Lago Espiral: Parte II

El niño se sumergió en el agua en un instante. Francisco sintió un vacío en el estómago. Se quitó los zapatos y saltó al agua también. Era un nadador experimentado que en sus años de adolescencia había retado al océano varias veces. Se sumergió y no halló rastro alguno del niño. El lago no parecía demasiado profundo, pero tenía una tenue zona de penumbra donde no entraba la luz. Salió para tomar aire, pero sintió que algo se había enredado en su pierna derecha. 

Nadó con todas sus fuerzas, con la pierna casi inmovilizada. Era como si tuviera una cuerda atada en su tobillo. Cuando alcanzó la orilla, sintió como si jalaran su pierna con mucha fuerza. Se sumergió de nuevo, y logró notar que era: una gran alga que parecía como una enredadera acuática. La quitó con dificultad de su pierna y logró salir a la superficie. Aún agitado, notó que el alga flotaba en la superficie, y con la luz del día se iba oscureciendo. 

Francisco corrió de nuevo lejos del lago. Se quedó sentado en una colina cercana, abrazando sus piernas. Le temblaban los ojos y su cuerpo liberaba movimientos involuntarios cada cierto tiempo. Pensó que se había vuelto loco y clamaba al cielo por salir de esa pesadilla. Cuando sintió que volvía la calma, se dio cuenta de que no había sentido pena verdadera por el niño, más allá del impulso por sacarlo del agua. 

Lo extrañó como quien mira una fotografía antigua y siente un pellizco de nostalgia, a pesar de nunca haber estado ahí. El niño ya no estaba entre los vivos. Le extrañaban en casa. Nadie sabía la verdad porque él no lo podía decir a nadie. Todos lo ignoraban, como si él fuera una sombra incómoda que nadie quiere escuchar. Del cielo no caía más que bruma y confusión. Y mucho menos entendía qué hacía ahí, en un lugar desconocido, contemplando una muerte extraña. 

Delante de él, estaba el lago. Apenas un solitario bote navegaba en el horizonte. Se concentró otra vez en el ritmo repetitivo de las aguas. Se sintió arrullado por el viento que soplaba ligeramente en sus espaldas, sintió que su cuerpo caía rendido. Entrecerraba los ojos, veía la cortina de sus pestañas cubrir la vista del paisaje. Sus músculos pedían descanso, el pasto parecía un colchón cualquiera. El lago se iba perdiendo poco a poco…y a la distancia una figura negra saltó desde el lago y volvió a sumergirse. Sonó como un látigo. Francisco abrió los ojos. Todo seguía igual. Miró hacia el cielo y sintió rabia por no entender nada. 

Los recuerdos del pasado parecían irse perdiendo. Al cabo de unos minutos, apenas recordaba el nombre de su madre, de unos cuantos amigos y la calle de su domicilio, pero ya no el nombre de la ciudad en la que vivía. Temeroso y ansioso, intentó recordar con todas sus fuerzas, balbuceó palabra tras palabra y al no conseguirlo, empezó a arrancar con furia los pastos que estaban alrededor de él. Deseo prenderles fuego y no haber visto jamás al niño desaparecido. Apretó los puños y murmuró: “ojalá no hubieras existido”. 

Respiró hondo, cerró los ojos y al abrirlos ahí estaba el niño. Lo miró con enojo. “No eres un niño”. Él alzó los hombros y se echó a correr en zigzag por el pasto y a veces tanteaba con acercarse mucho a la orilla del lago. Esta vez Francisco no fue tras de él. Luego de unos minutos, se quedó parado. Ondulaba el cuerpo lentamente como el lago y cerraba los ojos. El movimiento parecía armónico. Pero en el cielo, las nubes recibieron un azote. 

Una corriente de viento inusual sacudió todo. Francisco terminó en el suelo, y las aguas tranquilas del lago formaron una ola que rompió cerca de donde estaba el niño. Después, todo volvió a la calma. El pequeño fue a dar al suelo, pero se levantó como un resorte, entre risas y mirando a las aguas, como si deseara que pasara otra vez. “Maldito lago”, murmuró Francisco. Percibió de nuevo el aroma a romero y creyó escuchar a una mujer riendo, a escasos metros de él. Pero no había nadie más que él y el niño corriendo sin rumbo fijo. 

Se decidió a intentar alcanzarlo una vez más y llevárselo lejos del lago, sentía más compasión por él que antes. Cuando se acercó, el niño dejó de correr. Lo miró con más detalle. Respiraba, el tono de su piel lucía apenas bronceado por el sol. Su ropa parecía nueva y en su mirada estaba tanto el ingenio como la inocencia de cualquier pequeño inquieto. Se sintió alegrado de que estaba bien. Caminaron juntos lado al lado. Al acercarse al pedazo de tierra que se introducía en el lago, el niño dijo: “Tengo miedo”. Y su voz suave parecía convertirse en un escalofrío. 

Francisco dejó de sentir miedo. Quiso protegerlo y darse la vuelta para ir hacia el pueblo, ahora que todo parecía bajo control. Pensó en que el niño crecería con miedo del agua y que no sería sano. Sintió que no había nada en las aguas que pudiera perturbarlos. “Es solo el miedo en sí mismo”, pensó. Entonces le dijo: “Ven, no tienes nada que temer”. Ambos caminaron esquivando los caprichosos arbustos. 

Se acercaron al agua y no parecía haber nada raro ahí. El semblante del niño cambió, lucía más confiado. Su cuerpo dejó de temblar. Francisco se llevó los brazos detrás de la espalda, complacido. Sintió que la tierra se movió. Unas manos de piel blanca con puntos negros y venas oscuras salieron de las aguas y sumergieron al niño. Se escuchó un agudo grito. Francisco caminó hacia atrás, estaba casi paralizado. No pudo saltar. Se llevó las manos a la cara y él mismo gritó. Unas aves pasaron volando. Olía a romero, pero también a tormenta. 

Francisco se dio la vuelta, sin saber a dónde ir. Miró de nuevo el lago y no había nada extraño. Sintió que esta vez el niño no volvería. Sin darse cuenta, unos metros después ya estaba caminando al borde la orilla. Su ansiedad crecía paso a paso, pero también una dolorosa tristeza. Las aguas arrojaron algo en sus pies: el saco azul y los pantalones cortos. Él los tomó con prisa, e instintivamente los abrazó como si el niño todavía estuviera ahí. Notó que en una de las bolsas había una credencial. Decía el nombre de Agustín Hinojosa, así como su dirección. 

Francisco caminó al pueblo, con la ropa de Agustín tendida en su hombro. Volvió a la casa naranja brillante donde vendían periódicos. El vendedor lo miró y negó con la cabeza: “Te habías tardado en venir. Ya no hay vuelta atrás.” Francisco no entendía por qué hasta ahora le hablaba. Sin mediar palabra, le mostró la credencial. “No puede ser que no te acuerdes de cómo llegar”. Le dio indicaciones: debía tomar un camión que lo dejaría en el Parque Caspio, y la casa estaba a escasas dos cuadras. “Y Francisco”-le dijo el vendedor-“nunca le sacarás respuestas a ese lago”. 

Francisco tomó el camión, y se quedó dormido a los pocos minutos. El conductor lo despertó: la base de la ruta estaba en la esquina del Parque Caspio. Distinguió que ahí, en una mañana soleada, había visto al pequeño correr, con esa ropa que ahora llevaba en sus hombros. Caminó las dos cuadras y tocó el timbre. En apenas unos segundos una mujer abrió la puerta. Le arrebató la ropa, y lloró sobre ella. Francisco notó que al lado de la entrada había una fotografía donde él mismo estaba con esa mujer, y con el pequeño. Sonreían. Sintió un escalofrío y que sus recuerdos se volvían como la bruma sobre el lago.

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