La Marcha del Insomnio

LA MARCHA DEL INSOMNIO
(Los Muros de la Noche)

Que ya es tarde, me ha dicho mi madre. Que ya debo volver a casa. ¿Acaso no entiende? Mata la diversión, lo emocionante y la tentación de ver a ese par de amigos pelearse por mi atención, por alguna mirada coqueta o un beso. Tengo 13 años y no entiendo cuando me dejarán hacer lo que quiera, lo que yo crea conveniente. Ya no soy una niña.

El día es caluroso y regreso con la piel más bronceada de lo normal. Mis padres me regañan: es poca cosa. Me gusta el tono de mi piel, así como está. Me gusta mi cabello corto y las puntas que caen a mitad del cuello; no importa que me hayan dicho que se veía mejor largo. No frecuento el espejo: temo que me mienta.

Al llegar me dirijo a mi cuarto y con pasos fuertes, para que se sienta mi enojo. Me tumbo en mi cama y me acomodo para ver el atardecer desde la pequeña ventana. Lo único bueno de mi casa es que está ubicada a mitad de una colina y hay vistas agradables, de esas que luego pintan en las litografías que venden los domingos en el mercado.

Llega la hora de la cena y mi familia está sumida en un silencio, más de cansancio por la rutina que de tristeza. Veo a mi hermano menor dejar la mitad de su comida y romper el sigilo para hacerle preguntas tontas a mi padre. Mi madre sólo ríe y yo me pierdo en mis pensamientos del día. Me aburren ya los juegos y pienso demasiado en cursilerías.

Al final, hacemos lo que cada noche. Tomar un polvito que dice “somnífero”. No es la primera vez que me pregunto por qué demonios tenemos que tomarlo y la respuesta siempre es la misma: la noche es para dormir, no para permanecer despierto. Los que sufren de insomnio están condenados a la muerte, porque no soportan la pesadez de la oscuridad.

Pero algo me dice que es otra cosa. Recibo mi dosis en un pequeño sobre y finjo echarla en mi taza de té, metiendo demasiado los dedos. Conservo la bolsa y echo el polvo en la bolsa del pantalón. Mis expresiones y mis actos rápidos no me delatan. Al fin sabré qué es lo que pasa, qué es lo que ocultan. Quiero probar el insomnio.
Me acuesto en mi cama y por fin siento que los ojos no se cierran involuntariamente. 

Me quedo recargada en la almohada, mirando el techo y la poca luz de Luna que entra por la ventana. Comienzo a visualizar figuras en la oscuridad y a plasmar mis pensamientos ahí. Es como si las sensaciones del día se concentraran y no pudieran contenerse por salir. Tengo ganas de hablar conmigo misma, nada más.

Un sonido corta mi momento de inspiración. Parecieran muchas trompetas estridentes al unísono. Las manecillas del reloj, apenas visibles, muestran que se acerca la medianoche. Pareciera que anunciarán el final del día, el corte inevitable del tiempo que nosotros los humanos creímos inventar. Enseguida, se escucha otro estruendo único y poderoso que hace vibrar la tierra.

Me levanto de la cama, silenciosa y astuta para mirar por la ventana. Se ven muchas estrellas en el cielo y la Luna está escondida detrás de unas nubes. Las calles están desiertas. Lucen tan seductoras, pacíficas y bellas para dar un paseo, que no puedo resistirlo. Me pongo la ropa que tenía puesta y mis tenis. Mis pasos ligeros pasan desapercibidos. El ruido de la puerta, recién arreglada y sin rechinar, contribuye a mi escape.

Comienzo a caminar. La acera luce azulada por las luces del cielo. Puedo ver mi piel tan clara como el agua; la oscuridad parece desaparecer por un momento. No tengo miedo porque reina el completo silencio. No sé por qué se ocultan de esta maravilla. Con las ganas que dan de quedarse aquí, platicando de muchas cosas y riendo con calma.

Luego de seguir por varias cuadras, escucho pasos firmes y sincronizados. Me oculto detrás de un árbol.  Veo pasar a un par de soldados con el rostro solemne y fuertemente armados. De vez en cuando mueven sus fusiles y clavan sus ojos en los colores de la madrugada.

Espero un momento más y esta vez veo pasar a 16 de ellos, completamente ordenados y presurosos. Mi curiosidad es tan grande como las avenidas eternas y decido seguirlos ocultándome entre las sombras que proyectan las suntuosas fachadas de la calle Esmeralda. No temo a perderme, la ciudad no es tan grande.

A lo lejos se escucha un canto, horrible pero muy apasionado. Un hombre viejo y triste deambula a trompicones por la calle con una botella en la mano. Entona versos de amor, pero al ver a los soldados intenta correr. Al no ver escapatoria, con su voz poco clara empieza a entonar frases de protesta. Invoca a la libertad en repetidas ocasiones y también a la justicia.

Los hombres armados no se inmutan. Se mueven en conjunto y se detienen. Preparan, apuntan y disparan. Su puntería perfecta derriba al hombre y hace callar sus cánticos. La tropa continúa su marcha sin decir nada, sin sentir el espectro de la muerte en sus manos. Tampoco se exaltan cuando, unas calles más adelante, descubren a dos hombres corriendo con mochilas al hombro. Nuevamente el ritual ocurre y la sangre en frenesí salpica la pared de un edificio.

Me asusta lo que veo. El cuerpo me empieza a temblar e intento controlarlo, pero es imposible. Pierdo la concentración de mis pasos y termino resbalando con el borde de la calle. Caigo y los soldados voltean. Se miran extrañados entre sí, nadie dice nada. Uno de ellos, el más robusto y con un par de condecoraciones en el pecho se aproxima. Sin palabras, vuelve a dar instrucciones. Dejan los fusiles a un lado esta vez y me atan con unos fuertes lazos.

El jefe no se ve satisfecho aún. Pide que me tapen los ojos con una venda negra y que me amordacen. Lo hacen y continúan el paso. Su único error fue no darse cuenta de que la cinta es casi traslúcida y me permite ver con cierta dificultad. El recorrido sigue sin incidentes y comienzo a preguntarme cuál será el final de todo esto. Yo sólo había visto soldados en los desfiles y cubriendo la zona prohibida de la ciudad.

Nuevamente se detienen y veo, entre sombras, un gigantesco muro de piedra con el grosor de una calle entera. ¿Será esta la zona prohibida? Yo creo que sí. Los soldados reciben instrucciones y continúan caminando. El silencio se rompe y en su lugar comienza el bullicio, las risas y un profundo olor a alcohol. Me llevan a una pequeña construcción muy lujosa y me quitan la venda.

Frente a mí está un hombre sentado, rodeado por varios soldados. Tiene un aspecto imponente y una mirada penetrante, maliciosa. Al mirarme, deja su puro y sonríe mientras voltea a ver los demás, que están totalmente sumisos ante él. Dice una palabra incomprensible y me traen una bebida que me obligan a tomar. Siento como mi visión va perdiendo lucidez y los mareos se apoderan de mi cuerpo.

Me llevan ante un círculo de más soldados en torno a una hoguera. Están en plena fiesta, en plena perdición. Hay más mujeres a sus costados y sendas botellas de licor. Se inclinan ante el jefe y me miran. Todos brindan y celebran. Quiero gritar pero no puedo, no tengo voz. Alguien pone sus manos calientes en mis hombros. El mundo desaparece, pierdo la conciencia.


Despierto y siento que estoy recostada en una superficie suave. Es una rara vegetación, como si fuese pasto de algodón. Tengo puesta una chamarra. Trato de incorporarme y me doy cuenta de que hay un hombre de gabardina café, de espaldas a unos cuantos metros de mí. En ese momento se dirige a una motocicleta, la arranca y se va a toda velocidad.

Volteo a mí alrededor para seguirle la pista. Estoy en la ladera de un cerro, a unos cuántos metros de una carretera. Ya es de mañana. Observo el resto de los cerros, profundamente verdes y exuberantes. El sol se refleja con el mar en el horizonte. El gigantesco muro de piedra se ve a lo lejos, menos imponente que la noche pasada.

No entiendo qué ocurre. Me siento intacta, pero con cierto temor. Todo está en orden con mi ropa y también tengo mis cosas. Sólo tengo dolor de espalda por dormir en el piso. Trato de salir de la confusión y orientarme para volver a casa. No resulta tan difícil, dentro de poco ubico calles conocidas y me doy cuenta de que estoy en el sector rural de la ciudad, ese al que tampoco nos permitían entrar.


Jamás me habían hablado de esto, pero comprendo el maldito motivo de los somníferos. Siempre nos prohibieron ir a los miradores; ver más allá de los terrenos costeros y planos de nuestras pequeñas localidades. Todo con el pretexto de la seguridad, cuando hay tanto crimen alrededor. Estamos encerrados, inmóviles. Siento que el cuerpo aún me tiembla cuando encuentro una nota en suelo: “De nada." 


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