Las Tardes Ociosas
LAS TARDES OCIOSAS
Otro tronido más. Luis
casi quiebra una charola de plástico para sacar, otra vez, un cubito de hielo.
Lo mira con curiosidad y lo coloca sobre la palma de su mano derecha. Es una
tarde muy calurosa, de las primeras en la primavera, sin viento y con escasas
nubes. En escasos segundos, se derrite. El agua fría escurre lentamente, él
cierra el puño.
Luis ha pasado toda la
tarde escuchando a Gerson, quien reposa recargado en una esquina de la
habitación con la mirada perdida en la ventana, el cuerpo frío y un montón de
ideas inverosímiles que sólo a un adolescente ocioso de trece años le podrían
interesar. Sobre el piso ya se ha formado un pequeño charco de los cubitos de
hielo deshechos. Cerca de ahí, un reloj de arena tiene pintadas en el cristal
las manecillas.
La soledad en las
tardes es algo común para Luis; su madre llega muy tarde y su padre sólo llega
si quiere, sus dos hermanos mayores no han vuelto desde hace mucho. Invitó a
Gerson un día porque estaba harto de hablarle a las paredes. Necesitaba
controlar su hiperactividad de cualquier
forma posible. La solución del nuevo amigo era creatividad que a ojos de todos
parecía incoherente. Estaba a un paso de terminar en terapia psicológica.
Gerson aparecía siempre
en el momento oportuno, sin ganas de estar en su propia casa. Siempre le
contaba historias a Luis, tanto de terror como de detalles infinitos. Le daba
vuelta a las cosas, escribía palabras fuera de lugar y moldeaba con plastilina
algunas figurillas extrañas. No paraba de hablar, reír ni de cuestionar. Esa
tarde calurosa propuso que salieran.
Luis estuvo de acuerdo
con la travesura a pesar de que sabía que no podía salir. Se cuidó de las
miradas incómodas de los vecinos para evitar ser delatado y corrió junto con
Gerson por varias cuadras hasta que se detuvieron frente a una casa en obras
abandonada desde varios meses atrás. Se sentaron en la orilla de la banqueta y
rieron por haber logrado el triunfo.
Ante las dudas de Luis
por el motivo de que terminaran ahí, Gerson respondió que esa iba a ser una
nueva casa para su familia hasta que las autoridades clausuraron la obra por
irregularidades encontradas en el terreno. Ahora debajo los muros de concreto y
ladrillo se extendían algunos restos de cascajo junto con un pasto amarillento
que crecía de forma desordenada. El olor del abandono los descontrolaba, los
llenaba de curiosidad.
Cuando se acercaron
más, las paredes parecían sudar con largas gotas grises que iban hasta el
suelo. Sería quizás el calor. Luis preguntó a Gerson acerca de las supuestas
irregularidades. El otro dudó en contestar, pero finalmente confesó que habían
hallado muchos esqueletos, vasijas y objetos extraños de tiempos inmemoriales.
Las autoridades sólo se habían preocupado en cerrar el lugar, pero no en
explorarlo.
Luis no dudó en pensar
en su fantasía infantil de encontrar un tesoro en los restos que yacían debajo,
pero se negó a decirle a su amigo por temor a parecer ridículo. A Gerson se le
ocurrieron otras ideas cuando encontró un montón de herramientas apiladas en la
orilla de la construcción, debajo de un viejo mantel floreado de cocina. El
olor del polvo los hizo toser, sus caras terminaron grises.
Gerson tomó un pequeño
mazo y un cincel. Con gran destreza comenzó a trazar un símbolo sobre una de
las paredes, de múltiples líneas rectas diagonales. Sólo se escuchaba el ruido
de los autos en la calle y el sonido agudo de los metales al chocar. Los amigos
no hablaron hasta que el trabajo estuvo terminado. Luis palpó el grabado con
sus dedos y siguió su curso. “Es la señal del caos” afirmó Gerson.
Ahora era turno de
Luis. Parecía un poco bobo escribir su nombre, aunque fuese con las letras
infladas o deformadas. En lugar de eso, pensó en una figura. Jamás lo había
visto, pero lo imaginaba en su mente con claridad. Gerson lo motivó y lo
instruyó en el manejo de las herramientas; le intrigaba saber qué pasaba por la
mente de su amigo.
El sudor brincaba de su
cuerpo con cada golpe. Sus brazos delgados apenas podían sostener las
herramientas, pero ponía todo su esfuerzo en eso. Trazó primero la figura de un
rostro afilado, un cuello estrecho y unos hombros anchos. Se detuvo a pensar
por unos segundos, con las manos enrojecidas y el cuerpo temblando. Siguió con
su trabajo.
Esta vez marcó los
rasgos de la cara con facilidad, pero dejó los ojos para el final. Quiso
centrarse en ellos, causar la ilusión de que seguirían cualquier dirección que
tomaba el espectador, así como en las pinturas de aquel museo. Le llevo muchos
minutos hacerlos profundos y marcar los matices que imaginaba dentro de unas
pupilas dilatadas. Cuando terminó, suspiró triunfante. Gerson aplaudía.
El símbolo y el rostro
ya estaban ahí. La punta del cincel se había enchuecado, sus tenis estaban
cubiertos de polvo. Gerson tomó un puño de esos restos pulverizados y lo lanzó
hacia donde estaba planeado un jardín. “Como creadores que somos ahora, podemos
arrojar este polvo cósmico por los aires”. Luis no acabó de entender a qué se
refería, pero lo siguió.
Los amigos volvieron a
su lugar en la orilla de la banqueta, aún no era tan tarde. Buscaban conversar
con las personas que pasaban por ahí, quienes parecían dispuestas a dejar lo
que estaban haciendo para charlar con el par de adolescentes. Hablaban de sus
vidas, de sus motivos para ir al pan a las cinco de la tarde, de sus hijos
inquietos, del programa televisivo de anoche y de la pesadez de los días
bochornosos.
Sólo hasta que dieron
las ocho de la noche, hora en la que se ponía el sol en aquel lugar, los amigos
decidieron irse. Gerson se ofreció a acompañar a Luis a su casa, seguramente su
madre no tardaría en llegar y no lo quería ver afuera. Además, a esa hora los
vecinos veían la telenovela sin pegar el ojo; no notarían sus pasos ni sus
risas.
Cuando llegaron, Luis
ofreció a Gerson un poco de Coca-Cola por el calor. El amigo agradeció, se
llevó el vaso a los labios…en ese instante desapareció. El refresco cayó en el
suelo y salpicó varios muebles. La espuma avanzaba caprichosa. Pronto corrió a
buscar un trapeador. Lo dejó bien colocado, apagó todas las luces y se fue a su
cuarto.
Se sentó en posición de
loto en el centro de su habitación. La luz del poste cercano entraba por su
ventana. Pensó en muchas cosas, como cada noche a esa hora: en su tiempo de
encierro, en las cosas que había creado, en el caos que encontraría su madre,
en las explicaciones inverosímiles y en aquel día maldito que terminara con un
psicólogo. Pero sobre todo, pensaba en Gerson: sólo su imaginación podía crear
un amigo tan bueno como él.

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