Brujas
Brujas
-Ocurrió.
-No nos podía ocurrir a nosotras.
-Pero acaba de pasar. Ya no
hay de otra. No podemos revertirlo.
-¿Lo estamos?
-Lo estamos.
-Muertas, muertas al fin.
En las voces de las brujas había una resignación dolorosa y
también una confusión por no poder sentir su cuerpo. Ellas habían vivido por
más de 250 años, más que cualquier tortuga. Las generaciones de los pueblos
cercanos las recordaban de toda la vida y nadie tenía una memoria, siquiera
inventada, de cuando esas mujeres habían sido jóvenes.
Los pobladores las veían como parte del paisaje, parte de la
tierra y de misterios que no entendían; lo mismo a los duendes, ancestrales
pobladores de la ribera rumorosa del río. En aquellos lugares los cambios eran
callados, tímidos. Los días del pasado que contaban los viejos eran muy
similares a los del presente, y seguramente también a los del futuro. El viento
replicaba sus ritmos, las estaciones conservaban una puntualidad exquisita.
Las brujas veneraban a sus madres y abuelas: las mismas que
habían hecho templos en las cuevas, o que habían cubierto con sus manos las
figuras de los dioses del surtido panteón prehispánico para disfrazarlos de
santos europeos. Podían haberles quebrado las formas, los rituales, la relación
de armonías rojas y violentas con la divinidad del mundo, pero conservaban el
agudo ingenio así como una devoción de piedra.
Ellas habían convivido en tiempos más pacíficos, de menos
persecuciones incendiarias de los furibundos inquisidores y más olvido. No
recordaban su niñez, tampoco a su padre. Los recuerdos se vuelven más pesados
con los años: la mente se va obligado a depurar las primeras capas, las tiernas
épocas ingenuas de los primeros años de vida. Habían llegado a ser viejas, como
una mazorca momificada o una piedra
cincelada por el viento.
Las brujas tienen una gran fe en su cuerpo, le tienen gran
cariño a su carne y huesos. Fue una de ellas quien se dio cuenta de que su
cuerpo ya no estaba. Pensó en sus brazos, en sus manos, pero no sintió nada.
Entonces imaginó tenerlos para buscar sus piernas, pero tampoco había nada. Sin
embargo, se movía, podía ir de un lado para otro. Al intentar contemplarse no
pudo mirar nada. Extraño su piel, esa capa salada de cacao quemado que sentía
todo el tiempo al mundo.
Repitió un conjuro, tras otro y otro más. Nada. Desesperada,
recordó que los hechizos en vida no funcionan igual que en la muerte y que
hasta la fecha ninguna bruja podía haber transmitido sus conocimientos de esa
otra dimensión. Fue entonces cuando despertó a su hermana, que yacía dormida
como un santo de piedra sobre un pasto de hebras finas. No pudo ver tampoco su cuerpo,
solo un contorno difuso de su sombra.
Ambas caminaron resignadas por lo que parecía un gran valle.
Al fondo relucían los contornos, uno tras otro, de numerosas montañas. Era una
tarde parda: la luz atravesaba unas nubes como cortinas, color tierra, por lo
que el cielo se veía café. No había viento ni canto de las aves. “El único
ruido de este lugar es el silencio”, afirmó una de ellas. La otra asintió con
un murmullo. Dentro de poco las dos solo hablaban en murmullos sin saber por
qué.
Encontraron una hoja tirada en el suelo. La leyeron: “Los
muertos no hablan ni respiran. Sólo existen y se mueven”. Se miraron
confundidas. ¿Dónde había quedado toda esa mitología de la muerte?, ¿dónde
estaban los guías?, ¿quién les iba a indicar el camino? Sin cielo, infierno,
purgatorio, limbo, ni siete niveles de cielos ni nueve de infiernos solo estaba
el vértigo de un mundo que parecía no tener límites ni razón de ser.
“La muerte es la nada”, concluyó una de ellas. Sintieron una
pesada nostalgia por la vida. Recordaron las noches en que volaban por los
cielos alumbrados de estrellas en grandes llamaradas. Cualquiera podía ver las
bolas de fuego en el cielo y sabía que eran ellas. En los equinoccios y
solsticios danzaban sin parar, alrededor de una gran fogata. Al final sudaban,
el ritual se consumía en sus cuerpos hasta el amanecer.
En el mundo de la muerte también anochecía. Notaron el cambio
de luz cuando se aproximaron a una pequeña elevación sobre la que crecían
algunos árboles retorcidos. Pasar entre ellos les produjo un espasmo: uno seco
y profundo porque no tenían cuerpo. Por primera vez en mucho tiempo sintieron
miedo. Imploraron a ese cielo de nubes indiferentes por una respuesta.
Entonces, en la lejanía, una espiga de luz azotó un pedazo de tierra. Luego
vino el trueno. Fue el primer sonido que escucharon.
Lo interpretaron como una señal. Caminaron con una esperanza
renacida al lugar donde había caído el relámpago. Discutieron sobre los
significados del estruendo, debatidos en los viejísimos diccionarios de
símbolos, grandes guías para interpretar los designios del mundo. Pensaron en
Dios, los dioses y los demonios de los que habían aprendido en tantos años.
“Quizás ellos también estén muertos” propuso una de ellas.
Tardaron poco en darse cuenta de que el valle se rompía y
había un gran precipicio. “¿Lo cruzamos flotando?”, se preguntaron. Intentaron
avanzar así, pero no pudieron. Había resistencia. Voltearon a su izquierda.
Vieron algo. Eso las hizo mantenerse calladas por mucho rato. Contemplaron sin
ojos, escucharon sin oídos, pensaron sin cerebro. Cuando despertaron del
ensueño llegaron a la misma conclusión. Eso que se veía debajo del precipicio
era su pueblo, su tierra.
Después de la revelación pudieron descender como sombras. Se
movían con poca gracia y tuvieron dificultades para moverse: el viento había
retornado y azotaba los cerros, las paredes secas con las pocas plantas que
crecían ahí. El atardecer parecía haberse congelado. Las brujas vieron a la
distancia sus casas de toda la vida. Se aproximaron ansiosas a las
inmediaciones del pueblo. “Quizás no estemos muertas”, celebraron.
Los hombres caminaban como heridos, con risas y dientes
rechinantes. El sombrero parecía cubrirles toda la cara, su ropa estaba raída y
amarilla. Las brujas miraron sus propias ropas: eran túnicas casi traslúcidas.
Trataron de hablarles, pero sus voces seguían siendo murmullos. La luz pereció
finalmente. El frío de la noche que nacía fue desgarrador.
-Lo estamos, muertos todos.

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