Letargo
LETARGO Estabas dormido. Te llamaban Padre Tiempo porque nadie recordaba el momento en que había empezado tu sueño. Algunos te recordaban tendido en una gigantesca caverna, ajeno a las linternas y antorchas que pasaban a tu lado. Otros juraban que te habían visto en un páramo gigantesco, donde en tiempos de antaño habitaban gigantes y colosos como aquel que pintó Francisco de Goya. Parecías brotar de la tierra, enraizado al suelo. Vientos y terremotos no te movían en lo más mínimo. Tu respiración de ballena agotada hacía vibrar el suelo, abría grietas y dividía pasos. Los demás crearon muchos presagios de lo que ocurriría cuando despertaras. Algunos ociosos tejieron sobre tu barba, tocaron tus párpados, trataron de despertar los impulsos eléctricos de tu espalda. Pero no estabas muerto, ni en coma. Tu corazón aún latía con fuerza, a ratos aceleraba tu pulso a ritmos escandalosos que hacían saltar tus venas y arterias. Parecía que te alimentabas del aire, de la curiosidad...