Prisionero de la Lluvia
Tenía un dolor dentro de mí que apenas me dejaba avanzar. Mis pies parecían de concreto, el suelo se sentía como gelatina. Ignoré el estado del cielo. Por eso, me sorprendí cuando una gran gota de agua cayó sobre mi ceja y siguió indiferente hasta resbalar por la barbilla. Era ácida, tallé mi ojo. Sólo entonces miré el coro de nubes de la tormenta. Tempestad citadina que nacía en marzo. Casi con la velocidad de los relámpagos que tronaban en el cielo, descendieron las grandes hileras de agua sobre el enredo de calles de la ciudad. Las personas avanzaban rápidamente para cubrirse, pero en algún momento yo dejé de caminar. La lluvia me hacía sentir pequeño, miserable, sin cuerpo ni voz. Quise desprenderme de esa angustia y correr. Fueron unos cuantos metros. Resbalé con una raíz de árbol que desafiaba la banqueta. Recuerdo el sabor amargo de la tierra que se convertía en lodo. Intenté ponerme en pie, pero no pude. Sentí que mi cuerpo estaba ahora pegado a la tierra. La desespe...