Otoño

OTOÑO
Ojalá fuera otoño más seguido. Que las estaciones fueran menos, o apenas diminutas, y que el equinoccio fuera el día de fiesta supremo, símbolo de la armonía que trae ese viento de un frío sublime como un soplo en el cuello. No es cualquier aire, ni cualquier aroma. Desearía que fuera así, porque podría encontrarte más, y daría igual que todo pareciera estático. Te hallaría a ti, y entonces los días podrían tener más aliento. 

Sólo apareces en el otoño. Hueles a hojas secas, pero también a un embriagante aroma a mandarina recién cortada. Te distingo a la distancia, aún antes de verte. Conforme me acerco, reconozco tu silueta, inconfundible, que te hace ser de muchos lugares y de ninguno. Las ciudades, los parques y las plazas podrán ser muy diferentes, incluso los meses y los años, pero eres la única constante. 

Voy persiguiendo tu silueta y te alcanzo entre los árboles. Las sombras parecen más prolongadas e intensas. Lo primero que veo es tu cabello delineando tu cuello y también tu vestido de flores secas pero a la vez brillantes, cubiertas de una brisa de nostalgia. No te mimetizas con el paisaje otoñal, sino que le das un realce, como una pintura o una fotografía que necesitaban una variación distinta de luz o sombra para conmover hasta al más rejego. 

Las flores de tu vestido no necesitan ningún aroma, porque ese lo tienes tú. Y tus pasos entre las hojas hablan por sí mismos, al igual que el delicado sonido de tu cuerpo mientras me esperas. Pero tu voz marca el verdadero principio de todo. Ya es otoño porque puedo escuchar tu voz, y es como un concierto que me dura tres meses. Me dices miles de cosas y el mundo parece menos jodido, con un espontáneo brillo de esperanza, como el rayo solar que se escabulle entre un mar de nubes. Tus pensamientos a veces hablan un poco más fuerte, definen la belleza de lo templado. 

Y en el otoño también puedo alcanzar tus labios, y darte una infinidad de besos. Importa un carajo cuántos, a qué tiempo o la circunstancia. Siento entonces escalofríos deliciosos con tus caricias, y hacemos el amor en el pasto frío, o en alguna habitación discreta. Y al final me embarga la nostalgia, y la sensación de que acariciamos en desorden el presente, pasado y futuro. Las horas son confusas porque pierden toda secuencia lógica y la vida misma parece una ilusión ingobernable. 

De vez en cuando aparece alguna tormenta extraviada, alguna lluvia ociosa que nos deja escurriendo entre las calles. Pero sonreímos y contemplamos nuestro reflejo en los charcos, y cada vez parece distinto. Entonces me doy cuenta de que los segundos nos van cambiando a cada instante, como una corriente discreta que baja de las montañas. Nuestras luces y sombras varían. Te veo como constante en el otoño porque deseo saber que voy a alguna parte, como el marinero que sigue en el mar la luz de una estrella distante, que en cualquier momento dejará de brillar. 

Nuestra desnudez, de pronto, parece más frágil. Sentimos el frío cuando nos alejamos, o cuando no alcanzamos a escuchar nuestras voces y el diálogo parece roto. Es fiero el dolor en el paraíso, en el nuestro. Pero ninguna herida ha sido incurable, y la armonía vuelve con el tiempo. En el día de muertos celebramos, pero dudamos de nuestra propia existencia. El café nos sabe más enérgico. Las calles parecen más cargadas y llenas, quizás los difuntos también encuentran tráfico para llegar a sus altares. Y tu piel apenas bronceada brilla más con las flores de cempasúchil. Cuando te quitas tus lentes, tus ojos contemplan un carnaval de puntos brillantes desenfocados de las luces y las veladoras. Saludamos a los muertos, aunque nos da miedo escuchar sus respuestas. 

La Luna se presenta brutal en el cielo, con la magnificencia de una reina que parece mirarlo todo y que no tiene reparo en mostrar su poder en los cielos. La luz lunar te da un aspecto más delicado, casi transparente, como si pudiera atravesar tu piel en apenas un movimiento suave. Incluso tu cuerpo parece pesar menos y las noches parecen prolongarse, sin tener una noción de principio o fin hasta que el amanecer aparece, como con prisa, e ilumina una mañana fresca. 

Cada día también recae con cierto pesar en mis hombros. Por eso a ratos me encuentras con una tristeza inexplicable y un gesto de pájaro extraviado. Conforme el otoño a tu lado avanza en su esplendor, también se acerca el precipicio del invierno. Y que estés lejos otra vez, por nueve meses, hasta la tercera semana de septiembre. Es un horizonte oscuro que nunca se va, porque jamás hemos logrado detener el tiempo por completo. Y si lo hiciéramos, quizás dejaríamos de ser nosotros. 

Nunca te veo preocupada por el final, creo que lo entiendes mejor que yo. He intentado que te quedes, y sé que tú también has querido, pero es imposible. Cuando se apresuran los días de diciembre, entre el coctel de celebraciones y las posadas eternas, el mismo viento va cambiando y siento como te vas escapando de mis brazos. El tiempo no distingue ni tiene compasión. Y no dudo de tus palabras, ni de tu ausencia. Simplemente me esfuerzo por tenerte un poco más y dejar los segundos cansados de tanto exprimirlos. 

Te miro y te beso como quien no sabe si habrá otro año, o si todo permanecerá en su lugar. El solsticio te lleva y te pierdes entre los mismos árboles que te trajeron a mí. Y sé que no puedo buscarte a ninguna parte. Intenté ir al sur en marzo, ahí donde el mundo está al revés y hace calor en noviembre. Pero no te hallé por ninguna parte, porque ese no es nuestro otoño. Me queda aguardar, paciente, esperar los días y esquivar las preguntas que me hacen todos los que nos conocen. Guardar el amor y la nostalgia. Quizás un día me lleves contigo para saber dónde estás esos nueve meses. Tal vez me daría cuenta de que tú eres mi otoño y eso es más que el tiempo mismo. 



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