Campanas
Dormía con suavidad. Los ancianos dormimos poco y con
ligereza, con los párpados cansados pero atentos. Estaba sola, como desde hace
tres años. La ternura necesaria para conciliar el sueño yacía en mí, acumulada
de las muestras de afecto durante toda mi vida. Mi cuerpo pesaba por la fatiga
y el desgaste, pero descansaba bien en esa suave cama, como cada noche. El
amanecer aún estaba distante a unas horas, la madrugada estaba en su esplendor.
Entonces escuché tu voz, tu tono, tus palabras…pero no
era el sonido habitual. Hablabas entre susurros y gritos, sin que pudiera
entenderte. Sonabas cómo las campanas, repicando una y otra vez. Había una
vibración metálica en todo esto, seguido de un rechinar agudo. Era como en
nuestros tiempos, cuando en la parroquia más cercana llamaban a misa. Ansiaba
escucharte, pero hacía ya muchos días que habías partido y vuelto a fundirte en
la tierra de dónde venimos, acompañado por lágrimas y recuerdos.
Te llamé con dulzura para que vinieras a mi lado, tan
sólo para sentir tu peso en el lado de la cama que ocupabas, el mismo que había
estado descubierto todo este tiempo. Tu lugar estaba aquí, no importa a qué
vinieras con tus palabras metálicas. Hablabas y sonaba el recuerdo venido de
muchas partes y de ninguna a la vez. La ciudad ya no era la misma que conocimos
hace muchos años, nuestro hogar conservaba su esencia, pero incluso el polvo
era diferente.
Muchas tardes extrañé que te quejaras de cualquier
cosa, que añoraras tus años de juventud y el esplendor de tu cuerpo. Incluso
cuando reías sin explicación mientras te bañabas. Cuando te fuiste, el día que
te velamos, escuché que alguien comentó que tú en persona vendrías cuando fuera
el último de mis días: tan inseparables como siempre. Así lo he esperado, a
pesar de que deseo seguir viviendo. He encontrado respuestas, pero también he
preferido callar algunas preguntas.
Este año la casa que habitamos cumple un siglo de
existencia. Leía alguna vez que a los cien años llega su vejez, pero que esa
misma edad es apenas la juventud de las iglesias. Te habría encantado ver a los
nietos, que andan más juguetones que hace años: los más pequeños aún preguntan
por ti, vives en sus primeros recuerdos. Fuiste cariñoso y muy reflexivo al
final. Esa imagen se llevó la familia de ti. Tus amigos te veían como un sabio,
después de que en tu juventud te consideraban un desorientado.
Tu voz jamás fue metálica, siempre sonaba como una
roca: aún en tus momentos de ternura. Incluso cuando me perseguías en aquellas
calles concurridas llenas de gente que te conocía, celebrando un carnaval que
sólo pudiste entender como el renacimiento de tu vida luego del frío de tu
mente. Te sonreía, ibas tras de mí. Me mirabas con la misma atención y amor que
el día que viste nacer pajaritos en un nido. Evitabas dar explicaciones, te
limitabas a querer.
Extrañarte no me ha quitado el sueño, no lo tomes a
mal. He dormido tranquila porque te dije lo que tenía que decir, hice lo que
debía, te fui leal. Descansas sin apuros, he podido sentirlo. Viniste tímido la
primera vez a la ofrenda de Día de Muertos sin saber qué hacer y con cierta
torpeza tirando las cosas. Te sentí, pareció que el aire se conmovió. Derramé
algunas lágrimas, sonreí. Desee que me llevaras de vuelta, pero sabía que mi
lugar estaba aquí. Y ahora que hablas como una campana, te siento en paz, feliz
con tu inmaterialidad, disfrutando de esta visita.
¿Qué querrás decirme? Quizás las campanas signifiquen
algo: son señal de llamado, de alerta, de tiempo e incluso de revolución alguna
vez. Sé que le falta algo a mi vida, pero no sé si tendré los días para
hacerlo. Quizás vienes a avisarme que todo terminó, o que mis oídos empezarán a
decaer después de haber escuchado muchas conversaciones propias y ajenas; o que
me será restringida la palabra, para sólo limitarme al pensamiento.
He pensado en cómo dejaste de odiar al mundo. Jamás
terminaremos de verlo, ni de entenderlo. Cuando después de muchos años
conseguimos ir a Egipto, Israel, Roma, Tokio y Paris volvimos con más dudas que
respuestas. Le tomamos un poco más de amor a nuestro país, del que ya no
quisimos salir. Vimos muchas cosas iniciar y terminar. Nuestras voces se
hicieron escuchar, al menos en la familia. Casi nadie llega a la vejez con
lucidez en estos tiempos: la vida adulta es una provocación al delirio.
El repicar de las campanas se volvió más fuerte y
cálido, sentí que mi piel dejó de estar fría. Me puse mis anteojos, sólo
distinguía unas luces verdes que venían de la ventana. Me incorporé con
dificultad, acaricié poco a poco mi cuerpo y puse mis manos sobre las rodillas,
como una niña que está a punto de escuchar una gran verdad de la vida. Te vi
entonces, transfigurado, entrando de la ventana: seguías viejo, pero radiante,
caminando con soltura sonriendo con una alegría que jamás vi. La visión se
esfumó al instante.
Conté tres campanadas, seguidas de un ajetreo. Me
incorporé con dificultad, prendí las luces y fui a la cocina. Antes, en el
pasillo, miré tu foto. ¡Qué mejorado te veías! Me preparé un té que sabía a
hierba del campo, a pastizales jamás cortados y la marca del líquido que
dejaban las ondulaciones de mi pulso al acercar la taza a mi boca se parecían
al contorno de un cerro al atardecer.

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