El Final de las Horas
EL FINAL DE LAS
HORAS
Mis días son de risas
fingidas y lágrimas reprimidas. Mentir es fácil, es un mal hábito para
aparentar fortaleza; todos me creen por indiferencia. Es de madrugada, no sé la
hora e importa poco saberla. Pienso todas estas estupideces porque la oscuridad
me asusta. Así mantengo mi mente ocupada en otra cosa, en maldecir lo que salga
de mis pensamientos, en sentirme desafortunado sin motivos reales.
Recuerdo mucho aquello
de que las grandes ciudades nunca duermen. Pero este lugar, donde hormiguean a
diario millones de personas, parece inerte. No hay transporte público alguno.
Cuando vivía en Estocolmo, había buses a todas horas, aunque sólo transportaran
unos pocos jóvenes en estado inconveniente. Haber vivido por uno año entre tanto
güero apacible no me hizo rico ni más sabio. Me produjo una extraña añoranza
por mi lugar de origen, como si deseara volver a respirar y odiar esta ciudad.
Pero la urbe vive y
crece demasiado rápido. Desde hace unos minutos estoy perdido entre calles que
no recuerdo. Algunas luminarias y postes alumbran intermitentes, como si
anunciaran fiestas que jamás concluyen. No puedo ver los nombres de las calles.
Los autos que atraviesan veloces las avenidas no me dan referencia alguna. Las
patrullas pasan con las sirenas alerta, pero con los policías dormidos.
Mis diecinueve años
están marcados con pequeñas cicatrices en mis brazos, penden de mi cuello como
un collar raído después de una tormenta. Mis pupilas permanecen dilatadas, mi
cuerpo ligeramente encogido en un escalofrío eterno. Me detengo en un parabús
iluminado y tomo asiento en una banca metálica mojada por la lluvia de hace
unas horas. No pretendo nada más que orientarme de alguna forma para volver a
casa. La luz blanca me da más seguridad.
Algunas otras personas
se detienen a ratos ahí, sin esperar nada. Algunos están envueltos en cobijas
oscuras viejas que les cubren hasta el rostro, pero que no les quitan el frío.
Hablan con un ritmo entrecortado, no se les entiende nada. Se dicen cosas a sí
mismos, ríen con un estruendo de flemas en su garganta y miran el cielo carente
de estrellas sin esperanza. No tengo la suficiente alegría para sonreírles. Les
pongo una moneda de caridad en la palma de sus manos pero siempre se cae.
Pienso en esperar que
den las seis de la mañana en el parabús para que algún camión matutino me lleve
a un punto conocido. Pero algo me dice que falta tiempo para ese momento. El
impulso es seguir caminando hacia algún lugar, siguiendo la avenida que estoy y
el flujo de edificios marrones o incoloros que bordean los barrios de por aquí.
Cuando me retiro de ahí, escucho que las personas que se quedan rezan algo
parecido a un rosario, tan rápido que omiten algunas palabras. Sus voces me
perturban.
No volví a esta ciudad
para ver a mis padres, a pesar de que me llamaron muchas veces para que fuera a
visitarlos en cuanto juntara el dinero suficiente. Pensaban que el frío me
haría pensar como ellos querían, que vendría con el rostro pálido pero enrojecido
de alegría con la consigna de que todo el tiempo había estado equivocado. Pero
yo elegí ser advenedizo, no pertenecer a ninguna parte porque nada parecía
tener sentido. Soy un vacío. Y los vacíos no tienen peso, pueden deambular
libres por dónde sea.
Felicia me recibió
cuando volví. No fue por mí al aeropuerto a recibirme con un abrazo, como sería
lo normal. Me fue a buscar a la vieja estación de tren, cuando descargaban el
contenedor dónde me fui de contrabando. Nunca supe cómo averiguó mi ubicación,
quizás su intuición se ha vuelto más extraordinaria. La vi tan alta como
siempre, pero con la piel más morena y un poco carcomida por los años. No me
sonrió, sólo se cruzó de brazos. Cuando la alcancé se dio la vuelta y la seguí.
No hablamos entonces de
lo que pasó hace años, de sus perversiones y de cómo fui un títere para su
ociosidad insaciable de adolescente tardía cuando yo apenas me acercaba a la
pubertad. No desperté atado a ninguna parte ni con calambres en los tendones ni
con una sed inusual cuando me ofreció quedarme en su casa. Antes de que llegara
estaba tan solitaria como triste. La compañía sin explicaciones que nos dábamos
parecía hacernos bien ahora.
Pero dudo que su
intuición la hiciera salir a buscarme a estas horas. Ella no era sonámbula y
dormía bajo el influjo de una extraña música rítmica, con los audífonos
puestos. Las cuadras parecen no tener fin. Cuando piso las coladeras escucho
unos extraños gritos, como si vinieran del subsuelo. Cualquier escéptico
aceptaría la existencia del inframundo al escucharlos.
En esta ciudad hay más
gatos que en Roma. Desde lejos veo los ojos ámbar iluminados tenuemente,
seguidos de una carrera en la que sus garras chocan contra el suelo. Algunos de
ellos se lanzan contra mi cuerpo, trepan por mis piernas y saltan lejos para perseguir
objetivos invisibles. Maúllan fuerte, desvergonzados y a la vez desolados. Son
dueños de las noches solitarias, porque el calor de los hogares les aburre.
Buscan aventuras cuando podrían dormir cálidamente y esperar su comida en la
mañana. Como yo.
He perdido ya la cuenta
de cuánto tiempo llevo caminando y no hay señales de que el amanecer esté por
surgir. Aún no he empezado a dar vueltas en círculos pero estoy por hacerlo.
Cuando volteo hacia atrás para intentar orientarme de nuevo choco con alguien.
Ambos gritamos, damos un brinco para atrás. Nuestras voces son similares, pero
la de él es más ronca. Ambos palidecemos, pero él más. Nos reconocemos, aunque
jamás nos hayamos visto antes.
No es difícil
distinguir a mi imagen futura en treinta años, con el mismo andar perdido, el
cabello blanco y la barba recortada de forma peculiar. Es un hombre viejo pero
sigue conservando mi esencia de joven desorientado y advenedizo. Él no esperaba
hallarse un recuerdo materializado. Nos miramos como un par de búhos desconcertados.
No decimos nada. Ahora lo sé, las horas se han terminado ya. Nuestras imágenes
proyectadas se desvanecen. Permanece el silencio.
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