Memorias del Tren Gris
MEMORIAS DEL TREN GRIS
(MURANYI)
-¿Me escucha usted? Le veo muy pensativo y aburrido. Y casi todos
lucen como usted aquí. Podemos conversar, hacer el camino menos aburrido. Por
la posición en la que se encuentra cómodamente sentado, deduzco que va hasta la
terminal. Tenemos un buen rato por llegar todavía.
Ese hombre al que le hablaban súbitamente, vestido de forma
elegante y con un gesto de notorio cansancio, miró al anciano que había a su
lado. Se quitó el auricular del oído izquierdo, hizo un gesto afirmativo y se
dispuso a escuchar. Había sido un día tan tedioso que necesitaba algo
inesperado.
-No creerá usted cómo pasan los días y los años hasta que
despierte con la firme idea de que el tiempo se le fue de las manos demasiado
rápido. Cuando vea su cabello teñido de blanco y sienta su colchón demasiado incómodo.
Cuando sus hijos digan palabras que usted difícilmente pronunciará y cuando
empiece a añorar cosas que se fueron en el momento menos pensado. Así me pasó a
mí, así le pasa a todo el mundo. Entonces usted beberá del jugo de la
nostalgia, amargo como un licor de barrica pero revitalizante. Sabrá donde se
encuentra.
Se preguntará porque le digo todo esto. Admiro su juventud,
esa misma que usted niega cada que se ve al espejo o mira las facturas que
llegan, puntuales, mes con mes; la misma que sus viejos amigos le mencionan,
contentos, cuando lo ven, aunque usted crea que son falsos halagos de
compromiso. Aún está en sus buenos años, aunque este mundo cada vez le haga
pensar lo contrario.
Vine desde muy lejos, hace tanto tiempo que ya no recuerdo la
fecha exacta. No tenía nada más que mi propia integridad. No quería venir a la
ciudad, ni trabajar aquí. Pero el hambre crecía y la muerte rondaba como zopilote
en nuestra pequeña choza cada amanecer. Mis huesos lánguidos apenas sostenían
mi cuerpo. Cuando vi este lugar por primera vez, sentí miedo, oiga, se me hizo
la piel chinita.
Y es que en mi pueblo decían muchas cosas feas de aquí, ¿sabe?
Me contaban que era la capital era tan grande y con tantas calles, que podría
perderme para siempre y ya no volver. Que robaban en cada esquina y
secuestraban, casi como la leva de la que me habló una vez mi abuelo. Recuerdo
que enfrente de varias casas cerca de la mía había cruces blancas de madera, carcomidas
por el viento. La gente decía que eran personas que se habían perdido o habían
desaparecido, que se los habían tragado las calles. Me acordé de esos
desafortunados cuando fui al mirador de una torre enorme y perdí la cuenta de
tantas casas y barrios.
Y eso que era carísimo ir al mirador. Pero de mi primer
sueldo me había sobrado algo de dinero y decidí ir, por pura curiosidad. Ese
día me di cuenta de que si me quitaba mi sombrero y me desenmarañaba el
cabello, me dejaban pasar casi a todos lados. Vi a mucha gente ahí, a familias
enteras y personas solitarias. Estaban unos güeros que yo supuse que eran
gringos. Todos con sus cámaras, apuntando a todas partes. Yo sólo me pasé las
horas mirando todo, para quedarme con la imagen en mi mente. Creía que no había
mejor mapa que ese.
Se preguntará de qué conseguí trabajo. Sólo había un lugar:
la construcción. Ni se imagina en cuántas obras estuve con mis compañeros.
Recuerdo que un día el arquitecto me dijo, con cerveza en mano, que la ciudad
crecía como un monstruo desenfrenado hacia todos lados y que nosotros éramos
las hormiguitas que todo el mundo olvidaría cuando pisaran las baldosas que con
tanto esfuerzo poníamos. Me dijo también que todo terminaría por ser una
telaraña indescifrable en dónde jamás se pondría el Sol. No le miento, pensé
que estaba loco.
Y este hombre tenía razón, pero no vivió para gritar
triunfante que había acertado. ¿Sabe qué le pasó? Un día estaba regañando, como
de costumbre, a uno de los albañiles por haber moldeado mal con el cemento un
contorno decorativo de un edificio de departamentos. Se trepó al andamio y
quiso hacerlo él mismo, pero terminó cayendo al vacío con toda su ira.
Mis compañeros eran supersticiosos, decían que en las obras
siempre había muertos porque eran necesarios los sacrificios para que la
construcción se sostuviera. Les creí a medias. El día en que el gran terremoto
derribó todo, muchos años después, me pregunté, cuántos muertitos debieron
faltar en esas obras. Todo olía a tragedia, todos pensábamos que íbamos a ser
los siguientes en perecer debajo de un mar de escombros.
Un día alguien se acordó de que nosotros los trabajadores no
teníamos hogar. No lo creerá usted, sé que usted siempre tuvo un lugar dónde
llegar a dormir, pero le digo la verdad, antes dormíamos en la comodidad del
suelo para ser despertados por el caos de la mañana. Nos querían lejos de esa
gente refinadísima para la que trabajábamos, no sea que nos fuéramos a mezclar.
Nos condenaron lejos, lejos, a los cerros y terrenos baldíos de las afueras.
Nos subestimaron en número, éramos demasiados. Su fantástica metrópoli quedó
encerrada dentro de nuestro círculo gris de caseríos.
No le contaré mucho de mi familia. Si le cuento, se me
saldrán las lágrimas y creo que eso le amargaría su viaje. No. Sólo le diré que
me mandaron al olvido mis hijos cuando murió su madre. Que por qué no podía
vivir sólo y que no podían hacerse cargo de mí. Mentira. Me enviaron a uno abandonado
y triste, casi para morirse del puro desconsuelo. ¿Acaso le parezco demasiado
viejo, joven? Yo digo que no. Pude escapar y comenzar a vagar por ahí. Aprendí
cosas interesantes, ¿sabe?
Este trenecito gris en el que estamos viajando es muy
curioso, ¿no le parece? Cuando me subí por primera vez, creí que iba a
descarrilarse. Luego me explicaron todo ese asunto de los rieles eléctricos.
Veo que mira afanosamente las luces por la ventana y lo acongojan los
recuerdos. ¿Me permite saber?
-No hay mucho que quiera decir de mí-respondió el otro-es
complicado.
-Ya veo. No me diga entonces. Y déjeme decirle lo que veo en
usted. Las vivencias dejan marcas en la piel, ¿sabía? No, no piense que le voy
a leer la mano, eso es una superficialidad. Un día me enseñaron a observar a
otro ser humano, con sabiduría como se dice. Y me moría de la sorpresa cuando
averiguaba tantas cosas, cuando veía que mi historia se quedaba tan corta.
Quisiera escribir libros y libros de eso, pero sabrá usted que ese don no me
fue concedido y al parecer me llevaré esos secretos a mi tumba.
Pero ahora, déjeme mirarlo. No se asuste, es cosa normal. Siente
un vacío en su vida, ¿verdad? Que llegara a su apartamento, encenderá la luz,
verá televisión y se irá a dormir sin pena ni gloria. La soledad lo turba por
los días y no por las noches, se nota que duerme bien y despierta mal. Que su
familia está algo lejos y que no los ve seguido, primordialmente por culpa de
usted.
El trabajo es una mierda, ¿verdad? Sí, se nota aburrido de ese
cuchitril de oficina que tiene mientras ve a su jefe, gordo y feliz,
regocijarse con los logros de los empleados. Pero no le queda de otra, que si
no se muere de hambre. Su cuerpo muestra que usted come mal y además, no se
preocupa por hacerlo mejor. El día que despierte con una tortura canija en el
estómago, sabrá lo que le digo.
Todo mal en el amor también, ¿cierto? Que esa muchacha,
compañera suya del trabajo no lo pela y que ya está harto de no poder “olvidarla”.
Pero si no se olvida a nadie, hombre, esa es una gran mentira. Y que los amigos
sólo llegan a ratos para alegrar esos huecos de tristeza. Cuando se reúnen
llegan olvidándose de lo que les aqueja y se terminan acordando al final, con
el alcohol encima. Ojalá sufrieran menos, hombre.
Déjeme mirar ese recuerdo que tuvo cuando lo caché mirando la
ventana. Esto a lo mejor si le asusta, no es tan fácil de averiguar. Fue hace
unos años, ¿verdad? Usted tuvo los momentos más felices de su vida cuando lo
mandaron de intercambio de su universidad a esa ciudad. Está muy lejos, me
imagino. Usted deseó quedarse allá, pero fue imposible, tuvo que volver.
Usted no sólo dejó una oferta de trabajo en ese sitio, dejó
todo un sueño de vida. Se ve. Se llama Sapporo esa ciudad, ¿no?, y por el
nombrecito debe estar en Japón o algún país de esos. Se acordó-y yo me
percaté-por ese letrero de la agencia de autos que lleva ese nombre. Qué más
quisiera que enviarlo mágicamente para allá, hombre, pero no soy brujo.
No, cerrando los ojos no evadirá ni lo que le digo ni lo que piensa. Sé que
todavía me escucha. Qué melodía tan más rara tiene usted en la mente, con ese
tonito de melancolía y esos bajos rítmicos y estridentes. Cualquiera diría que
es oscura, pero a usted, esa oscuridad lo hace feliz. Su imaginación lo
traiciona, le muestra luces anaranjadas extrañas. Míreme, salga de ahí.
En ese momento sonó un golpe y los pocos pasajeros que aún
quedaban voltearon a ver extrañados. El hombre de traje se había desmayado y
había caído estrepitosamente hacia adelante. El anciano, se apresuró a
levantarlo y lo colocó en su asiento. Trató de reanimarlo y finalmente abrió
los ojos, para pronunciar algo ininteligible y recargarse en un costado del
tren. Estaban por llegar a la terminal.
El anciano se miró en el reflejo de la ventana. Miró su
gorro, su barba blanca y ligeramente larga, su bufanda y el suéter que más le
gustaba. Vio sus ojos y los rasgos de su piel, que le recordaban tanto al
pueblo de su infancia y a sus seres queridos distantes. No vio más. Era capaz
de adivinarle la existencia a todos, menos a sí mismo.
-Y piensan que los viejos son ingenuos y que todo lo
olvidan-dijo triunfante, cuando el tren estaba a punto de abrir las puertas.

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