Taller de Música (Quisiera Pensar)

TALLER DE MÚSICA 
(QUISIERA PENSAR)

Un día tocamos el cielo. Seguramente él lo recuerda tan bien como yo, lo sé. Tantos recuerdos, alegrías y sinsabores que me provoca el tráfico prolongado. Ya no quiero leer por ahora, llevo varios días haciendo eso para evadir la realidad. Ya no deseo seguir, inútilmente, peinando los mechones necios de mi cabello. Quiero pensar.

El taller de música, cómo olvidarlo. La escuela se había terminado y en aquel cálido verano teníamos que elegir una actividad que hacer. Había de todas y ninguna me interesaba realmente. Quise introducirme en la que parecía más sencilla y menos insufrible. Él pensaba igual. Conocí su nombre el primer día: Andrés. Él conoció el mío: Marisa.

El taller se encontraba en un sitio viejo y extraño: en pleno tercer piso de un edificio colonial blanco, con ventanas carcomidas y gárgolas en el techo. El lugar era encantador, estaba tapizado de madera y tenía varias habitaciones. Dimos un paseo y encontramos todos los instrumentos posibles, así como decenas de cuadernillos y aditamentos raros.

El maestro lucía como un hippie desencantado. Su figura era alta y alargada, vestía con ropas desgastadas y tenía unos curiosos lentes circulares. Su voz era grave y poderosa. Tenía unos dedos largos y habilidosos con los que empezó a tocar varias sinfonías en el piano con total destreza. Quedamos atónitos. La promesa era que podríamos hacer lo mismo en poco tiempo.

Las primeras lecciones fueron sencillas. Dibujar notas en el pentagrama, trazar delicadamente la clave de Sol y aprender los ritmos más sencillos. Éramos pocos los que nos habíamos inscrito ahí y todos lucíamos entusiasmados. Esa actitud fue cambiando con el pasar de los días.

Nos exigía más y más. Leíamos las notas tan rápido que terminábamos inventando escalas completamente discordantes. Los prodigios lo hacían todo bien. Los instrumentos parecían tan sólidos y rígidos que al tocarlos sonaban horrible. No dominábamos ni siquiera el arte del tacto. Con tantas frustraciones cotidianas y derrotas pequeñas, él y yo empezamos a hablar con mayor frecuencia.

Andrés tenía una actitud desobligada, pero a la vez, terriblemente filosófica. Algunas veces, sus palabras eran tan profundas que se perdían muchos kilómetros por debajo del suelo. Entonces, hablábamos de cosas más superficiales: yo le comentaba de las canciones de moda y él de otras que ni siquiera soy capaz de recordar. Al final terminábamos riendo por cualquier tontería. Los malos ratos se estaban yendo.

Un día el maestro decidió separarnos por tipo de instrumentos. Unos pocos se fueron a los de cuerda. Yo fui seleccionada para los de viento. Cuando era el turno de Andrés, el sabio de las melodías dudó por varios minutos. Finalmente optó por enviarlo a las percusiones. Parecía que no le tenía mucha fe.

Los conflictos empezaron precisamente ahí, en los tambores. Andrés siempre optaba por terminar improvisando sus propios ritmos mientras se concentraba profundamente y cerraba los ojos. No concordaban con nada lo que nosotros, diligentemente, hacíamos. El maestro se desesperaba y estuvo a punto de perder la paciencia. Un día, sintiéndose derrotado, le hizo caso y adaptó todo según la improvisación. Surgió un género rarísimo, tanto que hasta los colguijes de las paredes parecían danzar, y nosotros…aún tenemos la secuela de esos sonidos.

Yo siempre obedecía sus órdenes y me dejaba guiar por sus instrucciones cuando no podía tocar las melodías. Él sólo cerraba los ojos y me daba indicaciones con el puro sonido. Siempre funcionaba. Un día me aterró. Me pidió que improvisara en cierta escala, al ritmo de sus palabras. Comenzó a contar una historia, breve y triste. Yo perdí la noción de las cosas. Mis compañeros me dijeron que en cierto momento el maestro guardó silencio y pidió a los demás que oyeran. Yo creía que él seguía hablando.
Cuando me detuve, ya no había nadie. Sólo brillaba la luz de un farol en el techo. 

Busqué al maestro, pero no estaba por ninguna parte. Cuando entraba a cada habitación sonaban canciones distintas. Recuerdo que algunas eran terriblemente oscuras y otras tan luminosas como un amanecer en primavera. Pensé que eran bocinas, pero no. No había electricidad en el edificio. Finalmente un hombre encapuchado se dirigió hacia mí:

-Por favor, jovencita, retírese-me indicó.
-¿Quién es usted? ¿Dónde está el maestro?
-No, no quieres saber quiénes somos. Por favor, vete.

Y me fui. Cuando le conté al maestro, se limitó a sonreír y mover una ceja. No dijo más. Mi cara de susto era notable. Después de eso, todos (excepto Andrés) por diversas razones se quedaron un día hasta tarde y vivieron cosas distintas. Algunos tuvieron experiencias agradables y otros, terroríficas. Dos de ellos aparecieron una semana después, con severos trastornos psicológicos.

Con el paso de las semanas, empecé a interesarme por Andrés, aunque trataba de negarlo por todos los medios posibles. Recuerdo que un día la confusión me venció y terminé por contarle a una amiga. Y aunque las cosas parecían pintar a mi favor (todo parecía indicar que yo le gustaba), decidí poner una barrera entre él y yo. No quería terminar lastimada ni terminar convertida en algo que no quisiera.

Un día, Andrés se desesperó de tocar las percusiones. Mientras el maestro había salido por cigarros, comenzó a husmear en un armario que no teníamos permitido tocar. De ahí sacó una guitarra plana roja, que bien podría servir para una obra de teatro: tenía las cuerdas pintadas. Entonces, empezó a fingir que la tocaba y ante el asombro de todos…empezó a sonar. Él no se detuvo: estaba feliz.

El maestro lo descubrió y se enfureció terriblemente. No entendíamos por qué. Le pidió a Andrés que fuera con él, a tocar el clavicordio. Nos pidió a los demás que no los siguiéramos. Curiosos como éramos, terminamos espiando desde un hueco en una de las paredes de madera.

Ahí estaban los dos, frente a algo que definitivamente no era un clavicordio. Era una especie de piano gigantesco, más grande que un órgano. Tenía teclas blancas y negras, sobrepuestas e inclinadas unas sobre otras en una sucesión inmensa. ¿Qué demonios era eso? Nadie lo sabía.

-Muy bien-le dijo aún enfurecido-quieres jugar a hacer música. Hazlo de verdad.
-Pero…yo no sé tocar esto.
-Me importa un carajo. ¡Empieza!

Y él empezó a palpar las teclas, con mayor fuerza cada vez porque no sonaban. Cuando dos de ellas emitieron un sonido saltó hacia atrás del susto. Miró al maestro, las teclas y sus dedos, sin encontrar el menor sentido.

-¿Qué, qué es esto?-preguntó-de cuando a acá al presionar una tecla suena como tambor, y al presionar otra suena como cuerda de guitarra. No entiendo.
-Este instrumento, niño, no tiene nombre porque no existe ni existirá palabra que lo defina. Y antes de que tu mentecita lo piense: no, no es electrónico. Prueba con las infinitas posibilidades, serás capaz de tocar cualquier cosa que se te ocurra con él. Veo que te gusta improvisar, saltarte las reglas. Hazlo aquí y sorpréndeme.

Andrés aceptó el reto. Comenzó a jugar, tal y cómo lo hacía con la guitarra falsa. En unos minutos escuchamos una combinación bastante rara. Primero música clásica, luego rock, un poco de reggae y música africana mezclada con todo lo anterior. Incluso algunas teclas emitían voces que cantaban, creíamos, los pensamientos del ejecutante. Desde entonces, maestro y alumno desarrollaron una amistad imperecedera.

Y mis sentimientos…seguían hechos un caos, aunque aparentaba lo contrario. Ahora fingía que no existían, con una frialdad poco usual. Extrañaba los delirios de lo que creía irracional, pero huía de ellos por “seguridad”. “¿Qué te traerá al final esa seguridad de la qué hablas?” me preguntó un amigo una vez. Le respondí algo de lo que no me sentía segura.

Un sábado, mi mejor amiga haría una fiesta. Mi plan era ir sola, pero perdí una ridícula apuesta y mi castigo era invitar a Andrés. Lo hice, con cierto temor. Él accedió de inmediato y acordamos vernos en un sitio. Me vestí con ciertos detalles involuntarios y llegué puntual. Él no estaba.

Decidí irme, furiosa, a mi casa. Empezó a llover. En el camino me encontré con uno de sus amigos. Preguntó tanteando por mi nombre y acertó. Me avisó que Andrés se encontraba castigado en su casa luego de haberse escapado, por enésima vez, de su casa en la noche. Que no había podido avisarme y que se deshacía de la frustración.

Llegué a su casa, con las instrucciones del extraño amigo. Lo encontré con un gesto demacrado, mirando cómo la tarde estaba por caer. Al verme, afuera de su puerta sus ojos se iluminaron y sonrió. Me lanzó un papel en el que se disculpaba y decía que le era imposible escapar (ah, y que me veía hermosa también). Sus padres lo vigilaban diligentemente.

Traté de distraerlos. Tomé una roca y la arrojé contra el auto que estaba estacionado enfrente. La ruidosa alarma empezó a sonar y ambos padres salieron a mirar lo que había ocurrido. Andrés escapó sigilosamente por la ventana y con mi ayuda consiguió saltar sin hacer mucho ruido en la parte trasera del jardín. Nos siguieron, pero no consiguieron alcanzarnos.

Llegamos a la fiesta de mi amiga. Contamos nuestra gran aventura y sonaron las carcajadas, acompañadas de sendas cervezas. No supe bien lo qué ocurrió, pero la barrera que había construido desapareció. En un momento, nos acercamos y nos besamos. Ya no nos importó nada y él, con esa improvisación tan suya, se llevó mi miedo muy lejos. Ese día, los demás tampoco pudieron alcanzarnos y sí, tocamos el cielo.


Desde entonces, no nos hemos visto y ahora me dirijo a verlo. Para desgracia, mis temores volvieron con su ausencia. Por eso no sé qué me espera ni qué tiene pensado él. Aquel día, metafóricamente, habló de un viaje, de un camino. Quizás, quizás, sea uno en el que no tengamos que escapar de los demás, ni de nosotros mismos. Eso quisiera pensar.




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