Tiburón Tigre


TIBURÓN TIGRE
El viaje al Mar de Cortés la había dejado perturbada. El cuarto y penúltimo día de aventura para Inés, una analista de sistemas que aprovechaba los días de vacaciones con un hambre descomunal, había empezado con un paseo en lancha hacia los espacios de paraíso marino que albergaban al acuario natural más grande del mundo. El paquete turístico de buceo estaba de oferta y ella no dudó en aprovechar. Viajar sola le permitía darse todos los caprichos que quería.

Era una nadadora experta que había abandonado la natación por ratos esporádicos, pero bucear no dejaba de ser un reto. Siguió el espigado cuerpo del instructor que avanzaba sobre las aguas de tonalidades verde y turquesa. Escuchaba su respiración y la atmósfera callada del océano. Empezó a divisar los peces de tonalidades tan diversas como las flores y muy a lo lejos grandes masas que parecían ser ballenas.

Alcanzó al instructor al poco tiempo, quien le pidió que volteara hacia su izquierda. Vio entonces a ese gran pez avanzando como una punta de flecha elegante, con la mandíbula ligeramente abierta que dejaba ver unos notables colmillos. Su piel rayada, sus aletas ágiles. Hubo un instante en que Inés creyó verlo a los ojos y se quedó estática, sin moverse. Entonces el tiburón tigre presumió sus colmillos y ella creyó escucharlo rugir.

La visión la dejó aún más fuera de la realidad. El instructor tuvo que agitar su cuerpo varias veces e incluso impulsarla para salir. El tiburón se acercó hacia ellos, pero, de manera inusual, perdió el interés y se perdió en el horizonte azul. Hasta que lo vio desaparecer, ella recobró la conciencia. Sentía un hormigueo recorriendo su cuerpo y una gran sed, que después se volvió hambre.

El resto del recorrido le pareció monótono. Los demás peces le parecieron meros adornos y los suculentos mariscos le supieron a simple arroz blanco. Volvió muy inquieta a su casa, repasando en su mente la visión del tiburón tigre. Sintió que ese era el único instante de verdadera vida que había tenido en los últimos meses. El día que tuvo que volver a su trabajo se emberrinchó consigo misma y llegó tarde. Asumió el regaño con indiferencia.

Pasaron dos semanas de días sin sal. Las palabras y conversaciones de la gente a su alrededor le parecían zumbidos insoportables; la televisión y los contenidos de internet, basura apenas masticable. Los documentales de vida salvaje la calmaban los primeros minutos, pero terminaba llorando al final. El hambre y la sed no se iban en ningún momento. Uno de esos días recordó intensamente la visión del mar. Sintió una profunda nostalgia, pero también una creciente humedad entre las piernas.

La mañana siguiente le llamó a Cristóbal. Él contestó bastante extrañado, y sin reconocerla, y tampoco sintió gran alegría al descubrir su identidad. Inés lo había rechazado una y otra vez en la preparatoria porque nunca se interesó realmente en él. El único intento de cita que pudieron tener terminó cancelado de último momento por ella.

Inés sabía alterar su voz y sus palabras para ser persuasiva: logró convencerlo de tener una cita aquella noche. El interés le había nacido por una razón muy elemental: Cristóbal era biólogo marino, y por Facebook, se había enterado de que había trabajado con tiburones y delfines principalmente. El hombre parecía más interesado en los animales que en las personas.

Quizás en otras circunstancias Inés habría encontrado tediosa la plática que sostuvieron en la cena. Ella pidió un nutrido Vuelve a la Vida, y él una pequeña ensalada. Mientras él hablaba con lujo de detalles de los hábitos cotidianos de los tiburones, las decenas de especies y su sofisticado instinto, ella contemplaba sus barbas, y sus labios. Sus barbas de camarón, las manos que como tenazas articulaban ideas y que ella sólo deseaba en torno a su cadera.

Cristóbal, luego de un buen rato, distinguió su mirada y se quedó en silencio. Como un profesor que se siente ignorado, le preguntó qué pensaba y si tenía alguna duda. Inés enunció una distraída opinión y tuvo que corregirse a sí misma varias veces. Él alzó la ceja, ella lo tomó como una provocación. Siguió en silencio, pero empezó a comer sus mariscos como una depredadora.

Tomaba camarones y trocitos de pulpo en impulsos arrebatados, pero al llevárselos a la boca los mordía delicadamente mientras le dedicaba una sutil mirada a su compañero. El acto se repitió en varias ocasiones. Al salir del restaurante, ella se detuvo y tomó su cabeza. Lo besó con violencia, y el biólogo marino apenas pudo contener la oleada pasional. Fueron pocas las palabras con las que acordaron el paso siguiente.

Desembarcaron en el departamento de ella. La sed y el hambre que Inés había tenido los últimos días parecían haberse maximizado. Sus piernas se movían inquietas y el calor que tenía en la piel parecían de otro mundo. La mirada de Cristóbal parecía extraviada en un horizonte desconocido, apenas pronunciaba palabra y sentía una aceleración masiva de sus latidos. Recordó las viejas frustraciones con ella, los deseos enterrados bajo toneladas de arena y recobró un impulso que no había sentido en años.

Por eso el camino a la cama de Inés fue corto y brutal. La ropa salió disparada como si se la llevara una corriente de viento. Inés pensó en la visión y pensó en el hombre que tenía frente a ella como lo más cercano posible al tiburón tigre. Pero algo faltaba. Arañó con furia su espalda, y lo mordió en un hombro hasta hacerlo abrir la boca en un gesto de dolor.

Él sintió temor, pero a la vez una desquiciada excitación. Puso sus impulsos en marcha, pero Inés tomó el control y tomó el cuerpo de él como un timón cualquiera. No hablaban, solo resoplaban y gemían. Ella lo tomaba de la cadera con la misma violencia y rapidez que imaginaba en un huracán. A ratos sentía el silencio de las profundidades y en otra el bullicio de las olas contra la tierra firme.

Cristóbal se sentía como el descubridor de una tierra apenas creada. Sentía, probaba y sufría las costas de Inés, que se humedecían a cada momento. El sudor en sus cuerpos parecía más una lluvia vieja, con un aroma que a ambos les parecía embriagante. Ella le pidió que mordiera y marcara su piel, marcaba los ángulos y orientaciones cuando la pasión parecía haberse tragado a los puntos cardinales.

Inés quería sentir la tormenta, y llevarla cada vez más lejos. Cristóbal contempló con cierto terror el rostro de ella con los ojos en blanco y sus manos tomando su cuello con una fuerza desconocida. Sintió que sus latidos se aceleraban y ampliaban por todo su cuerpo, y que sus sienes iban a explotar. El huracán de los deseos ya los tenía casi en el suelo.

Ella sintió que todavía faltaba para llegar al punto máximo de su visión. Encima de él, empezó a casi saltar con ira mascullando palabras y gemidos. Cristóbal sintió que su cuerpo era arrojado a una hoguera y gritó. Inés le dio un puñetazo en la nariz. Los ojos de Cristóbal se quedaron abiertos, sus extremidades tensas. Todo el cuerpo le hormigueaba y lo último que sintió fue a su mástil sucumbiendo a la tempestad.

Inés se desprendió de él y lo sintió: el calor de la fricción se iba, su cuerpo se ponía frío. Tomo su pulso: no existía. En el instante en que él gritó, ella al fin se sentía mordida y casi devorada por el tiburón tigre. Pero al mirar a Cristóbal ahí, sin latidos y quizás sin vida, dejo de verlo como al depredador del Mar de Cortés. Pensó en él como un charal deshecho. Caminó desnuda por su departamento y se carcajeó. Pensó en el silencio de las profundidades, pero no pudo recordar la visión.




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