Juego de Espejos
JUEGO DE ESPEJOS
¿A dónde iremos? No siento mis pies, ni te escucho. Si me
pidieran definir a la alegría lo haría describiendo tu rostro en estos
momentos; y seguramente el mío también. Encuentro en ti un oasis estacional,
que existe sin ir a ninguna parte. Hallo los trópicos bajo la sombra de tus
piernas y las respuestas en tus pestañas calladas. El viento callado de la
tarde nos habla de algún lugar mejor. Crees tú que no podría haber algo
superior a esto, pero sé que lo habría.
Callo el contexto frente a tus labios, hablamos de los varios
meses que han transcurrido desde que nos conocimos en un taller de dibujo.
Ambos llegamos a ese espacio en búsqueda de desahogo creativo después de haber
abandonado esa actividad por varios años; teníamos problemas, dialogábamos y
nos mostrábamos nuestras creaciones. Hasta hoy todavía ocurre. Agradezco que no
notes la prisa en mis creaciones, sino únicamente su tendencia dual y trágica.
Asumes tan bien mis misterios como yo ansío tus puertas
abiertas. Sé más de ti que tú de mí. Incluso has llegado a pensar que soy un
extranjero que aprendió el idioma y acento local demasiado bien para ocultar un
pasado doloroso. La secuencia del tiempo no es lineal, sino paralela y
espirada. Me gusta cómo dices mi nombre, aquel por el que nadie me llama. Te
dibujo cosas con notas secretas, leo tus sentimientos en tus trazos.
En este romance no declarado sólo falta un estallido final,
que vendrá un día cualquiera. Sé que lo anhelas, lo distingo en tu mirada antes
de despedirnos; yo también, pero aún me queda una pizca de miedo. Me pregunto
si llegaste en mal momento o si soy yo el que siempre llega tarde, tal vez muy
temprano. No elijo el orden de los episodios, únicamente me hago un montón de
preguntas antes de dormir. Me conmueve que me creas maravilloso, cuando la
palabra es una proyección de tu cariño propio.
Pude haberme ido hace mucho tiempo, quizás desde los primeros
días oliendo el peligro. Presiento el dolor, tengo escalofríos, se me quiebra
la sonrisa y sólo te abrazo antes de despedirme. Me gustas de una manera que me
asusta. Podría correr en cualquier dirección y quizás en este planeta circular
terminaría cayendo en ti. No debería, quizás, estar enamorado de ti, pero ya no
puedo hacer nada para evitarlo. Nos miramos antes de irnos, y concluyo que no
eres un error en mi vida.
* * *
Eres la mejor observando. Cada vez revelas los hilos de mi
silenciosa tristeza. Te sorprendes. Dices que he logrado lo que he querido, y
que en días mis emociones hacen parecer que es un fracaso. Incluso a veces
piensas que es a causa de ti, y tu melancolía ahoga mi garganta. Entonces
lloramos y juro que no eres tú, que es cualquier impulso existencial.
Recordamos cosas, te llevo a comer sushi en nuestro lugar preferido. El tiempo
no te quita lo encantadora, ni te quita un mínimo de belleza juvenil.
Tu cabello teñido de azul brilla de manera extraña bajo las
últimas luces de un día nublado, donde la luz apenas se cuela por los árboles.
Tomo tu mano con fuerza, me miras y pronuncias el nombre con que me han llamado
toda la vida. Quedan los puntos suspensivos, te tomo entre mis brazos y beso
tus labios. Ahí está el aroma, el sabor, las marcas que he dejado en ellos con
el tiempo; encuentro en tu amor una nube de certeza que parece equilibrarlo
todo.
Ojalá el mundo fuera este instante, porque todas las
respuestas estarían en ti. No habría misterios ni temores de alcoba, ni más
expediciones en mi vida que no van a ninguna parte. El sentido de los días
giraría en torno a ti, y todo momento del pasado, por virtud o defecto,
conduciría a este camino. Quisiera llevarte a un camino entre un par de
acantilados, con el océano chocando indomable bajo nosotros y un cielo agridulce
pero conmovedor. Te diría entonces que eres el único camino que conozco.
Obedecemos a una rutina donde permanecemos enamorados en
nuestros ratos juntos, y nos extrañamos. Las cosas que detestas de mí
finalmente te han generado risa, y aunque a veces te sientes insegura, la
respuesta siempre nos consuela. Dormimos con calma, no distingues pesadillas en
mi respiración. Tenemos planes por delante que se demoran, pero siempre llegan.
Uno de ellos era venir aquí, a este viejo palacio tallado en melancolía y
tomarnos una fotografía, en este momento del día. Parecemos surreales con estas
luces vespertinas.
Acordamos ir a nuestras casas, prometo ir a dejarte luego de
darte un largo paseo por las vías de la ciudad que nunca recorremos. Dejas
salir un poco de tu deseo en mí antes de que arranque el auto, y te
correspondo. Sonrío tranquilo, pero siento que mi pulso va disminuyendo poco a
poco. Tal vez necesito convencerme de
que esta es la verdadera vida que necesito, y no ir de un lado a otro en un
juego de espejos. Soy el mismo, aquí y allá: pero ellas son dos. Montserrat y
Amber.
* * *
Cuando vamos avanzando, Amber pone sus manos en mi pecho para
sentir mi pulso, que ha vuelto a acelerarse. Me pide que vayamos despacio,
disfrutando de los minutos que nos quedan juntos. Quizás no sean muchos días de
ausencia, pero todavía pesa. Ya no tenemos tiempo de escaparnos por las noches
al apartamento del otro. El avance de los años es absorbente. Después de
habernos quedado eventualmente solos, con los amigos lejos y la familia ociosa,
somos lo que tenemos.
“Temo que te enamores de alguien más” me confiesa. Reprimo mi
repentino pensamiento en Montserrat con una risa, y una negación en la cabeza.
Le digo que sólo está ella, pero mis ideas arden. Llevo varios meses
traicionando mi propio honor, y mis promesas se han podrido un poco en su
interior. Pero los sentimientos están ahí. La única verdad en estos momentos es
que sí estoy enamorado de Amber, la mentira dolorosa es que en mi vida no sólo
está ella.
Por un momento pienso en confesarle todo, exponerle mis
sentimientos con toda la sinceridad y demostrarle porque sigo enamorado de
ella, y quiero seguir a su lado. Pero el futuro aún es nebuloso. Vería sus
lágrimas, sus deseos de irse. Buscaría una explicación que mis palabras no
podrían darle. No era un asunto de lujuria, sino de un cariño que más que estar
dividido me alcanzaba para dos personas. Ella no entendería, el silencio es
mejor.
Mi teléfono empieza a sonar, una y otra vez. Distingo que es
el número de Montserrat. Parece ser algo urgente, pero no puedo contestar. Por
la presión de los autos de atrás, piso el acelerador un poco más. Amber me
recita uno de los poemas que ha aprendido recientemente, con su voz de melodía
que aísla la tormenta. El auto va rápido, el corazón otra vez más lento Mi
vista deja de enfocar. En un cruce hay otro carro y freno tan pronto como
puedo: el choque es inevitable.
El impacto es brutal. Tengo sangre corriendo en mi rostro y
me muevo con dificultad. Amber apenas abre los ojos. Abro la puerta, la mitad
de mi auto está destrozado y avanzo hacia el otro que distingo con horror. La
mujer que lo conduce sale cómo puede, con las piernas temblando y el celular en
la mano: es Monserrat, con ojos moribundos. Amber me grita por mi nombre
pidiendo que vuelva; Monserrat me llama por mi otro nombre, con lo último de su
voz Ambas se miran, ahora lo saben. Monserrat se desvanece sobre los cristales
del parabrisas, su cuerpo sangra; Amber cae sobre uno de los costados. Me
derrumbo de rodillas llorando, viendo los vidrios caídos mientras escucho las
sirenas venir.

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