Los Hombres Grises
LOS HOMBRES GRISES
A ellos ya nadie los
ve. Ocupan un lugar en el espacio cada día, pero las miradas no se detienen en
ellos. Parece desagradable mirar sus gestos, sus cuerpos que se desmoronan paulatinamente
un poco más, su ropa sucia y sus expresiones vacías. Tienen un nombre, pero eso
parece importar poco. Son el ocaso de sí mismos, el ridículo revelado a través
del silencio.
Cada día dan paseos
largos en el tren, más por necesidad que por gusto. Lo hacen ensimismados, pero
no parecen reflexionar demasiado. No miran a los costados, sólo a un punto
indefinido al frente. Cuando tienen la oportunidad, corren por un asiento para
dejar reposar su maltrecho cuerpo, ancho o delgado. Algunos cierran los ojos
para dormir sin pena ni gloria.
Dirían algunos que la
tristeza se refleja en los que mantienen los ojos abiertos en esos momentos.
Sus labios se curvean hacia abajo, sus manos se cruzan sobre sus piernas y
miran todo, empequeñecidos. Buscan un bajo perfil, sólo despiertan la atención
de los curiosos. Escuchan las conversaciones contiguas, miran el celular a cada
rato en busca de mensajes inexistentes. Respiran con pesares.
Hay algo que saca a
estos hombres disminuidos de su condición, que parece encender un carbón en el
pantano de su existencia. Dos de ellos, separados por tres asientos de
distancia voltean a mirar lo mismo: una joven mujer, de escasos veinte años,
entra al vagón con un vestido color cobre. Ella va con indiferencia, mira en
qué estación se bajará y cuida su bolsa.
Los otros, embobados,
la contemplan con descaro. Casi abren la boca mientras aprietan con fuerza el
periodiquillo barato que compraron en la mañana. Dedican pocos segundos al
rostro; recorren con atención sus piernas cubiertas por mallas y el ínfimo
escote que usa. Parece que algo despierta en ellos en esos momentos. Todo lo
hacen en escasos segundos, en cierto punto no quieren ser vistos, como siempre.
El control de sus
impulsos es casi inútil. Ella se da cuenta de sus miradas, se incomoda y
ruboriza. ¿Quién habrá de cubrirla de la perversión silenciosa que pretende
desnudarla? Sobre ella no se posan unos ojos que contemplan su belleza, sino
que buscan exponerla. En esos momentos recuerda las recomendaciones de su madre
de ir con pantalón en el metro y cambiarse después.
Pero toda prevención de
pudor excesivo es inútil. Ellos no se harán menos demonios ni dejarán de
volverse miserables frente a la piel oculta e incómoda que trata de respirar.
Ella no se acostumbrará a ese vacío en el estómago, a ese peligro que le impide
ser libre. Incluso algunos dirán que su piel descubierta busca el crimen, que
justificará el arrebato de alguno de aquellos hombres.
¿Qué necesitarán ellos
para dar el siguiente paso? Quizás la escasez de gente en el vagón o la
indiferencia de los presentes. Querrán acercarse, mirar con detenimiento
excesivo, decir algún piropo entre la risa de sus dientes deshechos, acercar
sus manos con inocencia fingida, culpando a la inercia. Creerán que la fuerza
motiva el deseo, el lado sucio de una mujer que va tranquila. No entienden el
terror, porque están ya invadidos por él.
Algo ocurre con estos
hombres cuando bajan del tren. Quizás le cuenten a algún amigo, con adjetivos
cínicos sus experiencias o las oculten para la noche. Llegarán al espacio vacante
que llaman casa para mirar televisión el resto de la noche. No tendrán un amor
cálido que los espere, porque habrán ahuyentado cualquier posibilidad de
compañía placentera.
Ellos se enfrentarán a
la soledad o a una persona con la que están por motivos que ni ellos entienden.
Seguirán la rutina tediosa de los días, del cansancio, del decir que la vida es
cabrona y de mirar las mismas cosas antes de dormir. Perecerá en ellos la
esperanza. Se esconderán a mirar pornografía con una excitación vaga. Luego recordarán
las anécdotas en el tren.
Sentirán con lascivia
que poseen esos cuerpos deseados. Se quedarán al final en la miseria, con calor
en las manos y un atroz frío en el espíritu. Sólo el alcohol resucitará por
instantes tragicómicos la calidez perdida, pero los volverá esclavos de la
incoherencia. Despertarán queriendo que alguien les cure la cruda, por no decir
que la soledad. Envidiarán cosas de los otros, dirán que así les tocó vivir.
Cuando hablen frente a
los otros se sentirán sabios, experimentados. Negarán su suciedad cubriéndose
con guantes. Si son descubiertos, apelarán a la naturaleza del hombre, a las
virtudes de la tentación con la torpeza de sus palabras. Cantarán canciones
dolidas, culparán a las mujeres, siempre crueles e interesadas, por su
condición. Se sentirán glorificados al concebirse como el modelo del hombre feo
pero bueno.
Se sentirán merecedores
de una condición más brillante cuando puedan. Ocultarán sus debilidades de la
manera posible, se afirmarán como machos inquebrantables aunque algunas noches
terminen reducidos al llanto. Enseñarán a sus hijos cómo debe ser un hombre y
perseguirán a los novios de sus hijas mientras se sienten reyes protectores.
Negarán toda culpa interna, querrán ser una roca.
Nadie cree que los
demonios viven atormentados. Pareciera que viven en el gusto de cumplir con sus
necesidades y placeres; que duermen tranquilos por la noche y que no hay
quebranto alguno en su voluntad. Ellos, romantizados, parecen los héroes de la
crudeza o de aquello que todo el resto niega por pudor. Pero en este mundo, no
pueden pasar un minuto sin sentir dolor.
Por eso la mediocridad
es muy humana, tanto como la gloria. Los placeres desatados y las culpas
internas consumen a aquellos hombres. Se vuelven grises, amorfos,
inconscientes, desesperados, agresores y censores. Sus actos torpes o crueles
proceden de un vacío que ya no tiene motivo alguno de inspiración. Follan en
sus mentes sin caricias ni seducción. Despiertan oxidados, secos.
Parecen contagiarse
unos a otros. Sus risas dispares a veces se escuchan en las madrugadas. Algunos
juegan a fingir ser otras personas en Internet para evadir su condición y
sentir que son el galán guapo que fascina a las mujeres. Sus promesas son
absurdas, su palabra carece de poder. Conservan su orgullo, a pesar de
representar sombras sin volumen ni sentido.
¿A dónde van los
hombres grises? ¿En dónde se esconderán sus futuras víctimas? Nadie puede
decirlo con claridad. Crecen y mueren. Cada generación trae una marea de ellos.
Los deseos se deshacen, todo amor se ausenta. La indiferencia ante la miseria
de sus acciones se mantiene. Para ellos, no importa corromperse por una pizca
mínima de placer. En el infierno no hay pasiones ni razones, sólo la ceguera de
los impulsos desatados y el dolor.

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