Náufrago del Canal


Yo tampoco sabía a ciencia cierta por qué había comprado ese viejo bote de río por internet. Llegó en un camión de mudanzas un domingo en la mañana. Los que lo traían maldijeron al aire cuando vieron que tendrían que subir tres pisos de una estrecha escalera para llegar a mi departamento y dejarlo. Cuando les abrí la puerta se encontraron con un espacio no muy amplio con las paredes desamparadas y las cosas regadas por el suelo. Lo dejaron recargado en la pared, luego me miraron furiosos esperando una buena propina.

Sólo unas pocas veces en la vida había remado en Chapultepec o en algún lago cercano a la ciudad, con cierta lentitud; mis brazos se cansaban fácilmente por ser escuetos y al final terminaba recargado como holgazán en uno de los costados del bote para mirar el paisaje y esperar no ser devorado por un primitivo monstruo acuático. Cuando miré mi nueva adquisición, noté que los remos estaban en buen estado. Pero ¿dónde lo estrenaría?

La tristeza, al igual que el enamoramiento, nos vuelve un poco ciegos; la diferencia es que el remordimiento viene mucho antes. Pude haber invertido ese dinero en alguna otra cosa menos romántica. Tenía un sueño recurrente aquellos días en donde salía remando con un bote por un río suave y cristalino que cruzaba un bosque de árboles chaparros hasta llegar a una casita donde ella me esperaba. Llegaba a un diminuto muelle, corría a sus brazos, la llevaba a pasear donde los troncos eran tan anchos como las casas y donde los pájaros trinaban sin parar.

Obviamente, era sólo un sueño. No podía verla de nuevo. Hace unos días, después de volver a casa por otro camino noté que había un canal que jamás había visto a unas cuadras de mi calle. Lo cruzaba un puente curvo de piedra y asfalto. Me quedé observando esas aguas muertas, marrones y empantanadas que despedían un olor desagradable. Iba a quién sabe dónde, fluía muy lentamente sin destino.

Pensé en llevar mi boté allá e intentar navegar hacia algún sitio. Al buscar el canal en un mapa noté que atravesaba buena parte de la ciudad hasta entubarse en algún punto, y que era bordeado por jardines y árboles descuidados. No sonaba tan mal. Mi única preocupación era encontrarme algún cadáver o que a medio camino la madera del bote cediera y me hundiera patéticamente en esas aguas que no parecían tener gran profundidad.

Sin tener una mejor cosa que hacer, el siguiente viernes decidí emprender la aventura, después del atardecer. Ya no tenía nada que perder. Me puse un impermeable y cómo pude, alcancé a bajar el bote con una cuerda por el espacio central del edificio aprovechando que los tendederos no estaban puestos. Nadie me había visto hasta que se enredó con un cable de la luz que dejó sin energía a la planta baja. Se escuchó un chispazo y quise correr.

Estaba por ir volando a donde había caído el bote, pero antes recordé algo. Fui a mi habitación y cargué el pequeño baúl de madera que tenía al lado de mi cama. Cerré mi puerta y corrí a dónde estaba el bote. La gente dentro de sus apartamentos maldecía y preguntaba, pero extrañamente no salieron. Cargué el bote sobre mi espalda, luego con un cordón até el baúl a mi cuello. Así, jorobado y con pasos de pato me vieron los vecinos cruzar la calle en dirección al canal. No se esforzaron en alcanzarme, sólo me insultaron a la distancia, quizás esperando mi regreso.

Decidí tomar el baúl porque contenía un montón de fotos y cartas de ella. Las almacené ahí como un coleccionista ingenuo por varios meses. Era de madera tallada, barnizada hasta ser molestamente brillante, con una cerradura pequeña. A pesar de que era ligero, lo que contenía pesaba como un ataúd. En el instante en que el bote derribó el cable pensé que el viaje era una buena oportunidad para deshacerme de él.

Lancé el bote al agua aprovechando la pendiente del terreno, después los remos. Descendí con cuidado y estuve a punto de tropezarme con una piedra. Ascendí de un salto al bote, estuve a punto de irme por la borda. Ya con estabilidad, empecé a remar con la minúscula corriente. El agua borboteaba, no olía tan mal como la otra vez; había basura de ramas caídas y fango. A lo lejos se escuchaba el sonido de las calles y avenidas.

Fue sencillo remar en ese canal. En ocasiones, me recordaba a ese sueño del bosque. Pero la visión del baúl entre mis piernas me devolvía a la realidad. Después de unos minutos encontré muchas plumas blancas y negras flotando junto con pétalos sombríos. A los costados noté que quedaban residuos de fogatas y sangre vertida sobre el pasto seco, al lado de gallinas decapitadas. Eran rituales de alguna creencia lóbrega, de esas a las que se ha aficionado la gente por no encontrar respuestas deseadas en el cielo.

La visión me produjo escalofríos, pero continué hasta donde el agua se volvió más clara. Tenía un aroma frutal y los árboles parecían estar cargados de pequeños frutos amarillos. La noche no había llegado aún. Las luces naranjas del ocaso se proyectaban aún en el cielo y contemplé visiones melancólicas del costado del canal. Me preguntaba cómo un lugar se habría conservado tan puro en una de las ciudades más contaminadas del mundo. En un momento solté los remos: el bote se movía solo.

Las aguas se volvieron de color verde, cercano al turquesa. El canal había cambiado su trazo recto para dar lugar a un semicírculo: unas piedras volcánicas bordeaban las aguas. La luz era más intensa. Me atreví a tocar el agua: era muy fría, pero reconfortante. Contemplé mi reflejo como Narciso: vi mi reflejo sonriente, aunque mi boca no se movía y había fuego detrás de mí. Voltee asustado, pero todo seguía igual. Miré al cielo, puse mis manos en el baúl.

Lo abrí y vi todas esas memorias acumuladas ahí. Me sentí mareado, como si mis manos se volvieran líquidas. Tomé algo de voluntad y empecé a tomar las cosas con mis manos hasta tenerlas en mi regazo. Ahí estaban las fotos de nuestros viajes, dentro o fuera de la ciudad. Las cartas con olor a palomitas rancias, las notas en servilletas, los recuerdos de conversaciones distantes y las copias de algunos de nuestros discos favoritos. No pensé más.

Las arrojé al agua, pero flotaron unos instantes. Las fotos donde estábamos nosotros parecieron cobrar vida: los rostros se volvieron azules, cerraron los ojos con fuerza y dejaban salir lo último que quedaba de aire en pequeñas burbujas hasta hundirse más allá de mi vista. Las letras de las cartas se borraron y la tinta negra que salía de ahí se disolvió en una breve espiral. Vi mis recuerdos ahogarse: nos ahogamos quiénes fuimos en ese tiempo.

Sentí una paz que había extrañado por años. Volví a tocar las aguas, mojé mis manos cómo si me lavara de la depresión de las últimas semanas. El bote empezó a tambalearse hasta volcarse. Me hundí rápidamente y vi que las aguas eran aún más brillantes en la profundidad, contrarias a toda lógica. Luché por salir a la superficie, pero la presión era aplastante. Antes de perder la conciencia recordé que iría al Tlalocan, como los ancestros que morían ahogados.


Abrí los ojos, estaba sentado en una piedra circular contemplando una pecera donde un muñequito descendía hasta el fondo. Me acerqué y era idéntico a mí. Ya respiraba de nuevo, a un costado del canal donde me había ahogado. Aún no llegaba a la noche. Sin ganas de volver y confundido, me arrojé al canal otra vez. Perdí la conciencia de nuevo. Desperté seis meses antes, abrí los ojos y  estaba al lado de ella en nuestra bañera. El agua parecía cálida. De sus muñecas salía sangre, su gesto era el de un cisne. Sumergí la cabeza de nuevo.


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