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Mostrando entradas de 2018

Regina de Guanajuato

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REGINA DE GUANAJUATO Era de noche. La encontré caminando sola por uno de los túneles de Guanajuato. Su presencia destacaba en la luz amarillenta devorada por las rocas del túnel. Su cabello rojizo irradiaba como un fuego antiguo, su mirada era solemne, como si viniera de otro tiempo. Pero la seguí por esos labios, carmines como los arándanos. Fue ella quien me hizo una seña con la mano. Sonrió y sus dientes desprendían un brillo opaco. En verdad les digo que me sentí enloquecido. Quizás volver a esos lugares de la infancia me había producido alucinaciones. Ella avanzaba con suma facilidad, tuve que correr en varios tramos y esquivar transeúntes; turistas despiertos y distraídos, pero también muertos en vida que parecían de otro tiempo. Cuando la perdía de vista sentía un pánico desconocido, como si la vida se fuera con ella. Ahí estaba el Mercado Hidalgo, lo confundí con una iglesia. Su inmensidad contrastaba con su caprichosa cúpula en punta, como una flecha extraviada...

Brujas

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Brujas -Ocurrió. -No nos podía ocurrir a nosotras. -Pero acaba de pasar. Ya no hay de otra. No podemos revertirlo. -¿Lo estamos? -Lo estamos. -Muertas, muertas al fin. En las voces de las brujas había una resignación dolorosa y también una confusión por no poder sentir su cuerpo. Ellas habían vivido por más de 250 años, más que cualquier tortuga. Las generaciones de los pueblos cercanos las recordaban de toda la vida y nadie tenía una memoria, siquiera inventada, de cuando esas mujeres habían sido jóvenes. Los pobladores las veían como parte del paisaje, parte de la tierra y de misterios que no entendían; lo mismo a los duendes, ancestrales pobladores de la ribera rumorosa del río. En aquellos lugares los cambios eran callados, tímidos. Los días del pasado que contaban los viejos eran muy similares a los del presente, y seguramente también a los del futuro. El viento replicaba sus ritmos, las estaciones conservaban una puntualidad exquisita. ...

Piedra de Niebla

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PIEDRA DE NIEBLA A todos nos sorprendió cuando dijeron que el metro daría servicio en las madrugadas. Pasaría cada veinte minutos. En una ciudad que padecía de insomnio constante, donde la tranquilidad y el crimen vivían sin un ritmo de horas, parecía algo necesario. Ya no más esperar camiones que nunca llegaban en el parabús fantasma, ni pagar tarifas dinámicas. La decisión cambió nuestros planes progresivamente. Ya nadie corría del bar o la fiesta al metro cuando estaban por dar las 12. La fiesta se prolongaba hasta la anómala mitad de la madrugada; las risas, las canciones, los besos no tenían hora. Ahí estaría el cansado tren naranja como ruletero eterno dispuesto a llevarnos a salvo. También era cierto que el crimen había aumentado considerablemente a cualquier hora. Lo mismo permanecían escondidas en las revisiones antes de entrar a algún lugar, las pastillas de colores, que un cuchillo pigmeo para defenderse. No esperábamos que nadie nos salvara. Algunos habían t...

Avenida Nostalgia

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Avenida Nostalgia Cuando vi en el calendario que el otoño se acercaba, supe que vendrían esos días sin paz ni sueño que me dejarían sumido en mañanas de desayunos tristes y cenas iracundas con el cuello enredado. Inventé el antídoto de visitar el mismo café cada tarde, al salir del trabajo. Pedir cualquier cosa, mirar el tránsito de las tardes donde cada una es distinta…ver si ocurría un milagro. Hubo un tiempo en que creí que en mi vida ya no florecerían los momentos trascendentales. Decidí vivir sin esperar ni pensar nada, sin vislumbrar que los segundos realmente cambiarían algo o que tal día me iría a dormir con grandes sorpresas. Era mejor la calma inventada, una linealidad aparente, los pasatiempos de siempre y los sonidos repetitivos de la hora. Mirar mucho el reloj, atenerse al indiferente movimiento de las manecillas. La terapia contra el vacío fue fundirse en él…hasta que la calma se rompió. Una noche de viernes la inoportuna caída de un frasco en la cocina d...

La Odisea del Moderado

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LA ODISEA DEL MODERADO Repasar los recuerdos lo mantenía intranquilo en su tránsito al Palacio Nacional. Ignacio Comonfort volvía del exilio, enfundado en un traje de un color negro debilitado por el tiempo. Su presencia parecía más oscura que lustrosa. Sus fríos ojos ocultaban el miedo, con la pierna izquierda repetía un tic incorregible. La carroza lo llevaba de un lado a otro, en las azarosas calles de la Ciudad de México. Era 1863 y él, después de haber estado en tantas batallas, pocas veces había percibido un olor a guerra tan fuerte. De joven en su natal Puebla había deseado ser un gran jurista, pero dejó los estudios a los 20 años para enlistarse en el ejército de Antonio López de Santa Anna que enfrentaba a la confusa dictadura de Anastasio Bustamante, quien a su vez había aniquilado a Vicente Guerrero. Ahí olió por primera vez la mezcla de pólvora y sangre, el azote de los metales, los gritos y las vidas esfumándose. Conoció las indomables sierras de Guerrero c...

Chicomecoatl

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CHICOMECOATL Aquella mañana Celso despertó con antojo de tortillas frías y la mandíbula endurecida. Llevaba varios días más estando más silencioso de lo normal y se distraía frecuentemente mirando el cielo. Escuchaba solo lo necesario de su anciana madre. Su padre se había ido hace un mes a arreglar los cuartos de la familia lejana en Guerrero, y sus hermanos solo venían los días festivos. A sus 31 años no podía huir. La familia lo tenía atado en esa casa rudimentaria en una de las olvidadas zonas rurales al sur de la Ciudad de México. Allá las montañas parecían haberle puesto un filtro a la modernidad: yacían en una transición entre unirse al bullicio urbano y conservar sus tradiciones de antaño. Pocos transportes iban a esos lugares: caseríos a la falda de los cerros, con caminos apenas pavimentados que transcurrían entre hogares sencillos, milpas y animales rumiando. Poco habían cambiado en las últimas décadas. Las migraciones del siglo pasado apenas los habían tocado. E...

Lucha de Clases

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LUCHA DE CLASES Nos atrapó. ¿por qué nosotros?: no lo sabemos. Era la tarde de un miércoles de septiembre. Miranda y yo acordamos de vernos en el metro Insurgentes Sur, ese que tiene una misteriosa salida a la tienda de Liverpool. Pero no íbamos de compras. Le había prometido que la llevaría a conocer el melancólico Parque Hundido, un pequeño espacio verde con un sutil olor a frituras y un olvidado reloj floral que lleva años sin funcionar.   Reinaba el sonido del abandono. Caminamos por los bordes del parque y descendimos a los corredores que siguen un orden que parece laberíntico. De vez en cuando aparecían oficinistas comiendo plácidamente. Ella, estudiante de fotografía, me contaba sobre su proyecto visual de reconstrucción de un caso de feminicidio: la escuchaba con interés. Notaba su entusiasmo y, a la vez, temor por el tema de la violencia. En eso un hombre pasó a nuestro lado en bicicleta. Muy cerca, tal vez, demasiado. Optamos por sentarnos a seguir platicando...