso, alborota mi cabello y hace huir a algunos que deambulan cerca. Nada grave, sólo un poco de alboroto para una noche demasiado tranquila.

A veces la vista se me va hacia el resto de la ciudad. Los edificios parecen lucir distantes. Los orgullosos palacios blancos se iluminan con luces de colores y los ríos de gente no dejan de correr. Y entre las conversaciones fluyen tantos secretos y datos inútiles que asusta de pensar.

Y entonces te encontré. No físicamente, mujer. Tampoco te trajo alguna canción o descendiste, como en los pretenciosos cuentos de hadas, de un carruaje. Te vi ahí en lo que estaba mirando, mimetizada entre las olas oscuras y las luces blancas, entre el viento incesante y los juegos de mi mirada. Estabas, lo sé.

Dirás tú que fue el puro recuerdo, que vi lo que quise. Pero no fue así. No ocurrían cosas que ya hubiésemos vivido en los efímeros días pasados o que yo hubiese visto en las turbulencias de mis sueños. Estábamos en el malecón. Tú con tu sonrisa, con tus labios sensuales sin delinear y el devaneo de tus manos al hablar; yo, con mi mirada perdida en ti, con mi voz diciendo disparates y verdades profundas a la vez.

La banquita en la que estábamos nos parecía insuficiente. Por eso fuimos a caminar hasta el borde de la costa, donde las gigantescas cuerdas de los barcos se perdían y las luces de las islas brillaban en la lejanía. ¿Sería nuestro momento? Quién sabe. En ti corre el espacio etéreo de la incertidumbre. Era inútil tratar de traducir tus gestos con el implacable uso de la razón. Preferí escucharte y luego, improvisar mis respuestas.

Y todo fluía. ¿Quién carajo se acordaría de los planes y métodos? Contigo se borraban todos y hasta los consejos más sabios se iban con el viento. Mi nerviosismo inicial se fue y entonces comencé a hablar con vitalidad e imaginación. Te hice reír. Y tú estabas tan cómoda, pero guardabas aún algo de ti.

Muchos decían que hacíamos bonita pareja, que no tardaríamos en terminar juntos. Pero los deseos ajenos no se iban a materializar hasta que nos los creyéramos. Nunca supe qué pensabas de esos rumores y esas risillas de complicidad. Fue un secreto del que nunca hablamos y del que no tardaríamos en mencionar.

Mi mente a veces divagaba y luego volvía a ese momento. Parecía demasiado increíble tenerte junto a mí, al lado del mar. Tus palabras y tus miradas me hacían saber más de ti. Conocerte era cómo leer la novela más delirante del mundo y los segundos transcurrían como páginas enteras de texto. Y yo, quería seguir leyéndote.

Quizás ya sabías lo obvio: mis actos me delataban, mis palabras aún más. Y al principio no decías nada. Luego tus frases encendían luciérnagas en mis deseos, para al final, dejarme dudando en sí había escuchado bien. Así estabas tú, escondiendo detalles en lo que decías y revelando pizcas de tus propios deseos en mensajes cortos.
Como deseaba que tu instinto traicionara al perfecto orden en que mantenías las cosas. Tenías miedo y dudabas demasiado, lo sé. Nadie te culpa de tus temores ni de la intención de censurar lo inevitable. Y yo, mujer, ¿qué estaba haciendo? Tratando de derretir el umbral de tu recelo.

Y nos alejamos del malecón para pasear otro rato por las calles, ahora casi desiertas llenas de fantasmas. Te mostré un gran faro blanco en el centro del puerto, iluminado por luces rojas. Subimos las escaleras de caracol, burlando a los marinos que se habían quedado dormidos. Perdimos la noción del tiempo y no encontrábamos la hora por ninguna parte. Todos los relojes parecían haberse roto.

Viste un barco en uno de los muelles, que apenas y se veía a la sombra de un gran buque carguero. Dijiste que querías verlo y yo te dije que lo conocía bien. Te llevé hasta él y lo abordamos con risas: estaba abandonado, casi en el completo olvido. Sabíamos poco de marinería, pero lo hicimos navegar hacia alguna parte.

Sintiendo la brisa marina en nuestros rostros, pusiste tu mano en la mía. La tomé con fuerza. Sonreímos y te besé. Continuamos el juego del coqueteo mientras nos conocíamos más. Y los instantes se iban haciendo mejores. Los recuerdos parecían haberse quedado olvidados en los muelles. El océano lucía demasiado inmenso para saber hasta dónde llegaríamos. ¿Sabes qué era lo mejor de todo eso? Que no dejabas de ser tú, que no dejaba de ser yo.
* * * 

Sí, ahí estabas, porque yo lo deseaba. Continué mi camino a solas, se acercaba la madrugada. Y te vi entre las parejas que volvían felices luego de un buen día, y también a las que iban a contentarse el día siguiente. Te vi en el paisaje infinito del horizonte una y otra vez. Quise sentir que mi mano, en lugar de sentir el viento frío, sostenía algo más.


Cuando llegué a los muelles no supe si alegrarme o entristecerme. Me detuve ante un barco e intenté desatar el nudo de la enorme cuerda. Quizás necesitaba tu ayuda. Al final, me quedé parado frente a él. Pensé en ti de nuevo. Podíamos zarpar esa noche, podrías venir. Te lo aseguro, nunca verías una nave más sublime y un destino más impredecible, misterioso, libre… 



*Gracias a todos ustedes por leer estas historias y por compartir esta experiencia. Justo hoy termina la primera mitad del año. En estos días comenzaré a editar y hacer pequeños cambios en los cuentos anteriores, así como compilaciones que después publicaré. Esperen más sorpresas ;) 

*Un agradecimiento especial a Miriam Huizar y a Inche Radio por recomendar a Idealistic Explosions en su programa I.D.M. (Si tienen oportunidad, escuchen este interesante programa los miércoles alrededor de las 18:00 en http://mixlr.com/incheradio )


Īsan Rokr

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