Rutina de Sortilegios
RUTINA DE SORTILEGIOS
Para Camila hay pocas
cosas tan insoportables como ir los sábados a esa aburrida clase. Dura cuatro
horas, de las siete a las once. El suplicio ha pasado, ya está sentada en el
tren que la llevará de vuelta a casa. Los ojos se le entrecierran, a pesar de
que estuvo dormida durante la mitad del monólogo de profesor. Las puertas del
tren han estado abiertas más de cinco minutos.
Con
la intención de distraerse, ella decide desenredar sus audífonos y escuchar un
poco de música. Un joven se sienta al lado de ella. A los pocos segundos se
queda dormido. Parece que las pesadillas lo invaden; aprieta su vaso de jugo
tan fuerte que lo revienta y moja a varias personas a la redonda.
Camila
se contiene de no decirle un improperio. El joven, apurado, ofrece papel a
todos para secarse y se disculpa con torpeza. En ese momento, finalmente suena
la alarma de las puertas del tren. Justo antes de que se cierre, un hombre
vestido de manera elegante entra sonriente al vagón con un maletín. No tarda en
abrirlo y mirar al público. Tiene un acto de magia para presentar.
Los
pasajeros se muestran indiferentes, sólo dos niños prestan atención. Camila se
lleva una mano a la frente y piensa: “Otra vez estos payasos, nunca se cansan”.
El mago no se desanima, comienza por algunos trucos simples: saca pañuelos de
colores de su sombrero de copa y le pide a un pasajero que elija una carta para
que después la revele con facilidad.
No
hay motivo suficiente para aplaudir. El público sigue afanosamente concentrado
en sus celulares, en leer el periódico o contemplar las luces del túnel oscuro,
el cual parece ser más largo de lo normal. El mago observa los restos del jugo
caído sobre Camila y otras personas. Se ofrece a solucionar el problema, los
otros lo miran incrédulo. Bastan unas palabras azarosas para que todos estén
secos.
Los
pasajeros ya prestan atención y dejan salir murmullos de asombro. El hechicero
sonríe, grita con emoción: “Aún tengo más”. Mira por un momento al dormilón que
rompió el vaso. Toma sus mejillas con sus manos y sopla sobre su frente. Al
instante, el joven desaparece. El asiento ahora está vacío y frío. Camila
siente miedo, no encuentra lógica en el desvanecimiento.
Segundos más tarde, el joven aparece
sentado frente a la puerta con la mirada perdida. El mago lo levanta con dificultad,
luego lo coloca en su asiento como si se tratase de un costal. Es momento de un
nuevo truco, así que exclama: “Señores usuarios, cambien su lugar”. Los
pasajeros se miran extrañados. Suena un chasquido. Ahora todos están sentados
en sitios distintos.
Más risas, más temor del público. El mago
tiene otro plan entre manos: hace que una pareja de novios se ponga de pie sin
mucho esfuerzo. Pide que dejen su timidez y se acerquen más. Ambos están
inhibidos, pero él hace que se abracen con ternura. Luego, saca un frasco de
vidrio con un pequeño paisaje nevado adentro. Abre la tapa, y coloca el objeto
entre los cuerpos de los enamorados.
Al instante, ambos son absorbidos por el
recipiente. El mago coloca la tapa y pasa el frasco a los pasajeros. Ellos
contemplan con asombro a las pequeñas figuras humanas encerradas en el paisaje,
tratando de escapar y golpeando con fuerza diminuta el vidrio. A pesar de su
tamaño, son notables sus gestos de angustia.
Camila se compadece de ellos. Se pone de pie
y exige al mago que los regrese a su forma original. La adrenalina junto con el
temor alimenta su agresividad. El hechicero obedece su disposición. La pareja
sale de ahí. El novio intenta golpearlo,
pero el otro es más rápido y lo inmoviliza en un asiento. La novia sufre el
mismo destino.
El
mago se dirige a Camila, con cierta molestia: “¿Vas a seguir estropeando mis
actos, niña? ¿Por qué no te diviertes como los otros? Disfruta el espectáculo,
no volverás a ver algo así en tu vida. Ahora, por favor, toma asiento”. Ella
obedece, mientras planea su próximo movimiento.
“Ni se te ocurra hacer eso” le grita el
hechicero unos momentos más tarde mientras la mira furioso. Finalmente suspira
y murmura algo. Contempla a los pasajeros con grandilocuencia y exclama:
“Queridos amigos, gracias por estar aquí. Les ruego que me acompañen, el acto
no puede continuar aquí con esta señorita impertinente. Por favor”. Al
instante, chasquea los dedos. Camila pestañea. Ya no hay nadie en el vagón. Ha
llegado a la siguiente estación.
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