Regina de Guanajuato


REGINA DE GUANAJUATO

Era de noche. La encontré caminando sola por uno de los túneles de Guanajuato. Su presencia destacaba en la luz amarillenta devorada por las rocas del túnel. Su cabello rojizo irradiaba como un fuego antiguo, su mirada era solemne, como si viniera de otro tiempo. Pero la seguí por esos labios, carmines como los arándanos. Fue ella quien me hizo una seña con la mano. Sonrió y sus dientes desprendían un brillo opaco.

En verdad les digo que me sentí enloquecido. Quizás volver a esos lugares de la infancia me había producido alucinaciones. Ella avanzaba con suma facilidad, tuve que correr en varios tramos y esquivar transeúntes; turistas despiertos y distraídos, pero también muertos en vida que parecían de otro tiempo. Cuando la perdía de vista sentía un pánico desconocido, como si la vida se fuera con ella.

Ahí estaba el Mercado Hidalgo, lo confundí con una iglesia. Su inmensidad contrastaba con su caprichosa cúpula en punta, como una flecha extraviada que tenía un reloj en su centro. Ella zigzagueó entre los locales, a punto de cerrar y su silueta se difuminaba. Los aromas flotaban todavía. Choqué con varias personas, pero ninguna de ellas pareció inmutarse. Miraban hacia el cielo, como si no hubiera otra cosa más.

Tuve que enfrentarme a esas calles, que parecen trazadas por topos y serpientes, que curvean y se apoderan de un relieve caprichoso. Esas calles y callejones que tienen más de mil nombres de cosas cualquiera, de nombres que fueron recordados. Ese laberinto de historia donde las paredes, de milagro, no hablan. Se escabullía ella entre las tiendas, pasaba entre los mostradores de artesanías con la agilidad de un gato gimnasta.

En la Plazuela de San Fernando se detuvo, se quedó sentada en el borde la Fuente. Alrededor el rumor de las cafeterías, las conversaciones de cientos de cosas y las tertulias revividas bajo el aire frío de un otoño que reclamaba su presencia. Sentí que los árboles me miraban y que desde las ventanas nos espiaban algunos curiosos. Pensé en que podría invitarle algo después de dirigirle a la palabra. Al acercarme a ella, rio con ternura.

No dijo palabra alguna. Condujo mi mirada al agua de la fuente. Me concentré en su sonido, en su ir y venir. Alrededor todo parecía transcurrir más rápido. Veía muchas luces y sombras de las personas. Olía a muebles viejos, pero también a café y vino con un leve tufo de sangre. Sentí que puso su mano sobre la mía. Estaba helada, pero su piel era suave. Cerré un momento los ojos. Al abrirlos, ya no estaba.

Otra vez la vi correr a la distancia y no pude detenerme. Cuando daba vuelta en algún callejón volteaba y me invitaba de nuevo a seguirla. Cualquiera de esos callejones estrechos como una madriguera habría sido factible para un beso. Parecía el lugar apropiado para el ritual. Cuestión de estirar el cuerpo, cerrar los ojos, imaginarse que ese instante es fracción de una historia más grande. Pero ella no se detenía. Y mis labios ardían de frustración.

Una vez más se detuvo en el borde del Teatro Juárez. En la plaza cercana los árboles se enraizaban y enroscaban para formar un techo. Entre las sombras y las luces de los restaurantes la gente cenaba. Aún con la ropa moderna tenían un aire señorial, como si los lugares vistieran a sus comensales con capas invisibles. El edificio mostraba una cierta nostalgia griega en sus columnas y estatuas. Era custodiada desde el techo por sendas estatuas negras.

Ella se quedó al costado de un farol y luego subió las escaleras hasta la entrada. En cuanto la seguí se escondió detrás de una columna y tocó mi hombro. Lo que siguió fue un juego del gato y el ratón entre las columnas sin que jamás pudiera encontrarla. Después de varios minutos de desesperación me quedé al lado de uno de los leones de hierro que custodiaban la entrada para ver mejor. Sin saber cómo, el animal rugió con fuerza. Luego escuché muchas carcajadas y aplausos. Su silueta rojiza se perdió otra vez entre la gente.

Su cuerpo contrastaba con el edificio blanco de la Universidad. Mis piernas comenzaban a sentir el azote del cansancio y mi respiración era dificultosa. Cuando me detenía a tomar aire ella lo hacía también, pero a la distancia. Nunca pude sorprenderla. A veces entre las banquetas solía distinguir brillos dorados y plateados. En otras escuchaba sonidos metálicos y distinguía siluetas entre los edificios cargando herramientas.

Para entonces ya sentía que me estaba volviendo loco. El ruido andante de las callejoneadas, dirigidas por estudiantinas felizmente irreverentes me distraía. Al verme correr soltaban algún chiste sobre mí, y la gente que los seguía, con su presunto vino en pieza de cerámica, reía a carcajadas. Luego seguían cantando. Ella también parecía cantar, pues movía la boca. Pero luego reía. Y esa risa tan suave era lo último que se quedaba circulando en mis oídos.

Subió las escalinatas de la Alhóndiga a toda velocidad. Se quedó pegada a la roca. Distinguí los orificios de bala que quedaron de la rancia guerra de independencia. Miré alrededor e imaginé a miles de personas marchando enfurecidas con sus herramientas de trabajo como armas contra los ricos de la época, temblando entre costales de granos. Creí escuchar los gritos de la batalla. Ella hizo una leve reverencia al edificio. Luego siguió otra vez entre las calles.

Llegamos hasta el teleférico que ascendía hasta el monumento del Pípila.  Ella me extendió su mano y volví a tomarla. El hombre que lo operaba portaba un sombrero, me fue imposible distinguir sus ojos pero tenía una voz sombría. Sólo ahí noté que ella no sudaba ni estaba agitada. Con voz clara me dijo que se llamaba Regina y que llevaba mucho tiempo viviendo ahí. Se acurrucó en mi pecho, su cuerpo era tan cálido como un ponche.

Descendimos del teleférico en el monumento del Prometeo mexicano. Ella sacó de su bolsa una pequeña botella de vino y la puso en mis manos. No había copas, pero, ¿a quién le importaba? Contemplamos la ciudad. Le di el primer trago a la botella y saboree sus labios, que sabían a fruta dulce. Luego ya no recuerdo más. Desperté horas después, era de madrugada y la botella ya estaba vacía entre mis manos. Pronuncié su nombre, hasta lo grité.


Desperté con la luz solar en la mañana y escuché el croar de una rana. Miré confundido a todas partes. Me curé la terrible cruda que me hacía tambalear como un tambor con cualquier cosa. Pregunté por ella en varias partes, pero nadie tenía idea. Pensando ya claramente en que quizás era un fantasma la busqué en las fotos de Romualdo García. Nada. Pero me parece insultante que ustedes me estén diciendo que hay una momia en el museo que se llama así.



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