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Mostrando entradas de octubre, 2018

Brujas

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Brujas -Ocurrió. -No nos podía ocurrir a nosotras. -Pero acaba de pasar. Ya no hay de otra. No podemos revertirlo. -¿Lo estamos? -Lo estamos. -Muertas, muertas al fin. En las voces de las brujas había una resignación dolorosa y también una confusión por no poder sentir su cuerpo. Ellas habían vivido por más de 250 años, más que cualquier tortuga. Las generaciones de los pueblos cercanos las recordaban de toda la vida y nadie tenía una memoria, siquiera inventada, de cuando esas mujeres habían sido jóvenes. Los pobladores las veían como parte del paisaje, parte de la tierra y de misterios que no entendían; lo mismo a los duendes, ancestrales pobladores de la ribera rumorosa del río. En aquellos lugares los cambios eran callados, tímidos. Los días del pasado que contaban los viejos eran muy similares a los del presente, y seguramente también a los del futuro. El viento replicaba sus ritmos, las estaciones conservaban una puntualidad exquisita. ...

Piedra de Niebla

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PIEDRA DE NIEBLA A todos nos sorprendió cuando dijeron que el metro daría servicio en las madrugadas. Pasaría cada veinte minutos. En una ciudad que padecía de insomnio constante, donde la tranquilidad y el crimen vivían sin un ritmo de horas, parecía algo necesario. Ya no más esperar camiones que nunca llegaban en el parabús fantasma, ni pagar tarifas dinámicas. La decisión cambió nuestros planes progresivamente. Ya nadie corría del bar o la fiesta al metro cuando estaban por dar las 12. La fiesta se prolongaba hasta la anómala mitad de la madrugada; las risas, las canciones, los besos no tenían hora. Ahí estaría el cansado tren naranja como ruletero eterno dispuesto a llevarnos a salvo. También era cierto que el crimen había aumentado considerablemente a cualquier hora. Lo mismo permanecían escondidas en las revisiones antes de entrar a algún lugar, las pastillas de colores, que un cuchillo pigmeo para defenderse. No esperábamos que nadie nos salvara. Algunos habían t...

Avenida Nostalgia

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Avenida Nostalgia Cuando vi en el calendario que el otoño se acercaba, supe que vendrían esos días sin paz ni sueño que me dejarían sumido en mañanas de desayunos tristes y cenas iracundas con el cuello enredado. Inventé el antídoto de visitar el mismo café cada tarde, al salir del trabajo. Pedir cualquier cosa, mirar el tránsito de las tardes donde cada una es distinta…ver si ocurría un milagro. Hubo un tiempo en que creí que en mi vida ya no florecerían los momentos trascendentales. Decidí vivir sin esperar ni pensar nada, sin vislumbrar que los segundos realmente cambiarían algo o que tal día me iría a dormir con grandes sorpresas. Era mejor la calma inventada, una linealidad aparente, los pasatiempos de siempre y los sonidos repetitivos de la hora. Mirar mucho el reloj, atenerse al indiferente movimiento de las manecillas. La terapia contra el vacío fue fundirse en él…hasta que la calma se rompió. Una noche de viernes la inoportuna caída de un frasco en la cocina d...