Avenida Nostalgia
Avenida Nostalgia
Cuando vi en el calendario que el otoño se acercaba, supe que
vendrían esos días sin paz ni sueño que me dejarían sumido en mañanas de
desayunos tristes y cenas iracundas con el cuello enredado. Inventé el antídoto
de visitar el mismo café cada tarde, al salir del trabajo. Pedir cualquier
cosa, mirar el tránsito de las tardes donde cada una es distinta…ver si ocurría
un milagro.
Hubo un tiempo en que creí que en mi vida ya no florecerían
los momentos trascendentales. Decidí vivir sin esperar ni pensar nada, sin
vislumbrar que los segundos realmente cambiarían algo o que tal día me iría a
dormir con grandes sorpresas. Era mejor la calma inventada, una linealidad
aparente, los pasatiempos de siempre y los sonidos repetitivos de la hora.
Mirar mucho el reloj, atenerse al indiferente movimiento de las manecillas.
La terapia contra el vacío fue fundirse en él…hasta que la
calma se rompió. Una noche de viernes la inoportuna caída de un frasco en la
cocina despertó un intenso enojo en mí que no había experimentado en meses.
Rompí más cosas, sentí que mi sangre avanzaba con la fuerza de un ejército y
que mis manos masacraban la miseria cansada de los días. Los vecinos se
alarmaron, mis amigos aún más. Estos últimos decidieron llevarme a un sitio
donde la gente solía relajarse: un analgésico más de una vida que había exiliado
las pausas.
Era un sitio a las afueras de la ciudad, donde antaño hubo
muchas casas de verano. El paquete contratado incluía una dosis de masajes
relajantes, técnicas extravagantes y meditaciones errantes. Esperé
pacientemente en la sala de recepción mientras escuchaba el canto sin rumbo de
un periquito verde que se aburría en su jaula. El calor me hizo sudar en poco
menos de diez minutos. Cuando ya estaba cansado de tamborilear sobre mis
piernas apareció una mujer de unos 40 años, de formas armónicas y rostro
pequeño, con los labios teñidos de violeta. Me pidió seguirla.
Llegamos hasta un cuarto de paredes azules como el mar. No me
dio la bienvenida, ni me pidió el nombre del paquete. Acomodó varios ramos de
flores, y luego abrió la ventana: el aroma circulaba hacia mí como una bebida
embriagante. No me pidió mis datos, ni que abriera la mano, ni que bebiera un
té enigmático. Conservó el silencio, pero la mirada fija en mi rostro. Fui yo
el que hablé cosas que no recuerdo, un montón de palabrería de la que no fui
consciente. Mi razón parecía atada, pero mi lengua estaba libre.
“Fue ese momento, fue tu culpa. Y no podrás volver”. La
acusación me despertó del sueño y escuché con cuidado a la mujer. El punto de
inflexión había sido esa cita fallida de dos años atrás, la traición personal a
mi voluntad y mis deseos. Luego la avalancha de decisiones que nunca fui capaz
de detener, que me tenían ahí escuchándola como un africano mirando las auroras
boreales sobre el Congo. Ella explicó mi historia, con puntos y comas. Me dijo
que el único remedio era la piedad del tiempo. No habló de dioses ni de
energías: su conclusión fue contundente.
Salí de ahí con una inesperada calma, quizás por la
resignación de que mis esfuerzos difícilmente serían suficientes. Y si mi
voluntad no era capaz de darle un nuevo sentido a las cosas, seguramente mi
vida continuaría así, vagando entre el arrepentimiento y la nostalgia de las
viejas esperanzas verdes. Tenía que seguir obteniendo dinero, cuidando de los
míos. Lo demás podía quedar en silencio.
El consuelo de la indiferencia no duró demasiado, murió a
finales del verano. Se acercaba esa fecha, ese día maldito que revivía una y
otra vez, del que escribí hasta cansarme inventando decenas de versiones
distintas. Al ir a la cama la conclusión siempre era la misma: por más que le
diera vueltas, las decisiones pasadas no cambiarían. No sería perdonado por mi
imaginación, ni mi dolor. El decimosexto día de visitar al café ya tenía el
pulso vacilante, los labios retraídos.
Los meseros de la cafetería no se sorprendían de mi
presencia, ni me trataron como a un cliente leal. Conservaban el silencio, y
solo después de la décima vez me servían el café sin mediar palabra. Entonces
recordaba, una y otra vez, la misma historia. Aquella tarde en la que habíamos
decidido salir por primera vez, ir por un café y luego quién sabe. El primer
paso para hacer una historia juntos, breve o muy larga.
Muchos de los días que cambian la historia pasan inadvertidos
hasta que la marea de los hechos los saca a flote. Era la oportunidad para
hacerle saber que era ella quien me gustaba, quien me había encantado desde
tanto tiempo atrás. Que si antes dije otros nombres fue por mentira, por jugar
con la imaginación. Que el silencio era solo la antesala del deseo. Aquella
tarde pudo haber sido la primera de muchas, pero pereció.
Siempre ella en mi imaginario, en los recuerdos espontáneos de
las borracheras, en las canciones sin nombre, en las voces, que como la suya,
fluían como una carretera al lado de un acantilado. Su cuerpo de isla tallada
por los huracanes como escena final de los deseos desatados. Las fantasías
seguían flotando, la idealización de su existencia, la adoración leal que
intentaba ocultar. No era de extrañar que mi estupidez de aquella tarde me
hiciera sentir víctima de autosabotaje.
Lo recuerdo. Llegué tarde a esa cita, con el extraño ánimo de
que ella nunca hubiera llegado y me fuera tranquilo a casa. Ni en ese mismo
momento entendía mis determinaciones. Pero al final estaba ahí, aún me
esperaba. Ella no estaba enojada, solo un tanto confundida. Pedimos cualquier
cosa, me empezó a contar de su día. Permanecí en silencio, incluso en sus
preguntas. Mi mente estaba ida, pensando en sí tomar su mano, besarla o
soltarme a confesarlo todo como si no hubiera futuro. No me di cuenta de que el
presente por sí mismo ya temblaba.
No me respondió cuando la busqué al día siguiente, ni al
otro. Ni la última vez que le hablé, después de recibir la confesión espiritual
de la adivina. Aquel decimosexto día inventé la mejor versión de todas, la de
la cita verdaderamente triunfante. La conversación prolongada por horas, el
coqueteo creciente, el suspenso antes de los besos. Luego las citas
consecuentes, el enamoramiento e incluso el aprecio respetuoso a nuestros
defectos, el sexo utópico. Una puerta hacia un romance de carne y espíritu que caminara
cada día. El sueño cumplido. No pude evitar sonreír como idiota cuando lo pensé
todo, la risa feliz que había estado ausente por meses.
“Tengo que perdonarme”, decidí. Dejé de llorarle en mi
interior a ese fantasma de aquel día, a los meses desperdiciados y a historias
alegres de otras dimensiones que nunca fueron mías. Ya no más versiones
alternas de lo mismo. La mesera que se acercó a preguntarme si no quería algo
más, escuchó mi declaratoria de que era el fin. Me escuchó con curiosidad y ternura,
contemplando el espectáculo del cliente loco pero inofensivo. Me dio su gesto
de aprobación y trajo la cuenta.
Al llegar a casa dormí plácidamente por 15 horas, y sentí que
despertaba rejuvenecido. Hasta que algo me asustó. Recordaba haber ido solo al
café el día anterior, pero no el motivo. En realidad no era capaz de hacer
memoria del asunto tortuoso de los últimos años. Me esforcé, pero no pude.
Sabía que el dolor estaba ahí, pero no fui capaz de nombrarlo. Después de
varios días de estrés por no poder recordar el momento traumático, decidí
continuar.
Una noche tuve un sueño con ella, y supe que me acercaba a
recuperar la memoria. Recordé poco a poco sus detalles, su forma de hablar y
pensar. Hablé con uno de mis amigos, quien
era un sabio en el arte de encontrar respuestas, y me dijo que
probablemente nada había ocurrido de la forma en que pensaba. Fue él quien me
contó de nuevo la versión inicial que le dije a todo el mundo. El día siguiente
le llamé a ella, deseando que esa cita fallida y mis cientos de mensajes de los
meses anteriores nunca hubieran existido.

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