Antes del Alba

ANTES DEL ALBA

Te siento inquieta, son las cuatro de la mañana. Mi abrazo parece insuficiente para calmar tu ansiedad y hacerte dormir. Ya no siento mi mano y me veo obligado a estirarla en el aire. No sabes qué te estresa realmente, prefieres mantenerte en silencio. Es un miedo, un pequeño vacío; nostalgia del futuro, fuegos artificiales húmedos del presente. Dormiría sin pensar en ti, pero no puedo. Ya no.

Es una madrugada calurosa, y las sábanas parecen horneadas. Nuestros cuerpos sudan en silencio, sin el menor movimiento. Incluso los mosquitos están abochornados. Con mi mano alcanzo el suelo frío, y la sensación fresca me relaja. Coloco mi mano recién aclimatada sobre tu espalda. Suspiras, te quedas dormida en pocos segundos. Yo te sigo.

Escasos minutos después, despiertas hiperventilada, casi gritando de terror. Das vueltas breves en la cama, luego tocas afanosamente tus tobillos. Segundos después me cuentas, con la voz entrecortada, que unas manos con garras jalaron sus pies. Sí, como esos sustos de niños. Resulta inútil aludir a tus sueños o imaginación.

Acaricio tu cabello, dejo que me cuentes lo que sentiste. Estás más acalorada que antes. Entonces te sugiero que nos acostemos en el piso, con sólo una sábana que nos separe del frío. Tiemblas, crees que encontrarás allá abajo esas garras. Sólo me río. Pongo el ejemplo, me acuesto sobre el suelo, en el borde de la cama. Miro debajo: no hay nada más que polvo.

Dejo una de mis manos sobre la cama para alcanzar la tuya, juego con tus dedos y los agito uno por uno pidiéndote que vengas a mi lado, a esta sensación fresca. Te quiero lo suficiente para dejarte dormir a pierna suelta. Aún si pasara las noches en vela dialogando con mis propias visiones y delirios, te dejaría a ti descansar, suspirar cada cierto tiempo y revolverte con sutileza en tus sueños. Contemplaría la pequeña sombra que hace el borde de tu cuerpo. Eso sería suficiente.

Finalmente te decides a venir. Colocas tu pie sobre mi estómago, ríes y luego desciendes suavemente a la comodidad del piso. Te toma unos minutos acomodarte, pero dejas de sudar. Respiras con calma de nuevo, te recargas sobre mi pecho y dejas tus brazos extendidos. Con los ojos cerrados me empiezas a contar cierto sueño que tuviste conmigo, en donde íbamos de campamento. Poco a poco te quedas dormida. Lo noto cuando tu historia se llena de incoherencias graciosas, hasta que finalmente cierras tus labios. Entonces miro al techo.

Pienso en el momento en que se invirtieron las funciones del sueño en la realidad, en ese donde nuestros desastres pasados dejaron de importar y los temores dejaron de materializarse al día siguiente. En las mañanas aletargadas y las noches eternas. También de las veces que quisimos huir del otro, pero no lo hicimos. De esas nubes a las que nunca les vimos forma; de los besos sabor a café, cerveza y tabaco.

Guardamos muchos secretos sólo para nosotros, momentos oscuros y cómicos. Aprendimos a continuar con las conversaciones largas, después venía el silencio. Mantuvimos el placer individual de la soledad muchas veces hasta que deseábamos compartirla con el otro. Miento cuando hablo en pasado, porque aún estas cosas ocurren.

En el techo sigue esa lámpara que no he deseado quitar, aunque es vieja. No lo hago porque ilumina tu cuerpo de una forma única con esa luz blanca que brilla para su interior, como un faro descompuesto. Cuando la enciendo contemplo tu silueta y aun cuando está cubierta la imagino. Parece que la trazó Seurat con su puntillismo a lo largo de muchos años, y es verdad que eso es lo que los vientos tormentosos de tu vida han hecho con tu piel.

Los acantilados se forman frente al embate continuo: un golpe tras otro, en un eterno vaivén. Pero las rocas no se van, ni se caen hasta después de mucho tiempo. No por ello el mar es un demonio, ni los riscos unas víctimas. La belleza de ese escenario se forma en la eterna atracción. A veces me pregunto si somos ese acantilado o si sólo lo contemplamos, tomados de la mano o amándonos con fuerza.

Sabemos que los días son efímeros, que no hay mañana asegurado. Podría hacer mi vida sin ti, dejar que continúes con la tuya y no mirar atrás. Tú también. Pero no deseo hacerlo. Ni quiero poner fechas para cada cosa, como si el amor pudiera ponerse en una maldita agenda. Mejor me quedo contando cuantos pasos de mis dedos se necesitan para recorrer tu cuerpo o el ritmo de tus respiraciones antes de que suene la alarma.

Admiro la forma en que te adaptas a las estaciones: luces primaveral en invierno, e invernal en verano. También el sonido de nuestros pasos en las escaleras o la ansiedad en los elevadores. Lo mismo que aquellos pensamientos que nos sonrojan, que ojalá algún día se cumplan. Permanecemos juntos escuchándonos, aun cuando no decimos nada. 

Te permito dejarme sumido en un espacio inexistente, rodeado de un ambiente de deseos; reducirme al escalofrío y las taquicardias interminables. Juguemos a encontrarnos como un par de adolescentes. Hagamos como que nos destrozamos, aunque nos arrepintamos al segundo siguiente, porque sabemos que estamos en riesgo. Cualquier lágrima de dolor sería incendiaria y la ausencia un mareo infinito en donde todas las paredes disuelven.

Sumérgete tú también, en aguas transparentes o revueltas, del color que tú quieras. Encuéntrame ahí, en las caricias espontáneas, en ese respiro vital que llena tus pulmones, en las duchas inexplicablemente largas, en los libros perdidos en maletas de viaje, en las fotografías que están por tomarse, en las canciones que nadie escucha. No encontrarás palabras escritas porque serás tú quien me escriba.

Permíteme seducirte cada día de formas que ni yo mismo sepa. También reconciliarte con ese ser con garras que alteró tu sueño. Quizás sea el tiempo mismo que quiere saciar el ritmo de tus piernas; ellas pasan casi todo el tiempo moviéndose inquietas, dando grandes y veloces pasos a pesar de ser pequeñas. Y si no es eso, no dejaré que te lleven. Si te vas, que sea porque tú lo deseas. 

Déjame quererte, enviarte postales de atardeceres anaranjados y dibujos en servilletas. Vamos a la desembocadura de un río, para ver nuestro reflejo en el encuentro de las corrientes, en los remolinos de las olas. Quiero encontrarte a escondidas en un pajar, viajar en pequeño o en grande, hacer el amor hasta despertar a las aves y devolver a las almas en pena del camino del que se desviaron.


Aún dormida besas mi hombro. Cierro los ojos. Ya no es el piso frío sobre lo que estamos recargados, sino el pasto y a lo lejos el sonido de un río. Ahora lo recuerdo, sí estamos de campamento. ¿Lo ves? Te dije que se invertían las funciones del sueño en la realidad. Pero aún en mis delirios existenciales de tiempo y espacio estás tú. Nada más importa.



Comentarios

Entradas populares de este blog

Nívea

Idilio Costero

Blitz (Lluvia de Fuego)

Astillas de Cuba (Parte 1)

Lago Espiral: Parte I