La Odisea del Moderado


LA ODISEA DEL MODERADO

Repasar los recuerdos lo mantenía intranquilo en su tránsito al Palacio Nacional. Ignacio Comonfort volvía del exilio, enfundado en un traje de un color negro debilitado por el tiempo. Su presencia parecía más oscura que lustrosa. Sus fríos ojos ocultaban el miedo, con la pierna izquierda repetía un tic incorregible. La carroza lo llevaba de un lado a otro, en las azarosas calles de la Ciudad de México. Era 1863 y él, después de haber estado en tantas batallas, pocas veces había percibido un olor a guerra tan fuerte.

De joven en su natal Puebla había deseado ser un gran jurista, pero dejó los estudios a los 20 años para enlistarse en el ejército de Antonio López de Santa Anna que enfrentaba a la confusa dictadura de Anastasio Bustamante, quien a su vez había aniquilado a Vicente Guerrero. Ahí olió por primera vez la mezcla de pólvora y sangre, el azote de los metales, los gritos y las vidas esfumándose.

Conoció las indomables sierras de Guerrero como comandante de Tlapa, y después entró al turbulento mundo de la naciente clase política mexicana como diputado. Miró de primera mano las disputas entre los grupos de poder, los levantamientos de plomo de federalistas y centralistas que se arrebataban una silla con la pata coja mientras los invasores estadounidenses avanzaban en el norte.

Comonfort, a pesar de haber ascendido como general, no combatió hasta que fue inevitable en el turbio año de 1847. Con el país paralizado y fuerzas mexicanas dispersas combatiendo, se unió a la defensa del Valle de México. Ordenó a sus tropas combatir con toda la ferocidad posible e imposible contra un enemigo que los superaba en todas las líneas.

El desprecio mayor por Santa Anna nació ahí, cuando supo que el general Valencia era abandonado en Padierna sin refuerzos. Se tomó los cabellos y azotó la mesa de impotencia al ver que las disposiciones del comandante en jefe eran tan inútiles como el resto en toda la guerra. Vio caer a Chapultepec, y enjugado en un sudor trágico miró la bandera estadounidense ondear sobre Palacio Nacional en septiembre, como culminación de lo inevitable. Él, hombre moderado y acusado numerosas veces de tibio, sintió una ira tan grande como pocas veces.

Mantuvo sus cargos en el congreso y los años que vinieron en la Ciudad de México le parecieron particularmente fríos. El ejército le mantuvo respeto por los combates pasados. Cuando aceptó asistir con frecuencia a las tertulias de los liberales sintió que algo en sus ideas estaba yendo a tope. La utopía de los derechos civiles y de dejar de sentir el peso aplastante de una Iglesia omnipotente rompían con su habitual sentido de moderación. El gobierno de Santa Anna lo envió a Acapulco en 1853 para alejarlo de la intensa vida política de la capital.

Pero pocos lugares en México son tan fértiles para la guerra como Guerrero; juego de palabras, y afirmación de su esencia.  Se reunió numerosas veces con el viejo general Juan Álvarez, un liberal aún más radical. Conversaron, planearon, construyeron una estrategia. La dictadura de Santa Anna era insostenible. Pusieron los ojos en Ayutla, hicieron brotar el chispazo y sonaron los tambores de una rebelión triunfante que hizo huir al once veces presidente. El poder ya era liberal.

Álvarez, hombre de costumbres sencillas que aborrecía la vida urbana, dejó la presidencia en manos de Comonfort. El general asumió el cargo presidencial con la solemnidad que todos demandaban, reprimió su gran emoción. Los liberales de las tertulias, que ahora eran gobernadores, pasaron horas en su despacho. La Constitución de 1857 tomó forma. Por primera vez, Melchor Ocampo, Benito Juárez, José María Iglesias y tantos otros se sintieron a sus anchas.

Comonfort, a pesar de sentir el respaldo absoluto de los liberales, vivió con ansiedad toda su presidencia. Se mantenía en un estado intranquilo hasta que el brutal cansancio le permitía dormir. Diariamente almorzaba con grandes ojeras, a veces la memoria le fallaba y sentía confundido su juicio. Devoto del justo medio, se acercó a los conservadores. En su cabeza, las leyes civiles y la religión católica podían convivir amigablemente.

Por eso las grandes miradas de extrañeza cuando integró un gabinete de liberales y conservadores que se miraban como perros y gatos. Ocampo le dijo que no lograría quedar bien con ambos bandos si no asumía una postura firme; no le pedía radicalismo, solo determinación. Félix Zuloaga, general conservador, le confesó con toda calma que las tropas estaban inquietas. El 5 de febrero se promulgó la nueva constitución. La Iglesia declaró que excomulgaría a todo aquel que la siguiera, en Roma lo vieron como persecución religiosa.

Pese a la turbulencia, Comonfort fue reelecto nuevamente. Las desconfianzas hacia él crecieron. El acercamiento con los conservadores suscitó la desesperación y el rompimiento con los liberales más radicales. Juárez, como flamante presidente de la Suprema Corte de Justicia, lo miraba con desprecio. Zuloaga lo visitó varias veces en diciembre con una confianza rampante. “El alzamiento es inevitable, es mejor que piense, señor presidente, cuál va a ser su posición”.

Comonfort pensó en cerrar Palacio Nacional, arrestar a Zuloaga e iniciar una campaña contra los militares conservadores. Pero eso sólo sería adelantar el conflicto. Asumió la espera de Moctezuma frente a Cortés. Era consciente de que el cumplimiento estricto de la nueva Constitución partiría al país en una gran guerra civil. Mejor ser moderado, ir pasito a pasito. Pero los hombres de arrebatadas pasiones políticas a su alrededor estaban decididos.

El 17 de diciembre cometió el acto más extraño de su vida: eliminó la nueva constitución que él mismo había promulgado y no impidió el levantamiento militar en Tacubaya. Todos los liberales le dieron la espalda y lo desconocieron; los conservadores le perdieron cualquier respeto. A pesar de haber asumido poderes extraordinarios para intentar mantener el orden, dejó la presidencia al haber perdido todo el poder. México tenía dos presidentes (Juárez y Zuloaga), y la gran guerra civil que Comonfort temía por las polémicas leyes de reforma.

Partió hacia Estados Unidos donde también se cocía otra turbulenta guerra civil. Reflexionó sobre el sentido político de sus acciones. No era su voluntad morir con el pecho abierto a las armas de los levantados. ¿Por qué México no era como los libros, donde los pueblos llegaban a un acuerdo? El sueño de un país ordenado en la diversidad se disolvía. Siguió los acontecimientos de la guerra con los periódicos de la época sabiendo que quizás nunca podría volver.

Después de autojustificarse por sus acciones, cayó en una depresión aguda. Quizás eso le oscureció la mirada, que antes solía ser armoniosa. A pesar de estar convencido de que todo lo hizo por la paz y la conciliación, la guerra se había desatado con más furia que nunca. Sabía de buena fuente que Juárez lo detestaba, y que la mayoría de los liberales sentían indiferencia hacia él. Los liberales triunfaron, pero contempló desde la lejanía, con mayor alarma, cuando españoles, ingleses y un buen número de franceses desembarcaron en Veracruz reclamando el pago de la deuda externa.

Los franceses, tan intransigentes como los bandos internos mexicanos, se quedaron dispuestos a cumplir el plan de invasión. Comonfort se quedó en la incertidumbre por varios meses debido a que la Guerra Civil estadounidense había comenzado y la información del sur era poco relevante. Cuando al fin se enteró de que el joven general Ignacio Zaragoza había vencido en Puebla celebró. Recordó sus conversaciones con aquel joven brillante que ascendía como la espuma en el ejército. Sintió un patriotismo encendido y por primera vez pensó en volver.

La indecisión lo invadió una vez más. Las acusaciones de traidor quizás no se habrían disuelto y probablemente algún grupillo liberal lo mataría tan solo pisara tierras mexicanas. Pero cuando supo que las tropas francesas volvían a México embravecidas al mando del veterano general Forey, y muy crecidas en número se decidió. Sintió la calma de tomar la determinación, pero también el temor. Cruzó tan rápido como pudo hasta la capital.

Ahí estaba él, descendiendo de la carreta. Entró al Palacio Nacional, los soldados lo miraban con cierto recelo. Lo llevaron al despacho del presidente Juárez, quien parecía tener mucho frío al mantener los brazos pegados al cuerpo y removerse incómodo en la silla. El mandatario lo saludó. Ninguno de los dos sonrió ni mostró algo más allá de la cordialidad. Comonfort pidió participar en el ejército con una voz calma. Podrían culparlo de muchas cosas, pero no de traidor a la patria.

A pesar de que Juárez deseaba sacarlo a patadas y en silencio, conservó el sentido práctico y de autodefensa que tendría el resto de su vida. Con la muerte de Zaragoza, y otros militares combatiendo al enemigo en varios frentes no quedaba nadie que ocupara el ministerio de Guerra. Conocía las habilidades de Comonfort como estratega de guerra y conocedor de uno de los principales frentes: Puebla.

El nombramiento como ministro sorprendió a Comonfort. Los demás militares lo asumieron con indiferencia: les tenía más preocupados el avance francés, que las extrañezas políticas de Juárez. En aquel momento, los franceses habían vuelto a atacar Puebla y la mantenían bajo sitio desde hace varias semanas; la defendía la División de Oriente que antes había comandado Zaragoza. Era abril de 1863.

En una conversación nocturna, los generales al mando, Jesús González Ortega, Porfirio Díaz y Felipe Berriozabal comentaban el nombramiento de Comonfort. Todos lo habían conocido, y lo habían despreciado por tibio y por haberlos metido en una guerra terrible que pudo no haber sido. Pero todos coincidían en que faltaban manos y que nada ganaban con oponerse. Díaz, al compás de los cañonazos y bebiendo aguardiente concluyó: “Si volvió, que sea para chingarle”.

El sitio de Puebla se volvió cada vez más atroz. Mantener los suministros de las tropas era cada vez más complicado. Comonfort se las ingeniaba para garantizar el abastecimiento, y refuerzos de vez en cuando. Juárez le dijo un día, implacable: “Ese sitio no va a durar más de 45 días”. Eso estaba a punto de ocurrir. El ministro le pidió al presidente más tiempo: el empuje del ejército francés era mucho peor que la primera vez y el ejército mexicano había mostrado un gran valor.

Sólo un poco más, un poco más…esa era la petición permanente de Comonfort. Juárez propuso una tercera salida: enviar al ministro con algunos batallones a debilitar al ejército francés desde fuera. Él aceptó sin dudar el nuevo cargo de General de la División Centro, y el mismo día se avocó a preparar a sus tropas. El presidente suspiró y se sintió tranquilo de no tener más quien le cuestionara sus decisiones militares.

Comonfort partió a Puebla, vía Tlaxcala, más enfurecido que nunca. Llevaba tres divisiones a su mando partiendo con la consigna de romper el sitio. En el camino releyó las notas que contaban cómo Morelos rompió el sitio de Cuautla. Se inspiró, permaneció con la cabeza fría. Estudiar los mapas le daba cierta calma, las tropas partían con cierta resignación hacia el combate inevitable. Había pasado ya un año desde el glorioso 5 de mayo.

La noche del 7 ordenó a sus divisiones acampar en pueblos cercanos. Él permaneció con la primera división en San Lorenzo Almecatla. La mañana del 8, con las primeras luces, contempló que el ejército francés se aproximaba con 6,000 soldados encabezados por Forey en persona. Él sólo contaba con 4,000. No se desanimó, organizó sus tropas para el combate. Sin mucha antesala, rugieron las armas nuevamente en su natal Puebla.

Los franceses atacaron con la frustración de un monstruo desvelado. La primera y la segunda división resintieron el ataque. La artillería bien alineada generaba destrozos y hacía volar a los mexicanos que buscaban cubrirse detrás de los magueyes para acertar los disparos contra los soldados azules. El combate, como la mayoría de esa guerra, terminó en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo.

Comonfort sabía que la victoria era imposible y era necesario replegarse. Ordenó al general Vega, quien estaba al mando de la tercera división, que asegurara la retirada a Tlaxcala. Él tenía la mayor cantidad de cañones y podía ayudar a dispersar la persecución del ejército francés. Con sus binoculares contemplaba el desastre en el campo de batalla.

Como nunca, se puso a dar de gritos para que Vega cumpliera con la orden de despejar el camino para el repliegue. Al final, el general cumplió con cierta torpeza. Lograron, al fin, llegar a Tlaxcala. Los franceses dejaron de perseguirlos porque debían continuar con el asedio de Puebla antes de que esa distracción generara un milagroso ataque de González Ortega y los suyos.

Cerca de 1,000 soldados habían muerto, otros 1,000 habían sido hechos prisioneros y se había perdido buen número de armas. Comonfort calculaba que un ataque relámpago de caballería y artillería bien alineada traída desde la Ciudad de México, Toluca y el Bajío garantizaría la oportunidad para romper el sitio, y luego acorralar a los franceses contra la barrera natural de la Sierra Madre Oriental.

Comonfort partió a caballo a toda velocidad a comunicarle su plan a Juárez. El presidente lo escuchó, y asumió su derrota consciente de que había enviado al ministro a un muy seguro fracaso en Puebla. Desestimó el plan del general por temor a dejar desprotegida la Ciudad de México y las regiones cercanas. El ministro insistió con números y cálculos de terreno; Juárez se negó terminantemente. “Por lo menos, entonces, concédales más recursos para defender Puebla”.

“Me temo que esa derrota es inevitable, general Comonfort. Usted mejor que nadie sabe que las fantasías no nos llevan a ninguna parte”. Días después, Puebla cayó y la División de Oriente fue casi destruida. Juárez invirtió los recursos en preparar su salida de la Ciudad de México. Comonfort mantuvo una abierta desconfianza al presidente, y poco lo apoyó en las diligencias para trasladar el gobierno en una caravana permanente mientras los generales restantes se dejaban la piel en defender al país, una vez más, de otro invasor.

Comonfort asumió la defensa de Querétaro a finales de 1863, una ciudad que sería el sello de la victoria mexicana y la tragedia final del fugaz emperador Maximiliano en 1867. Consciente de la importancia estratégica del Bajío, salió con su escolta personal a supervisar las ciudades del cercano estado de Guanajuato. Los recuerdos de las guerras pasadas empezaron a pesarle, sintió más dolor que nunca. Tenía 51 años.


Una tarde, cerca de Celaya, se resolvió a contarle a uno de sus escoltas varias de sus vivencias y sus explicaciones del desastre de 1857. El soldado, que había sido reclutado a la fuerza en la leva, lo escuchó solo moviendo la cabeza. Ambos voltearon al sonar los disparos. Una guerrilla conservadora los emboscó en un paso bajo. Comonfort hirió con su pistola a uno y atravesó con su sable a otro. Al final lo rodearon. Los guerrilleros estaban en harapos, riendo con sus bocas obscenas y con el pellejo en los huesos. Tomaron un machete, le dieron en la cabeza. La guerra siguió en todo su drama, y su nombre quedaría empolvado en el Panteón de San Fernando.


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