Náufrago del Canal
Yo tampoco sabía a ciencia cierta por qué había comprado ese viejo bote de río por internet. Llegó en un camión de mudanzas un domingo en la mañana. Los que lo traían maldijeron al aire cuando vieron que tendrían que subir tres pisos de una estrecha escalera para llegar a mi departamento y dejarlo. Cuando les abrí la puerta se encontraron con un espacio no muy amplio con las paredes desamparadas y las cosas regadas por el suelo. Lo dejaron recargado en la pared, luego me miraron furiosos esperando una buena propina. Sólo unas pocas veces en la vida había remado en Chapultepec o en algún lago cercano a la ciudad, con cierta lentitud; mis brazos se cansaban fácilmente por ser escuetos y al final terminaba recargado como holgazán en uno de los costados del bote para mirar el paisaje y esperar no ser devorado por un primitivo monstruo acuático. Cuando miré mi nueva adquisición, noté que los remos estaban en buen estado. Pero ¿dónde lo estrenaría? La tristeza, al igual que el e...