Xicoténcatl
XICOTÉNCATL
El olor a pólvora es
espantoso, penetrante y desesperante…es la marca de la primera línea de fuego
que dejaron las tropas estadounidenses hace escasos minutos. Luego de las nubes
de humo surgieron unos pequeños fuegos en las matas crecidas de pasto del cerro
de Chapultepec. Los soldados mexicanos permanecieron en su sitio con cautela,
tratando de ocultar su miedo y el impulso de salir corriendo. El coronel Felipe
Santiago Xicoténcatl permanece impasible, aprieta con fuerza la empuñadura de
su sable, grita órdenes para conservar la posición.
El país con trabajos
conserva el nombre entre tantas guerras internas e intentos casi suicidas por
el poder. Muchos de los militares luchan envalentonados a ratos, sin saber bien
por qué y con una actitud huidiza frente a la derrota, donde hasta el general
presidente decide ejecutar retiradas en los momentos menos óptimos o de no
enviar refuerzos a tiempo por viejos rencores.
Xicoténcatl nació en el
pequeño territorio de Tlaxcala, lugar maldito para los mexicas y cuna de un
malinchismo que apenas tomaba forma. Ha sido militar desde temprana edad, y ha
estado en el flujo interminable de traiciones políticas, siempre a favor de los
federales. Le dieron el mando el Batallón Activo de San Blás luego de ser
herido en La Angostura. Cada que se toca la cicatriz siente indiferencia. La
tensión de la batalla juega en momentos con sus debilidades.
El coronel conserva 450
hombres y fue a reforzar la posición del Castillo de Chapultepec, donde está el
Colegio Militar. “¿Estará todo perdido luego de las desgracias de Molino del
Rey?” piensa. Pero él ya no quiere huir, irse a esconder a las faldas de los
generales de la capital. Hoy es un buen día para acabar todo: 13 de septiembre
de 1847.
Las columnas de
infantería estadounidenses avanzan, recién dotados de armas pero con los
rostros sudados y cubiertos de lodo. De vez en cuando escupen gritos de guerra
sin perder la formación lineal. La escasa artillería mexicana dispara sin
hacerles mucho daño. Xicoténcatl se dirige con el anciano general Nicolás
Bravo, viejo héroe insurgente. Él se muestra indeciso, le ordena al coronel que
haga lo que crea pertinente, porque mantendrá la última línea de defensa con
los pocos cadetes y oficiales del Colegio Militar que se quedaron.
El coronel respira
profundo, luego camina a pasos agigantados para montar su corcel flaco y
dirigir sus tropas. Se integran poco a poco otros remanentes de viejos
batallones derrotados. Bravo ha dicho que pidió refuerzos a Santa Anna, quien
se encontraba por la Garita de San Antonio esperando otro ataque. Pero
Xicoténcatl maldice a los dos en silencio, aunque su código militar no se lo
permite. Piensa en el general Valencia abandonado sin refuerzos mientras
Padierna se convertía en un infierno luego de parecer una victoria. El destino
podría ser el mismo.
La línea de defensa
mantiene el fuego de los cañones cada que puede, con las escasas municiones
bien controladas. Los soldados sólo disparan cuando el enemigo se acerca,
porque las municiones dadas recientemente por el gobierno resultaron incompatibles
con los fusiles. El coronel alienta a sus hombres a no retroceder, los exhorta
a defender a la patria-“¿cuál patria?” piensan algunos soldados y oficiales- y
de vez en cuando se acerca personalmente a descargar su pistola sobre la
columna invasora.
A sus 41 años está
lejos de ser un hombre acabado. Ha peleado con menos que un plato de frijoles
en el estómago y le enorgullece haber sobrevivido. Sueña con dirigir una gran
columna, reemplazar a algún general burócrata y darle la primera victoria a la
nación, aunque sea para ganar tiempo. Si los refuerzos llegan, hay una
posibilidad de ganar, de mantener la capital intacta unos cuántos días más
hasta que aparezca una solución ingeniosa.
Winfield Scott ríe,
bebe un trago de alcohol y mueve sus batallones en el mapa. Sus oficiales,
Worth, Quitman y Pillow observan atentamente, inquietos. El general
estadounidense se siente engrandecido, como nuevo conquistador de México que
volverá con gloria para ser el futuro presidente de su país cuando James Polk
se largue. Tiene trece mil hombres en ese momento y los distribuye para
realizar un cerco en torno al cerro y avanzar poco a poco.
Los oficiales obedecen,
intensifican la artillería y vuelan algunos cuerpos por los aires, mientras que
otros reciben decenas de pequeños trozos de metralla como cuchillos en sus
cuerpos. No habrá un dios de la guerra que ampare a los mexicanos. Xicoténcatl
dirige una avanzada para abrirse a paso de bayoneta, porque sus hombres son
mejores con el cuchillo que con las balas. Los gringos pierden la puntería a la
proximidad.
Los mexicanos avanzan
como pueden, con golpes secos, gritos y maldiciones. El sonido de las balas
trae consigo un sonido instantáneo hueco. Avanzan pocos metros, la sangre brota
por todos partes, algunos cuerpos caen. La adrenalina de la batalla vuelve más
grandes los reflejos, los actos de arrojo en donde la delgada línea entre la
valentía y la estupidez se desvanece. Algunos erran los tiros y le disparan a
un compañero.
Cuando las bayonetas se
abren paso entre la primera columna, la segunda apunta. Los de la avanzada sólo
alcanzan a escuchar la indicación. Silban las balas y caen algunos. Mientras
corren a atravesarlos, una segunda carga los deja tendidos, con un nuevo
agujero sangrante en sus uniformes raídos. Muchos callan, otros gritan por un
médico que difícilmente llegará. Los estadounidenses mantienen la confianza,
intensifican el ataque.
Worth y Pillow avanzan
con el cerco. Las tropas mexicanas que con trabajos llegaban a ochocientos
hombres con el apoyo del general Juan Pérez se reducen a cada minuto.
Retroceden, sienten que el cerro se desvanecerá sobre ellos. Algunos soldados
corren sin dirección fija y son alcanzados por el tiroteo o por escuadrones que
los vuelven prisioneros. El coronel se defiende, gira órdenes y desenfunda su
sable para asestar los primeros golpes.
No piensa en su familia
ni en Dios. No tiene tiempo de reflexionar. Contempla con impotencia cómo sus
hombres caen mientras él mismo intenta sobrevivir. Siente el deseo de ir a
degollar a Scott. Se arrepiente ligeramente de sus maldiciones y ruega porque
Santa Anna aparezca en cualquier momento, o Juan Álvarez, o quién sea. Sabe que
en sus manos está el último obstáculo para tomar la capital. Crece en él una
ira desmedida, sus movimientos se vuelven más bruscos, su cabeza ya no está
fría.
Envía un mensajero al
general Bravo para que prepare la defensa del Castillo de Chapultepec, sin
muchas esperanzas. Pide a sus hombres que retrocedan un poco más para
aproximarse a unas rocas cercanas a ese lugar que los indios señalaban como una
puerta al inframundo. El abanderado se coloca a su lado como referencia para
guiar a los maltrechos soldados. El coronel observa la bandera de su batallón,
con los colores invertidos (primero rojo y luego verde). Las tropas se mueven a
su espalda, el lienzo ondea junto con el águila en el centro ligeramente
despintada. Murmura “México” espontáneamente.
Cuando voltea para
seguir el flujo de sus hombres, una bala silba a su costado. El abanderado ha
caído y ha dejado el lienzo extendido sobre el suelo. Los soldados
estadounidenses se aproximan. El coronel la levanta, con el sable en mano. Sus
hombres corren, no lo cubren. En ese momento recibe un disparo en un costado y
cae en un pequeño charco lodoso. Empieza a caer una llovizna.
Xicoténcatl se levanta
como puede, vuelve a tomar la bandera e intenta ondearla mientras camina. A los
tres pasos es alcanzado por un disparo de nuevo. Su sangre queda vertida como
una explosión carmesí en la bandera del batallón. Respira con dificultad. Sus
hombres disparan desde las rocas y consiguen hacer retroceder a la avanzada
norteamericana, al menos el tiempo suficiente para recoger su cuerpo.
* * *
Algunos de sus hombres
lo cubren y lo llevan como pueden a la cercana capilla de San Miguel
Chapultepec. Lo miran con temor, con una compasión creciente. Xicoténcatl
apenas abre los ojos, intenta hablar pero no tiene voz. Ha pasado una media
hora desde los disparos. Un médico improvisado intenta coser sus heridas con
cierta torpeza. Piensa en su tropa, en sus tierras tlaxcaltecas, en los días
que fueron buenos sin saberlo…pero le inquieta saber: “¿Seré recordado alguna
vez?”.
Luego de mirar una vez
más los rostros curtidos, cansados y ensangrentados de sus soldados, cierra los
ojos y suspira por última vez. Su respiración se corta sin mayor drama. Su
guardia se va. La batalla aún no termina, pero está por hacerlo. Nadie quiso contarle
al coronel en sus últimos minutos que las tropas estadounidenses habían
destruido al Batallón sin mayor premura. Cuando volvieron, el general Bravo
había sido apresado y la mayoría de los cadetes había huido o muerto en una
defensa inútil.
Conservaron la bandera
ensangrentada, como reliquia religiosa. Santa Anna y el general Juan Álvarez
llegaron con cinco mil hombres cuando la batalla ya había terminado.
Xicoténcatl había muerto para una nación que apenas podía reconocerse entre
tanta sangre. La capital caería sin tanto fuego como el de aquel día. Y el
coronel habría muerto de nuevo al ver la bandera estadounidense ondear en
Palacio Nacional, en pleno 16 de septiembre.

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