Chicomecoatl


CHICOMECOATL

Aquella mañana Celso despertó con antojo de tortillas frías y la mandíbula endurecida. Llevaba varios días más estando más silencioso de lo normal y se distraía frecuentemente mirando el cielo. Escuchaba solo lo necesario de su anciana madre. Su padre se había ido hace un mes a arreglar los cuartos de la familia lejana en Guerrero, y sus hermanos solo venían los días festivos. A sus 31 años no podía huir. La familia lo tenía atado en esa casa rudimentaria en una de las olvidadas zonas rurales al sur de la Ciudad de México.

Allá las montañas parecían haberle puesto un filtro a la modernidad: yacían en una transición entre unirse al bullicio urbano y conservar sus tradiciones de antaño. Pocos transportes iban a esos lugares: caseríos a la falda de los cerros, con caminos apenas pavimentados que transcurrían entre hogares sencillos, milpas y animales rumiando. Poco habían cambiado en las últimas décadas. Las migraciones del siglo pasado apenas los habían tocado. En una de ellas, los padres de Celso venían huyendo de una prolongada sequía en un poblado que era fértil un año y diez no.

El sueño capitalino era la versión próxima del sueño americano. Celso, de niño, al saber que se mudarían a la capital se sintió entusiasmado. Soñaba con las calles, los grandes edificios, el bullicio de muchas personas; se sentía incómodo con la tranquilidad del pueblo. Se desilusionó al ver el terreno recién comprado, casi rematado, que compraron sus padres. Ahí había un tipo nuevo de soledad. Sus hermanos lo asumieron con calma e hicieron sus vidas en las comunidades cercanas y aprendieron a acostumbrarse a las más de dos horas de camino a la capital. Pero él no.

El gusto por el bullicio que tenía de niño se aminoró con el paso de los años. Abandonó los estudios después de la secundaria, no por alguna fechoría o por algún vicio temprano: solo fue pura pereza. Casi a azotes, y sin la valentía de irse a otra parte a sus 15 años de edad, se quedó trabajando en las milpas de sus padres, y cuidando la cría de conejos blancos y gordos. Renegaba de tener que ir a misa los domingos: en los momentos de oración repetía incoherencias que se unían al coro, y miraba con indiferencia a la virgencita adorada por sus padres.

Con el tiempo, sus padres y los hermanos adquirieron más parcelas para cultivar nopal. En aquellas tierras varios cerros estaban cubiertos por esos sembradíos verdes y chaparros de numerosas espinas, y tunas jugosas. El encargo de aquella mañana luego de casi mascar las tortillas frías era vigilar los sembradíos de nopal, y echar algo de fertilizante a las milpas de maíz, que estaban en su apogeo de verano. Crecían cada vez más altas. Era necesario hacerlo en la mañana porque en la tarde seguro llovería.

Celso caminaba renegando y contemplando las hileras interminables de nopal que se extendían hacia el horizonte, solo atravesadas por la vieja carretera que iba hasta Cuautla. A sus espaldas estaba la vista del manchón gris, región más mestiza del aire, ciudad de demonios angelados y masas contradictorias en movimiento. A ratos todavía deseaba la vida citadina entre las calles, pero despreciaba los barrios populares. Se veía como un vendedor de lo que sea, en una casa con jardín y una hamaca acolchada. Que el dinero corriera mientras él dormía y el desayuno estuviera listo al abrir los ojos.

Se metió entre las milpas de maíz que rompían con la sincronía de los nopales y se extendían por unos treinta metros de distancia. Notó que estaban más pegadas de lo normal, y que transitar entre ellas era difícil. Las hojas lo golpearon en la cara por lo menos diez veces mientras regaba anárquicamente el fertilizante. Tropezó con un sospechoso montículo de tierra y cayó violentamente al suelo sin meter las manos. Su rostro cayó en el lodo con la boca abierta, por lo que escupió como desesperado la tierra dulce.

Intentó levantarse, pero no lo logró. Sentía una gran presión en la espalda que solo le permitió avanzar gateando entre las milpas, tenía lágrimas de dolor en los ojos. Luego las rodillas se le doblaron más por lo que solo pudo reptar. Fue ahí cuando las sintió. Cuerpos delgados, siseantes que se enredaban en sus piernas y brazos, con el sonido de un cascabel tan fuerte como la lluvia. Le tomó unos segundos darse cuenta de que siete serpientes largas, de colores verde y amarillo, lo arrastraban.

La homogeneidad de la milpa se rompía en un punto que parecía tierra quemada. Las serpientes se detuvieron, pero continuaban enroscándose en su cuerpo. Pudo incorporarse de rodillas nuevamente, y los reptiles dirigieron sus miradas a un solo lugar. De la superficie sin sembradío emergieron dos milpas que avanzaban en dirección horizontal. Del centro de ellas salió una neblina con olor a tierra mojada que cegó a Celso por un momento. Al abrir los ojos, ella ya estaba ahí.

No pudo hablar ni gritar. Ella lo miró largamente. Tenía la piel pálida de un tono amarillo, el cabello de un color verde brillante que caía en delgadas hebras por toda su espalda. Parte de su cabeza era cubierta por un casco de caballero águila mexica. Sus ojos eran como grandes semillas, su nariz y buena parte de su rostro estaba atravesado por piezas de oro y jade.  Estaba desnuda del torso, en su espalda crecían hojas, y solo estaba cubierta por una falda de manta que ocultaba sutilmente una prominente cadera. La belleza superior a cualquier alucinación de sus viejas fantasías lo embriagó. Celso inclinó la cabeza, dijo torpemente su nombre entre el miedo y la excitación.

Las serpientes se enroscaron con más fuerza y lo hicieron besar la tierra. Luego ella habló con una voz que se escuchaba como el viento desquiciado contra las montañas y tenía el sabor del maíz tierno asado: “Chicomecoatl”. Las serpientes sisearon con fuerza, dejaron el cuerpo de Celso y se colocaron en un costado. Él pudo levantarse. Distinguió la fuerza del náhuatl ancestral, y supo que se hallaba frente a una diosa. Ella movía sus brazos sin dejar de seguirlo con una mirada de águila irritada, y las milpas crecían lentamente.

Se nubló el cielo, y rugió la tormenta. Celso miró el cielo, y distinguió a seres lánguidos saltando entre las nubes con grandes lanzas picudas.  En el suelo las serpientes se desenroscaron y abrieron sus mandíbulas hasta dejar salir a siete mujeres, de rostros jóvenes y dulces, y cuerpos tiernos. Repitieron la palabra “Chicomecoatl” y se aproximaron a la diosa: ese era su nombre. De sus bocas salieron murmullos que incrementaron de volumen hasta volverse letras y silabas que formaban un mensaje: “Alegra tu corazón, tu último aliento será para la diosa del maíz”.

Ellas lo rodearon y lo llevaron arrastrando hasta estar a unos centímetros de Chicomecoatl. Su aroma era dulce y penetrante, su boca salivaba sin control, sentía la carne caliente.  Las manos de la diosa eran prominentes mazorcas, pero de ellas emergió un gran cuchillo, granulado como un elote, pero de un filo que desgarraba al mirar. Celso intuyo la muerte por esos seres sobrenaturales y pudo gritar. Rogó por misericordia, que lo dejaran ir, que nada le había hecho a los cultivos y que se mantenía como un hijo leal de sus padres, invocó a Dios, a los santos, a las muchas vírgenes. Pero nada cambió.

Las jóvenes tomaron sus extremidades y su cabeza. La diosa elevó al cuchillo hasta que tronó el cielo y lo clavó certeramente en el corazón de Celso. Él escuchó el impacto brutal, y sintió la sangre huir de su cuerpo. Dejó de sentir el pulso, pero todavía respiraba y veía. Chicomecoatl sostenía en alto el corazón, y ellas se regocijaban con su sangre. El líquido vital cayó a la tierra, y se prolongó como una corriente diminuta sobre cerros y cañadas.

Minutos después no salía más sangre de él, pero todavía vivía y veía. Las jóvenes lo depositaron en la tierra que antes parecía quemada. Él pensó en sus padres que jamás lo encontrarían, en la ciudad vibrante que seguía respirando a la distancia. Muchas raíces salidas de la tierra cubrieron su cuerpo y apretaron sus músculos hasta que no pudo sentir más. Su vista, oído y olfato se conservaban.

Chicomecoatl lo miró y nacieron visiones en su mente. Debía sentirse feliz de que su sangre y su corazón ayudaran a fertilizar esas tierras olvidadas, que llevaban ya muchos soles sin un sacrificio apropiado. Descansaría, y a pesar de que su nombre no sería recordado, gozaría en el más allá por su muerte gloriosa. Celso murió con una mirada de tristeza y una última lágrima salió de sus ojos que estaban a punto de ser consumidos por las raíces. Tuvo una última visión: los bosques y los infinitos sembradíos creciendo alrededor de un lago y una gran ciudad blanca.


Su cuerpo quedó enterrado. La diosa volvió a ocultarse con sus siete serpientes en algún lugar. Sabía que un día cualquiera tendría hambre y saldría a buscar su propio alimento con las únicas servidoras que tenía. Aquel año fue especialmente fértil para los sembradíos de las afueras de la Ciudad de México, y las lluvias moderadas. El jefe de gobierno salió orgulloso a presentar las numerosas cosechas de las zonas rurales y lo usó como bandera de campaña. Esa noche encontró siete semillas sobre su escritorio y la foto de Celso Ramírez, desaparecido el 30 de junio pasado.




Comentarios

Entradas populares de este blog

Nívea

Idilio Costero

Blitz (Lluvia de Fuego)

Astillas de Cuba (Parte 1)

Lago Espiral: Parte I