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Mostrando entradas de abril, 2016

Los Hombres Grises

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LOS HOMBRES GRISES A ellos ya nadie los ve. Ocupan un lugar en el espacio cada día, pero las miradas no se detienen en ellos. Parece desagradable mirar sus gestos, sus cuerpos que se desmoronan paulatinamente un poco más, su ropa sucia y sus expresiones vacías. Tienen un nombre, pero eso parece importar poco. Son el ocaso de sí mismos, el ridículo revelado a través del silencio. Cada día dan paseos largos en el tren, más por necesidad que por gusto. Lo hacen ensimismados, pero no parecen reflexionar demasiado. No miran a los costados, sólo a un punto indefinido al frente. Cuando tienen la oportunidad, corren por un asiento para dejar reposar su maltrecho cuerpo, ancho o delgado. Algunos cierran los ojos para dormir sin pena ni gloria. Dirían algunos que la tristeza se refleja en los que mantienen los ojos abiertos en esos momentos. Sus labios se curvean hacia abajo, sus manos se cruzan sobre sus piernas y miran todo, empequeñecidos. Buscan un bajo perfil, sólo despiertan...

El Templo de las Serpientes

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EL TEMPLO DE LAS SERPIENTES Siempre llega el momento en el que los pasos cansan. Más aún en estas tierras secas, desoladas, llenas de espinas y en eterno amorío con los rayos del Sol. Al calor uno se acostumbra, también a cambiar de zapatos cada tres meses porque las suelas terminan quemadas. Pero al silencio es complicado. Ya ni hablarse a gritos a uno mismo funciona. El viento lo calla todo. Y es que ya no hay nadie con quien hablar estos días. Incluso mis animales se voltean cuando les hablo; sus orejas se agitan y me evaden. ¿Será que me estoy quedando sordo y sólo les hablo de mala manera? Es lo que se me ocurre. Desde que se fueron Pedro y mi hija Sofía todo se ha vuelto muy desesperante. Por las tardes me siento en mi vieja silla; trato de no pensar en nada, de sentir que el atardecer mismo me traga. Aunque parezca difícil de creer, no pienso mucho en la madre de Sofía. No es por despecho ni orgullo: no la recuerdo. Todo ocurrió en un baile en casa de Enrique. El ...

Rutina de Sortilegios

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RUTINA DE SORTILEGIOS Para Camila hay pocas cosas tan insoportables como ir los sábados a esa aburrida clase. Dura cuatro horas, de las siete a las once. El suplicio ha pasado, ya está sentada en el tren que la llevará de vuelta a casa. Los ojos se le entrecierran, a pesar de que estuvo dormida durante la mitad del monólogo de profesor. Las puertas del tren han estado abiertas más de cinco minutos.       Con la intención de distraerse, ella decide desenredar sus audífonos y escuchar un poco de música. Un joven se sienta al lado de ella. A los pocos segundos se queda dormido. Parece que las pesadillas lo invaden; aprieta su vaso de jugo tan fuerte que lo revienta y moja a varias personas a la redonda.     Camila se contiene de no decirle un improperio. El joven, apurado, ofrece papel a todos para secarse y se disculpa con torpeza. En ese momento, finalmente suena la alarma de las puertas del tren. Justo antes de que se cierre, un homb...

Las Tardes Ociosas

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LAS TARDES OCIOSAS Otro tronido más. Luis casi quiebra una charola de plástico para sacar, otra vez, un cubito de hielo. Lo mira con curiosidad y lo coloca sobre la palma de su mano derecha. Es una tarde muy calurosa, de las primeras en la primavera, sin viento y con escasas nubes. En escasos segundos, se derrite. El agua fría escurre lentamente, él cierra el puño. Luis ha pasado toda la tarde escuchando a Gerson, quien reposa recargado en una esquina de la habitación con la mirada perdida en la ventana, el cuerpo frío y un montón de ideas inverosímiles que sólo a un adolescente ocioso de trece años le podrían interesar. Sobre el piso ya se ha formado un pequeño charco de los cubitos de hielo deshechos. Cerca de ahí, un reloj de arena tiene pintadas en el cristal las manecillas. La soledad en las tardes es algo común para Luis; su madre llega muy tarde y su padre sólo llega si quiere, sus dos hermanos mayores no han vuelto desde hace mucho. Invitó a Gerson un día porque ...