Taxhimay
TAXHIMAY
No habrá paz. Es lo que piensa Hansel mientras vuelve a casa,
conduciendo su auto en una noche terriblemente cálida. Teme que el pulso, el
sudor de la frente que no se detiene y la mirada perdida podrían delatarlo. En
su vida se había jactado de mantener la calma en los momentos difíciles: su
trabajo de gestor de crisis lo comprobaba. Las cicatrices de una juventud
desenfrenada aún yacían sobre su piel y aparecían como recuerdos esporádicos a
la hora de dormir.
Leslie lo espera en casa. Ha asumido el retraso de su esposo
como otra visita nocturna a las sesiones especiales del gimnasio, a las cuales
prefiere no asistir por terminar el día
jugando videojuegos. En los instantes que él está ausente y su ego no transita
por la casa, se pierde en los detalles superrealistas de los juegos y deja de
lado sus pensamientos al punto de que se siente confundida al salir a la calle
el día siguiente. Los disparos virtuales, uno por uno, revientan como globos
sus memorias turbulentas.
Hansel llega a la cochera, piensa en lo que verá al abrir la
puerta. Leslie en el nivel indefinido del juego, el habitual desorden de las
cosas y su silencio al sentarse en el sillón; luego esa mirada al techo que
parece deteriorado por la humedad, la falsa calidez de las luces, la cena que
siempre sabe a pan viejo, los gestos de una ternura gélida, las sonrisas de
piedra, el sexo sencillo entre nubes de carbón y todo el coro de los demonios
en la mente.
La escena ocurre tal como él imaginó, ven una de las cien
series que se estrenan por mes y fuman algo de hierba, que sabe a cilantro
molido entre el barro. Leslie distingue su mirada de tormento, la forma en que
abre la boca ligeramente. Pone una mano en la pierna de Hansel y él le
corresponde el gesto, pero sus dedos tiemblan, su espalda suda frío. Ella
pregunta “¿qué pasa?”. Él sonríe, niega todo, las cosas a su alrededor se
mueven. Mira el rostro de Leslie y vuelve a mirar a la chica que se creía
princesa de la cual se enamoró en la adolescencia.
“No habrá perdón para ti” dice un personaje de la televisión.
Él tiembla, pero no siente arrepentimiento. Abraza a Leslie con fuerza, digiere
lo último del pan viejo. Piensa en ella enfurecida y entristecida, queriendo
disparar las armas de su videojuego contra él. Hansel traga saliva con calma.
Todo podría perderse. Le asalta la duda: “¿Y si eso fuera lo mejor?”. No lo
sabe. Esa tarde se quitó el anillo de compromiso, a cuatro meses de la boda y
no se lo ha puesto de nuevo. Su cuerpo tiene las memorias de otra mujer, no de
su prometida.
* * *
Hansel se quedó dormido al tocar la cama, antes de que ella
volviera con su lencería nueva; lo llamó suavemente, pero no despertó. Leslie
se enfureció, se puso su pijama de siempre y durmió hacia el otro lado de la
habitación. Él despertó antes del amanecer con una inquietud extraña. La
recordaba, se llamaba Cynthia, era una chelista, amiga de un compañero del
trabajo a quien conoció en una comida cualquiera. El recadito con el teléfono
llegó a sus manos al pedir la cuenta. Lo demás fue la corriente, “la maldita
corriente”, pensaba él.
El día anterior, Hansel no había ido a trabajar. Después de
mucha conversación con Cynthia, quien sólo tenía días libres entre semana,
acordaron dar un paseo a un lugar cercano llamado Villa del Carbón. En el paseo
en lancha por la Presa Taxhimay contempló el reflejo de ambos. Aún no había
ocurrido nada y él mismo ignoraba si pasaría algo; nada habían hablado hasta
entonces de su situación sentimental más allá del cotidiano coqueteo de las
palabras.
Cynthia tenía un vestido corto y liso que perfilaba sus
piernas de caoba, largas y torneadas, así como su cuerpo de valle estrecho
entre las cordilleras. Su piel morena olía a maíz tostado, su cabello a madera,
que causaba una presión incontrolable en las manos y piernas de Hansel. Algo
había en ella, en sus labios y mirada de venado aventurero. Al poco tiempo, él
balbuceaba, contestaba con torpeza, se acercaba inconscientemente, más y más de
los centímetros a los milímetros, de las manos…hasta la ardiente superficie
entre su cuello y su oreja izquierda. Ahí él juró sentirse bajo una cascada, en
el principio de todo.
El paseo terminó en media hora, después de 57 besos (Hansel
los contó). Eran las 3:30. Caminaron por las cercanías de la presa ya sin
soltarse, hasta que encontraron unas cabañas. No importó el precio, se
introdujeron desaforados a la habitación. Él se quitó la ropa como si le
quemara, sin pensar nada. Las imágenes de su rutina se disolvieron al
contemplar desnuda a Cynthia, quien paseaba las manos por su piel, de su cuello
hasta sus piernas con soberbia plena. Luego sintió sus manos de chelista y
mordió la sábana como un animal sometido.
Hubo un gran incendio en la cabaña sin que se quemara nada.
Hansel sintió que Cynthia era una tormenta que no podía controlar y se rindió a
sus antojos por los primeros minutos. Luego los sonidos exteriores
desaparecieron. Ambos, cubiertos de sudor y con una presión incontrolable en
los músculos, follaban como lujuriosos recién salidos del segundo círculo del
Infierno. Coctel de alaridos, frases lodosas, y los golpes de terminar rodando
por el suelo. Ambos se quedaron sin respiración por varios segundos, y la vida
parecía terminar ahí.
Ya era de noche. Él jugaba como ocioso incurable con los
senos rollizos de ella. Se acordó de Leslie, pero el recuerdo no le lastimó.
Sin embargo, ambos tenían que volver. Huyeron de la cabaña dejando atrás la
habitación destrozada, con los vestigios de una lujuria desatada. El camino de
vuelta fue aún tormentoso, la despedida difícil. Hansel tomó una ducha antes de
llegar a casa en un viejo lugar de baños. Sintió su cuerpo más delgado,
distinguió sus facciones tempestuosas y trató de controlar los impulsos de su
cuerpo al evocar el recuerdo reciente.
* * *
Leslie y Hansel habían apostado para elegir un lugar a donde
ir en su aniversario, apenas a dos meses de su boda. La semana reciente había
sido de feliz reconciliación. Él había superado poco a poco sus pesadillas y
los recuerdos de Cynthia, principalmente porque ella había desaparecido. Su
ausencia tentaba su orgullo, pero prefería no revolver más sus asuntos. La paz
sabía más dulce que nunca, las mentiras lo mantenían en pie.
“Villa del Carbón” decretó ella, al ganar. Le mostró a Hansel
la reservación en unas apacibles cabañas al lado de la Presa Taxhimay. Él se
agarró del marco de la puerta y estuvo cerca de ahogarse con el trago de agua.
No tuvo más remedio que aceptar, ella estaba muy convencida. Lidiar con los
recuerdos en la arena de tentaciones que representaba ese lugar sería difícil.
Pero lo asumió como una prueba suprema de su hombría y su voluntad de hacer las
cosas bien.
Después del tradicional paseo en lancha, Leslie le confesó
que entraría a clases de chelo. Ya había asistido a la primera clase gratuita y
estaba convencida. Él, sin pensarlo, accedió a comprarle el instrumento como
regalo de ese aniversario y preámbulo de la boda. Ella lo abrazó, mientras
contemplaba al irónico viento mover las aguas. La tarde caía, olía a madera y a
maíz tostado como aquella vez. Se aferró con fuerza a ella, y se mantuvo así hasta que llegaron a la
cabaña.
La habitación era la misma, y en la mirada del recepcionista
había cierta malicia. Hansel abrió la puerta y se fue para atrás al instante.
Cynthia estaba ahí totalmente desnuda, casi tendida en la cama. En la
televisión estaba proyectándose la grabación del encuentro de hace unos meses:
en medio de la tormenta él jamás pensó en una cámara. La expresión de Leslie estaba
derruida. Distinguió fácilmente a la profesora de chelo. Y pese a la vergüenza,
había algo en el pantalón de Hansel.
Leslie noqueó a Hansel de un golpe, quien se quedó dolorido
en el piso. Se desprendió de su ropa y saltó con fiereza a la cama. Le susurró
algo a Cynthia. Fue sencillo atar al débil hombre con un pedazo de cuerda que
encontraron debajo de la cama. Él parecía complacido, pero le taparon los ojos.
Él escuchaba todo y trataba de liberarse con todas sus fuerzas: el paraíso
estaba frente a él.
Leslie se entregó a
ella con el oscuro deseo que produce la ira. Al final ambas volvieron a
noquearlo. Con muchas complicidades, lo dejaron amarrado a la silla frente al
lago sin dinero y automóvil. Hansel lloró por varias horas como demonio
arrepentido, nunca supo más de ellas.

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