Piedra de Niebla
PIEDRA DE NIEBLA
A todos nos sorprendió cuando dijeron que el metro daría
servicio en las madrugadas. Pasaría cada veinte minutos. En una ciudad que
padecía de insomnio constante, donde la tranquilidad y el crimen vivían sin un
ritmo de horas, parecía algo necesario. Ya no más esperar camiones que nunca
llegaban en el parabús fantasma, ni pagar tarifas dinámicas.
La decisión cambió nuestros planes progresivamente. Ya nadie
corría del bar o la fiesta al metro cuando estaban por dar las 12. La fiesta se
prolongaba hasta la anómala mitad de la madrugada; las risas, las canciones,
los besos no tenían hora. Ahí estaría el cansado tren naranja como ruletero
eterno dispuesto a llevarnos a salvo.
También era cierto que el crimen había aumentado
considerablemente a cualquier hora. Lo mismo permanecían escondidas en las
revisiones antes de entrar a algún lugar, las pastillas de colores, que un
cuchillo pigmeo para defenderse. No esperábamos que nadie nos salvara. Algunos
habían tenido éxito, según contaban, en defenderse de un malandro torpe. Las
chicas también en dejar herido a algún acosador. Éramos nosotros contra ellos,
no teníamos opción.
La ciudad tiene secretos que trascienden a nuestros
problemas. No lo entendí hasta aquel día. Había acordado verme con Miranda a
las 11:30, en una estación del centro. Llevábamos saliendo un tiempo, un número
indefinido de semanas, y esa tendía a ser otra fiesta de viernes más. La semana
me había dejado exhausto: terminé hundido en mi cama por la tarde, en una
siesta incómoda y seca. Desperté muy tarde, por lo que salí corriendo.
Más de una hora de trayecto. Le marqué a Miranda sin parar,
pero no me respondió. Maldije al metro, que hacía paradas ociosas en cada
estación y tenía un fuerte aroma a humo viejo, a sudor podrido, a cuerpos
fatigados. Poca gente viajaba a esa hora, ya había pasado la medianoche. Las
luces fallaban de vez en cuando, sobre todo cuando el tren se detenía a la
mitad de un túnel. Entonces los pocos rostros, ebrios o fragmentados, dejaban
ver un contorno cruel y una mirada alejada.
Llegué finalmente a la estación: Miranda ya no estaba. Mi
última esperanza era que se hubiera adelantado a la fiesta, y que yo pasara un
par de horas tratando de quitarle el enojo por casi dejarla plantada. Me habría
dejado más tranquilo sentir su furia que temer por su seguridad en las calles.
Quizás ella podría combatir con uno de esos hijos de puta, pero nada era
seguro. No quería despertar al día siguiente sin que nadie supiera dónde
estaba.
Eran cinco cuadras hasta el lugar de la fiesta. La estación
estaba en silencio: solo una breve melodía sonaba cada seis segundos. Los
conté, unas tres veces, con escalofríos en la espalda. El decorado verde de los
pasillos tenía algo de siniestro, al igual que las goteras de los costados.
Traté de ponerme los audífonos, pero sentía más ansiedad.
Finalmente salí a la calle que seguía ruidosa por los autos,
con el rumor lejano de las bocinas y las conversaciones animadas de la
madrugada. Sentí más seguridad, volví a llamar a Miranda sin éxito y me interné
entre las calles. El ruido desapareció pronto y volvió la tensa calma del
silencio. No era el silencio del vacío, de la paz. Era una vibración que se
mantenía constante, apenas interrumpida por mis pasos sobre la banqueta y las
coladeras.
Mi vista cayó repentinamente. Había una gran masa de neblina
frente a mí, flotando entre los edificios. Se movía de forma indefinida
adelante, hacia atrás. No era el vapor que emerge de las calles, tan deseado en
las fotografías urbanas. Era una materia que olía a fuego y a carbón; a flores
marchitas, a frutas maduras; a sudor y a sangre. Eventualmente, terminé dentro
de ella. Al tocarla, mi mano terminó mojada.
Al estar dentro, contemplé su color: verde, como las peras,
pero con manchones más oscuros como los olivos. De ella emergían ruidos
violentos que me costaba entender; sólo distinguía golpeteos constantes de
piedra y madera, música de tambores de guerra atroces como un trueno, así como
ráfagas de un viento que parecía no ir a ninguna parte. Me quedé recargado en
una de las paredes de la calle, que pertenecía a una casa colonial de tres
pisos, que conservaba el relieve barroco.
Sentí que la piedra quemaba. Luego vinieron las voces: desde
los murmullos hasta los cánticos y gritos de un coro que formaba círculos del
caos. Distinguía palabras en español dichas tan rápido que apenas podía
comprenderlas, pero también otras en idiomas que desconocía. Me tapé los oídos,
caí de rodillas y agaché la cabeza al sentirme aturdido. La neblina seguía
dando vueltas. Ahora también olía a incienso y a cirios, a carne quemada.
Distinguí entre la confusión a un hombre joven que atravesaba
dando tumbos la neblina. Tenía heridas de rasguños en la cara, la boca abierta,
el cabello mugriento y desordenado. En la mano derecha sostenía una pistola,
que apuntaba con cierta torpeza a todas direcciones. Sollozaba. Me vio e
intentó acercarse a mí. Coincidía con la descripción de un amigo mío de alguien
que lo asaltó un mes atrás.
Busqué el diminuto cuchillo que guardaba dispuesto a
defenderme del intruso. No lo encontré. Cuando me rendí lo vi flotando en el
aire, luego salió volando dentro de la misma neblina. El hombre cayó segundos
después, gritó de dolor y luego de unos segundos su voz desesperada murió. Miré
en todas direcciones buscando el horizonte de la niebla pero sólo distinguí
bordes delgados negros en el cielo.
El carnaval de ruidos y aromas permanecía. Ahora creía
escuchar voces de mis amigos, que parecían susurrar cosas en mis oídos. Sentí
comezón en mis uñas y tenté el aire: mis dedos tocaron pieles humanas peludas
de cuerpos que se desplazaban a gran velocidad. Las retiré tan pronto como
pude. Los tambores del principio empezaron a marcar ritmos más claros, y el
viento de tormenta parecía seguirlo.
Por las calles empezó a correr un líquido maloliente que
avanzaba con gran prisa. Mis manos no podían distinguir colores, el aroma era
confuso. Sin terminar de entender lo que pasaba y con un miedo que a ratos
disminuía me atreví a probarlo. Lo escupí antes de saborearlo completamente:
era sangre. Sentí cubierta la parte inferior de mi cuerpo. Traté de moverme
pero fue imposible.
Entre las sombras neblinosas distinguí un rostro difuso que
se acercaba a mí. Se hacía más grande poco a poco, permanecí con los ojos
abiertos. En ese momento mi pequeño cuchillo cayó en mi mano derecha y por
instinto apreté el puño. Lo enterré en la palma, de ella brotó sangre. Omití el
dolor. Vi al fin a ese rostro verde de mujer, piel de niebla y cabellos de
tormenta, que gritaba con grandes colmillos para consumirme. Grité algo que no
entendí. Cerré los ojos.
Al abrirlos la niebla seguía ahí, ya sin tormenta. Podía
moverme. Voltee a mi derecha y choqué con alguien. Era Miranda. Su gesto de
terror pasó al de la calma. Nos acercamos, nos quedamos abrazados queriendo
huir del caos de los sentidos. Entonces lloramos, lloramos largamente de pena
por muchas cosas. Ella también tenía heridas. La niebla perdió toda forma. En
algún momento nos quedamos dormidos.
Despertamos los dos en el metro, cuando el tren frenó
violentamente en una estación. Eran las 4:30. Teníamos rasguños, un gran dolor
en todo cuerpo que apenas nos permitía movernos. Nos aseguramos primero de que
estábamos bien, de que iríamos a mi casa: la más cercana. Luego estuvimos sin
decir nada más de una hora, jadeando.
Hemos tenido insomnio desde entonces. Hemos contado la misma
historia, porque nos ocurrió de una forma muy similar. Esa noche, antes de
acostarme, sentí que algo me punzaba la pierna. Extraje mi cuchillo que estaba
atravesando una moneda, justo en la parte donde estaba el águila. Los
incrédulos, como ustedes, dicen que es una magnífica artesanía: nadie ha
logrado sacarlo de ahí desde entonces.

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