Lago Espiral: Parte I

LAGO ESPIRAL

Al sentarse en la banca del parque, Francisco sintió un escalofrío. Se acomodó de nuevo en el asiento, extrañado por la súbita sensación. No tenía mucho sentido, era una mañana cálida en que los rayos solares barrían sin piedad la superficie del parque y donde las pocas sombras de los árboles eran codiciadas por los visitantes. Pensó que quizás sería algún espasmo de estrés. Respiró, pero solo por unos instantes. 

Un niño de piel pálida y ojos apagados con un peculiar saquito azul y pantalones cortos corrió delante de él, y luego volvió a la banca. No habló, pero lo miró intensamente por varios segundos. Francisco sonrió e intentó decirle cualquier cosa. Sintió un escalofrío de nuevo. En un parpadeo, ya caminaba al lado del niño, por una pendiente cubierta de pasto húmedo. Ya no era un día soleado. Las nubes grisáceas formaban un muro en el cielo. Delante de ellos, había un lago. 

Las piernas de Francisco se movían casi mecánicamente. Tampoco podía hablar. Al mirar atrás, solo había bruma y no se distinguía persona alguna. Al estar a unos 25 metros de la orilla del lago, el niño se alejó corriendo en dirección a una pequeña superficie de tierra que se adentraba en las aguas. Francisco ya no pudo caminar, sólo distinguió a la silueta azul acercarse a la orilla hasta que desapareció. 

Cuando lo perdió de vista, Francisco pudo volver a caminar. Sin saber dónde se encontraba, volvió sobre sus pasos y la bruma ya se había disipado. Llegó a un pequeño pueblito de no más de 10 calles. El frío permanecía. En el horizonte lejano se distinguía una gran ciudad de rascacielos y con una delgada capa de aire contaminado. En las calles se encontró con algunas personas, que no respondieron a sus palabras. La piel de sus rostros lucía estirada, y sus ojos también parecían apagados. Las casas lucían descuidadas. Sólo una de ellas tenía una brillante fachada naranja y detalles de piedras circulares. Ahí vendían periódicos. 

En el lugar vendían un solo periódico, y había muchos ejemplares. En la primera plana estaba el rostro del niño: estaba desaparecido desde hace más de una semana y los esfuerzos tanto de sus padres como de las autoridades se redoblaban sin éxito. Intentó comprar un periódico, pero el vendedor no le dirigió la mirada. Entonces, tomó uno como si se tratara de un folleto promocional, y recibió un agrio golpe con el paraguas del vendedor. Soltó el periódico y siguió caminando. 

Dos cuadras más adelante, había un mugriento bar. Sus paredes estaban decoradas con murales que hacían alusión, de forma combinada, a Baco y a Mayahuel, con motivos grecorromanos y prehispánicos combinados. En una esquina incluso parecían estar algunos dioses nórdicos. Pero el estado de la obra era bastante malo, los pedazos de pintura parecían caerse a cada momento. Las sillas lucían incómodas. En el lugar no había nadie más que el dueño, quien miraba atentamente la televisión. 

En la pantalla, transmitían un reportaje más sobre la desaparición del niño. Francisco intentó decirle al dueño que recién lo había visto en el cercano lago, pero no respondió. El reportero daba más detalles: el nombre del niño era Agustín Hinojosa, sus padres vivían en la ciudad pero tenían una pequeña casita en el pueblo, desapareció en un parque cercano al pueblo en la mañana de un domingo, y la policía ya había rastreado la zona entera sin éxito. La alerta de desaparecidos tampoco había servido, pese a que habían logrado a detener a algunas personas por crímenes varios. La narración era fría, seca, con escasa emotividad. Cuando terminó el reportaje, el dueño del bar ya no estaba ahí. 

Francisco salió de nuevo a las calles. No recordaba haber escuchado antes ni el nombre de la ciudad o del pueblo. Intentó hablar con más personas, pero ninguna de ellas respondía. También notó que no había paradas de transporte público. Algunos cuantos autos parecían ir y venir en un discreto camino que se perdía entre los cerros cercanos. Al quedarse detenido en una esquina, empezó a percibir un incómodo silencio. Era tan profundo que sus propios pensamientos le causaban una creciente incomodidad. Al final, pasó delante de él una mujer llorando, oculta con un velo. Quiso seguirla, pero en unas calles más adelante, desapareció detrás de un camión. 

Sin saber a dónde ir, intentó volver al paraje del lago. La desesperación se empezó a apoderar de él conforme avanzaba. Miraba a todas partes, y las personas parecían más difusas. Notó que la mayoría de las casas tenían cortinas oscuras, y cada cierto tiempo alguien parecía asomarse. Su voz creció, se volvió cada vez más fuerte hasta que logró gritar: ¿¡Dónde estoy!? No recibió respuesta alguna. 

Volvió al camino del lago, que ahora parecía ligeramente más brillante. Sus aguas se mecían como una cuna apenas tocada por el viento. Con cierta desconfianza, se acercó a tocar el lago. Acerco sus dedos temblorosos y recibió el agua cristalina. Estaba helada, pero no le producía temor. Tomó un poco y limpió su cara, que estaba cubierta de sudor frío. La sensación lo reconfortó, aspiró un aroma similar al romero y a otras hierbas. El agua parecía tener sentido, permanecía impasible frente a la bruma. 

Sintió que una gran mano cálida tocó su hombro. Volteó sin temor. Era el niño, que le sonreía. Francisco se apartó asustado y cayó en un pequeño charco de lodo. No hubo risas. Se incorporó tan pronto como pudo, y le dijo: “Tus papás te están buscando chamaco, desde hace mucho. Vamos, vamos al pueblo para que te lleven con ellos. Todo el mundo te busca y resulta que solo yo te encuentro”. Él negó con la cabeza y se echó a correr en zigzag sobre el pasto, con los brazos extendidos como un avión. 

Francisco corrió tras de él sin lograr alcanzarlo. Poco a poco sentía como si le fueran sacando un poco de aire de los pulmones, hasta que tuvo que detenerse a recuperar la respiración. Cuando se incorporó el niño ya estaba otra vez en ese pedazo de tierra que se acercaba más a las aguas. Esta vez lo distinguió con más detalle: era una pequeña península con arbustos que crecían en espirales extrañas. Las aguas parecían un poco más oscuras. Olía a una gran tormenta. El niño sonrió de nuevo, pero su gesto cambió. Finalmente, le gritó: “La respuesta”. Había desaparecido otra vez.

Continuará...


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