Prisionero de la Lluvia
Tenía un dolor dentro de mí que apenas me dejaba avanzar.
Mis pies parecían de concreto, el suelo se sentía como gelatina. Ignoré el
estado del cielo. Por eso, me sorprendí cuando una gran gota de agua cayó sobre
mi ceja y siguió indiferente hasta resbalar por la barbilla. Era ácida, tallé
mi ojo. Sólo entonces miré el coro de nubes de la tormenta. Tempestad citadina
que nacía en marzo.
Casi con la velocidad de los relámpagos que tronaban
en el cielo, descendieron las grandes hileras de agua sobre el enredo de calles
de la ciudad. Las personas avanzaban rápidamente para cubrirse, pero en algún
momento yo dejé de caminar. La lluvia me hacía sentir pequeño, miserable, sin
cuerpo ni voz. Quise desprenderme de esa angustia y correr. Fueron unos cuantos
metros.
Resbalé con una raíz de árbol que desafiaba la
banqueta. Recuerdo el sabor amargo de la tierra que se convertía en lodo.
Intenté ponerme en pie, pero no pude. Sentí que mi cuerpo estaba ahora pegado a
la tierra. La desesperación pasó pronto. Ya no caminó ningún alma por esa calle
y el ruido de los autos parecía más distante. La tormenta crecía. Vi la
corriente de agua que avanzaba por la calle. Los recuerdos vinieron en hilera,
sin resbalarse.
Si hubo un día maldito, fue aquel. Trabajaba para un
portal informativo, nacido entre los brillos de la era digital, para colmar de
entretenimiento y uno que otro buen reportaje la dimensión sobreexcitada de las
redes sociales. Fui recibido en un ambiente juvenil, moderno, en donde los
flujos de la creatividad parecían resolverlo todo. Horarios flexibles,
prestaciones de fantasía…ellos querían domar a nuestra generación intangible.
Pasaron unos cuantos meses, el tráfico en las redes
crecía. De vez en cuando algunos renegados me agregaban pregonando que podía
ganar mucho dinero usando mis cuentas para fines de marketing. Nunca les creí.
Pero esa esfera digital que nadie veía realmente y en la que estábamos inmersos
no dejaba de crecer; pero también se hacía más frágil.
Esa mañana, antes de siquiera imaginar que habría una
tormenta vespertina, llegué junto con mis compañeros a nuestras oficinas decoradas
juvenilmente. Pero ya algo olía a tragedia. Había documentos sobre nuestros
lugares: el portal dejaba de existir, de un día para otro. El gran consorcio
mediático había decidido deshacerse de nosotros sin liquidación alguna.
Habíamos sido enviados a la papelera de reciclaje sin retorno.
El coro de furia de esas voces, nuestras voces, se
extendió durante la mañana y la tarde. Recibimos apoyo verbal. Lo digital a
veces se materializa; pero en otras, no. Yo lo tenía claro. El tiempo y el
hambre habrían de callarnos porque no habría solución en tribunal alguno. La
nueva era encerraba una vorágine oscura que nunca supimos ver. Los contratos
seguían siendo engañosos, y nuestra presencia desechable.
Pero ese encontronazo no fue el último. Al mediodía me
llegó por correo electrónico una notificación de la Universidad. Un directivo
de la cúpula académica me había denunciado por plagio en mi tesis. Sabía que
mentía, pero el poder hace que la verdad gire por la fuerza. Recordé esa conferencia,
de hace años, en que le reclamé públicamente que cierta investigación que había
hecho se parecía mucho a una realizada por unos amigos. Él guardó mi nombre,
esperó su momento. Sentí una gran rabia que me hizo vomitar unos minutos después.
Pero también un sudor frío que se hacía más próximo cada vez.
No llamé a nadie, a ninguno de mis amigos. Cerré
temporalmente mis redes sociales, necesitaba pensar. En la comida vería a mi
novia. Pensé que no estaba dispuesto a soportar una pelea más, y menos en aquel
día de mierda. Traté de componer mi cara, sacar las pocas palabras amables que
me quedaban y contarle de buen modo el desastre que había ocurrido. Seguro que
podría contar con ella.
No discutí el lugar de la comida y pedí una triste
ensalada; la lechuga me supo más insípida que una papa cruda. No supe cómo
empezar a contarle. Ella se irritó con mi silencio y avanzó. De su boca surgió
una gran cadena de quejas de meses recientes. La escuché sin decir nada, bajé
la mirada. En algún punto sus palabras me dejaron de doler, dejé de escuchar.
Cuando se calló, le devolví la mirada. No fui consciente de mi gesto de demonio
pateado.
Ella terminó todo, en un solo golpe, y se retiró del
restaurante. Me quedé solo, me terminé en silencio la ensalada y pagué. Cuando
salí, traté de recordar todo lo que me había dicho y las razones por las que
nuestra relación había terminado. No pude. El nudo en la garganta crecía, el
estómago me daba vueltas. La gente vestía primaveral, pero yo sentía frío; un hielo
que me quebraba la cabeza. Me sentí indefenso.
Pensé en las deudas, los malditos créditos adquiridos
en cuanto empecé a ganar dinero. Vislumbré el horizonte solitario, porque no
estaba dispuesto a pedirle a ella que volviera ni quería entender sinrazones.
Me asqueó mi papel de víctima en todo esto, pero tampoco quise verme como verdugo
recibiendo su merecido. Los amigos de siempre ya no estaban al alcance de la
mano.
Cuando la hilera de recuerdos terminó, seguía sin
entender porque había ocurrido todo. Cerré los ojos, pero los volví a abrir
para llorar por un tiempo indefinido. Me arrastré hasta el tronco del árbol
cercano aún sin poder levantarme. La pierna derecha me punzaba y el menor
movimiento me producía un dolor tremendo. La lluvia finalizó un par de horas
más tarde y vino el viento suave de las primeras horas de la noche. Sentí que la
corriente me abrazaba y que me quedaba dormido. La vida parecía volverse un
sueño.
Los sueños que tuve o creí tener fueron desde la calma
de la naturaleza hasta visiones de fuego y dolor. No los recuerdo ya. Cuando
desperté tardé unos minutos en tener conciencia de mi identidad. Estaba sentado
en la banca de un parque, sentía mi cuerpo ligero, la piel suave. No tenía más
pertenencias que mi ropa. Sentía como si alguien hubiera cuidado de mí, pero
había sido devuelto a la realidad. Cada cuatro segundos sentía un dolor
punzante en el pecho. Veía a la ciudad en tonos más claros, y escuchaba con
agudeza.
Otra vez no distinguí cuando se formaron las nubes de
tormenta. Las gotas empezaron a caer, pero resbalaban por mi cuerpo como lo
harían sobre las paredes. No sentí frío, pero sí una necesidad de caminar. Ya
no tenía la pierna quebrada, podía avanzar con facilidad. No sabía qué maldito
día era, pero nada parecía haber cambiado.
Nadie posaba su vista en mí hasta que me acerqué a la avenida
por donde transitaban muchos autos. Distinguí que alguien me miraba insistentemente
desde una banca cercana. Me dedicaba un segundo a mí, y dos a un cuaderno donde
parecía escribir como desquiciado. La lluvia arreció y el suelo se cubría de
una creciente capa de agua.
Quise ir hacia ese mirón. Avancé, pero sentí que a
cada paso empequeñecía. Fui consciente de que me estaba desvaneciendo en el
agua. Poco a poco empecé a sentir el frío del agua en mi ser. Sonreí entonces,
miré al cielo. El tipo en la banca me dedicó una mirada alegre. Lo último que
vi fue a la ciudad deshacerse en la lluvia. Luego una sensación de vértigo.
Después la sombra eterna.

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