Apagón
APAGÓN
Lights
Off
Enrique no tiene idea
de lo que va a provocar, pero le parece divertido lo que hace. Apenas tiene
doce años, igual que Vicente y Felipe. Subieron las faldas del monte Coronado,
desde la pequeña Ciudad Guadalupe, para llegar a la central eléctrica que alimenta
a ese lugar y a otras urbes más distantes. Salieron de sus casas a las cinco de
la tarde para llegar apenas anocheciera ahí. Llegarían poco después de que los
trabajadores electricistas se fueran a sus casas. La travesura sería en grande.
Vicente les había dicho
a los dos que producir un corto eléctrico, tal y como le había contado el
abuelo-en plena senectud delirante-, los haría ver un mar de colores. La manera
más sencilla era lanzar globos de agua a alguna de las plantas generadoras,
debido a que no eran capaces de desviar los tubos de agua hacia esas moles de
acero. Felipe tenía un padre electricista que le había enseñado como sacar agua
de los tubos que atravesaban central, aquella ocasión con el pretexto de regar
las plantas que estaban en el área común de los trabajadores. El plan era
claro.
Por eso subieron la
cuesta con unas ligeras bolsas de globos. Llegaron cuando apenas había
oscurecido. Descansaron unos momentos para preparar sus pulmones. Sabían que
los vigilantes de la planta holgazaneaban o veían sus televisores diminutos.
Los perros guardianes habían sido relegados apenas un mes atrás cuando atacaron
sin motivo aparente a un dirigente sindical. El lugar estaba desierto, nadie
quería pararse en ese enclave montañoso a esas horas.
Les tomó una media hora
tener los globos cargados de agua. Los tres niños, emocionados con la que
quizás sería su última travesura, usaron una carretilla para llevarlos hasta la
planta generadora más cercano. Los colocaron cuidadosamente cerca de la
abertura, de manera que uno cayera sobre otro. El abuelo había dicho que para
ver esos colores había que tomar distancia, así que se las ingeniaron para
correr unos metros y lanzar una piedra que desencadenara la caída de los
globos. Enrique fue quien la lanzó.
Al instante que el agua
se filtró en las conexiones eléctricas, se escuchó un tronido electrizante que
los hizo caer y taparse los oídos. Los guardias, que apenas habían despertado
con el estruendo, corrieron a ver qué pasaba. Los niños huyeron corriendo, mientras
veían que la ciudad poco a poco se iba apagando. No hubo colores
alucinantes…pero habían dejado a su lugar de origen sin luz eléctrica. Ninguno
de los tres rio. Sólo se culparon mutuamente.
* * *
Ciudad Guadalupe es una
pequeña urbe enclavada entre dos grandes montañas, el monte Coronado y el monte
Milagros que cubren el flanco poniente. En el día está bien iluminada, pero
conforme pasa la tarde, el sol se oculta entre las grandes moles de piedra, con
lo que la oscuridad llega pronto. Y ahora que el servicio eléctrico había
colapsado, la ciudad había quedado en la penumbra. Al otro día sería luna
nueva, por lo que el diminuto aro de cebolla no alcanzaba a iluminar nada en la
noche. Los encargados del servicio eléctrico dijeron que lo arreglarían al otro
día, pero que más seguro pasado mañana. No tenían gran preocupación en ese
sector en tanto las otras generadoras de otras ciudades funcionaran.
A esa hora, de viernes
por la tarde, el párroco daba misa a los cada vez más escasos feligreses.
Recién estaba terminando de dar su sermón, por micrófono, en donde se quejaba
de la juventud cada vez más irreverente y pedía a todos el compromiso de
mantener sus tradiciones. Cuando la luz se fue, la voz del sacerdote se hizo
diminuta. Los cirios apenas iluminaban su rostro, pero una corriente de viento
los apagó.
El padre, que la noche
anterior se la había pasado leyendo reportes de exorcismos, creyó que se
trataba de una obra del demonio. Exhortó a los fieles a rezar, declaró que esa
era evidencia de la impureza de la ciudad y pidió a todas las vírgenes que los
cuidaran. Los asistentes trataron de encender los cirios de nuevo, pero en el
intento de encontrarse chocaron entre sí. Se asustaron entre ellos, paranoicos
con el discurso acerca de demonios y se culparon de ser la oveja negra. Tropezaban
con las bancas, sentían que eran jalados de las piernas, los rosarios se les
caían de las manos. Surgió un pequeño apocalipsis.
Mientras tanto, el
alcalde caminaba inquieto en su enorme oficina, molesto por la respuesta
desinteresada de la compañía electricista e incluso pensaba en mandar sabotear
el resto de las plantas generadoras para forzar las reparaciones. Se preocupaba
por su futura campaña y porque se sentía solo. Sus asesores apenas se habían
ido y el mismo tenía planes de irse en pocos minutos. Pero con la oscuridad
aplastante, era difícil conducir sin atropellar a algún peatón desorientado.
La estructura colonial
del palacio le producía escalofríos. Ya un cronista le había contado alguna vez
la cantidad de supuestos aparecidos que deambulaban por el lugar en la noche.
Ni siquiera los guardias se atrevían a dar rondines en esas habitaciones. Que
si la dama de no sé qué, que si la condesa, que si el caballero, que si los
indios masacrados, que si los duendes urbanos…tantas cosas que estremecían a
este hombre, con la pesadumbre del pasado. Y cada ruido aumentaba sus temores.
Llamaba a su gente, pero nadie iba. No fue capaz de encontrar una linterna ni
velas, la modernidad las había vuelto obsoletas.
El alcalde escuchaba
voces, los murmullos le producían escalofríos, sentía que muchas personas lo
observaban, sentado en su escritorio y que escrutaban hasta sus pensamientos.
Con cada palabra que decía, escuchaba carcajadas, se sentía ridículo. Sudaba
frío, apretaba con fuerza su escritorio. Intentó caminar, pero se sintió
mareado. Al poco tiempo, se enredó entre sus propios pasos y cayó. Una
gigantesca lengua serpenteante había enredado sus piernas.
Y en las calles sólo
había celebración y caos. Las velas iluminaban tenuemente las casas, mantenían
a las familias o amigos viéndose sus rostros, contándose cosas, tratando de
fingir que no tenían miedo mientras reían de sí mismos. No todos querían salir
a las calles. Algunos estaban desesperados por ver interrumpidos sus trabajos.
Otros por perderse el capítulo penúltimo de la telenovela de moda, que
terminaría el domingo por la tarde.
Algunos niños estaban
asustados, pero otros jugaban en las penumbras, con los espíritus desorientados
por la falta de electricidad. Los amantes aprovecharon para conocerse sin
mirarse, guiando sus movimientos a tientas. Algunos se confundieron de pareja,
intencional o accidentalmente. Todo sabía distinto, con mayor intensidad.
Cuando un sentido falla, los otros se potencializan. La imaginación borraba
contornos, creaba fondos con formas indefinidas.
Las fiestas de aquel
viernes por la noche cayeron en principio en la confusión, pero después se
volvieron un frenesí interminable de percusiones y cuerdas desafinadas; una
explosión que nadie comprendía. El movimiento apagaba las velas, se guiaban por
las voces, saltaban sin saber dónde caerían, gozaban sin preocuparse, entonaban
canciones a todo pulmón y se burlaban de la falta de luz. Las borracheras
continuaron hasta con agua de maceta. El recuerdo se quedaría en el tacto, no
en la vista. Nada detendría la celebración a oscuras, ni la muerte misma.
En su huida, los tres
amigos se separaron. Vicente y Felipe se quedaron por un lado. Cuando se
sintieron seguros culparon a Enrique de idiota, por no haber hecho más que
desatar el desastre. El otro caminaba como podía, con el rostro temeroso y
lloroso. No alcanzaba a ver ni sus manos. Sólo se distinguía el contorno de las
montañas que formaban un semicírculo y el pequeño valle de la ciudad. Las
pequeñas llamas de las velas no se distinguían. Faltaba mucho para el amanecer.
Y nada haría volver mágicamente la luz a esos lugares.
Comentarios
Publicar un comentario