El Templo de las Serpientes
EL TEMPLO DE LAS SERPIENTES
Siempre llega el
momento en el que los pasos cansan. Más aún en estas tierras secas, desoladas,
llenas de espinas y en eterno amorío con los rayos del Sol. Al calor uno se
acostumbra, también a cambiar de zapatos cada tres meses porque las suelas
terminan quemadas. Pero al silencio es complicado. Ya ni hablarse a gritos a
uno mismo funciona. El viento lo calla todo.
Y es que ya no hay
nadie con quien hablar estos días. Incluso mis animales se voltean cuando les
hablo; sus orejas se agitan y me evaden. ¿Será que me estoy quedando sordo y
sólo les hablo de mala manera? Es lo que se me ocurre. Desde que se fueron
Pedro y mi hija Sofía todo se ha vuelto muy desesperante. Por las tardes me
siento en mi vieja silla; trato de no pensar en nada, de sentir que el
atardecer mismo me traga.
Aunque parezca difícil
de creer, no pienso mucho en la madre de Sofía. No es por despecho ni orgullo:
no la recuerdo. Todo ocurrió en un baile en casa de Enrique. El alcohol
desinhibe, lo lleva a uno a presentarse ante desconocidos con las intenciones
por delante. De lo demás no recuerdo mucho. Sólo sé que desperté al otro día,
confundido. No fui capaz de mirar su rostro. Me fui tan rápido como pude, me
escabullí entre los cerros.
Un año más tarde,
mientras dormía, escuché una pedrada que golpeó contra mi puerta. Fui de
inmediato a ver, con machete en mano. A lo lejos vi que una camioneta se perdía
entre las veredas. Ahí, en mis pies, había una cuna con una pequeña nena y una
nota. Así llegó Sofía a mí. No puedo dejar de pensar en ella cada que termina
el día. Desearía escuchar otra pedrada y que ella estuviera ahí.
Pero no quisiera pensar
en esas cosas. Prefiero dejar a mis chivos comiendo huizache en la ladera para
buscar alguna fruta en los pocos árboles que quedan. Escojo un durazno, el único
que no está magullado o comido por los pájaros. Lo sostengo en mi mano un rato
sin saber por qué. Finalmente le doy una mordida. Cuando termine, aventaré el
hueso lo más lejos que pueda.
Ahora voy de regreso a
la ladera. Sé que oscurece tarde, pero no quiero que algún coyote aparezca. No
traje mi rifle. Mis pasos son tan descuidados como mis rutinas: tropiezo con
una piedra y esta se desplaza, acaba golpeando mi pierna. Me levanto con
dificultad. Frente a mí hay un espectáculo inusitado que aterraría a
cualquiera, que ahuyentaría la supuesta valentía de los machos.
Son muchas serpientes.
Se arremolinan unas sobre las otras en una danza extraña. Su tamaño no es mayor
a un metro. Enroscan sus cuerpos hasta que sus cabezas quedan cerca. Entonces
sólo se miran por unos instantes. Luego siguen su ritual con alguna otra de su
especie, sin importarles la luz solar que hace brillar sus escamas oscuras.
Las serpientes nunca me
han dado miedo. Ni siquiera cuando fui con mis amigos en búsqueda de cascabeles
de la buena suerte, en plena ribera del arroyo. Encuentro más coquetería que
maldición en su movimiento. Por eso decido sentarme cerca y seguir contemplando
el espectáculo. Mis chivos siguen bien, sólo no los haré pasar por aquí.
Ninguno de los reptiles
me mira por varios minutos. Después se van acercando poco a poco, sisean pero
esconden sus colmillos. Mi primer impulso es correr o pegar un brinco, pero
algo me hace permanecer ahí. Su intención es seguir haciendo lo mismo, pero
frente a mí. A veces tocan mis botas, quieren jugar con ellas. Me mantengo
inmóvil, respiro con calma.
Los casi veinte minutos
que paso ahí me permiten observarlas con más detalle, querer penetrar en sus
misteriosas pupilas verticales y en preguntarles cosas de la tierra, que seguro
de eso saben. No comprendo porque me han elegido a mí como espectador. Si
alguien me viera, ¿qué pensaría? Ni yo mismo sabría explicarle, pero ya que
puedo hacer.
Cuando finalmente se
van hacia unas rocas cercanas, me apresuro a ir por mis chivos. El cielo se
está poniendo nublado, algo inusual para esta época. Quizás llueva y haya
pequeños deslaves en la ladera. No me toma mucho tiempo juntarlos a todos y
llevarlos entre las veredas, el camino a casa es muy corto. Si llueve ya no
podré salir hasta mañana. Dicen que el lodo de aquí se traga a la gente después
de la lluvia.
Antes de abrir mi
puerta noto que hay un extraño charco de agua frente a mi puerta. Es tan
cristalina que puedo contemplar en el reflejo mi rostro desaliñado por los
trabajos del día y mi cuerpo cansado. Tan sólo unos centímetros más adelante,
están las mismas serpientes de hace un rato. Pego un brinco hacia atrás del
susto. Pienso primero en mis chivos, pero ya están en su corral. Luego me
pregunto lo más importante: “¿Qué demonios hacen aquí estas víboras?”.
Me cuesta encontrar la
respuesta. Pienso en si hay plaga de serpientes, en alguna broma de un vecino
ocioso o incluso en la posibilidad de que me estén haciendo un acto de
brujería. ¿Qué podrá ser? Los animales no me miran con malicia, sólo con
curiosidad. No sé a ciencia cierta cómo ahuyentarlas, quizás tenga que esperar.
No deseo matarlas, no tendría caso: hay suficiente comida y la carne dura no me
gusta. Ya será mañana.
* * *
Cuando Teo fue a la
vieja casa abandonada de su abuelo Jacinto no creía las historias que se
contaban de ese lugar. Parecían puros cuentos para entretener a la gente,
supersticiones que arruinaban la fama de su familia. A aquél lugar, en lo alto
de los pequeños lomeríos de las tierras secas, le llamaban el Templo de las
Serpientes. Sí, como si fuera zona arqueológica.
Sobre las paredes había
trazos en bajorrelieve de serpientes en todas direcciones, quizás de ahí
provenía el mito. Adentro de la casa todo estaba normal, con los daños del
abandono de varios años desde que aquel hombre había muerto. El lugar no le
había sido heredado a nadie, pero tampoco alguien quería ocuparlo. Se decía que
el que viviera ahí, estaría perseguido por serpientes toda la vida.
Teo se siente cautivado
por lo que ve. Conoció muy poco al abuelo Jacinto y le habría gustado
preguntarle de sus motivos para trazar esas figuras sobre las paredes. Cuando
está por irse, ya son cerca de las cinco de la tarde. El cielo está un poco
nublado. Frente a él se forma un pequeño ojo de agua. A su alrededor, un cúmulo
de serpientes se aproxima.

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