Balam
BALAM Detesto ser interrumpida mientras leo. Ya había perdido la cuenta de las páginas y las horas que habían pasado. Mi madre me habló para que fuera a comprar unas cosas del desayuno de mañana, antes de que la tienda más cercana cerrara. Acepté de mala gana, tomé el dinero y las llaves. Salí imitando grandes pasos aunque soy pequeña. La luz de los focos incandescentes de la sala lastimó mis ojos, acostumbrados ya a mi lámpara blanca, a la oscuridad de estos días pardos. Son un par de cuadras hasta la tiendita, está por llover. Mientras camino pienso en Chejov, a quien leía, y en sus interminables fantasías con sabor a vodka. Me gusta pensar que vivo al paralelo en esos tiempos, que mis pasos se hunden en la nieve y que el frío reduce mi tamaño hasta parecer un gran abrigo con un par de ojos verdes reluciendo. Leía para no pensar en mí. A nadie podría interesarle mi historia. A medio camino, como siempre, está la casa abandonada. Nadie recuerda cuándo fue la última vez ...