Balam

BALAM

Detesto ser interrumpida mientras leo. Ya había perdido la cuenta de las páginas y las horas que habían pasado. Mi madre me habló para que fuera a comprar unas cosas del desayuno de mañana, antes de que la tienda más cercana cerrara. Acepté de mala gana, tomé el dinero y las llaves. Salí imitando grandes pasos aunque soy pequeña. La luz de los focos incandescentes de la sala lastimó mis ojos, acostumbrados ya a mi lámpara blanca, a la oscuridad de estos días pardos.

Son un par de cuadras hasta la tiendita, está por llover. Mientras camino pienso en Chejov, a quien leía, y en sus interminables fantasías con sabor a vodka. Me gusta pensar que vivo al paralelo en esos tiempos, que mis pasos se hunden en la nieve y que el frío reduce mi tamaño hasta parecer un gran abrigo con un par de ojos verdes reluciendo. Leía para no pensar en mí. A nadie podría interesarle mi historia.

A medio camino, como siempre, está la casa abandonada. Nadie recuerda cuándo fue la última vez que estuvo ocupada. Es una construcción no muy grande de dos pisos, paredes blancas carcomidas por el viento húmedo de los veranos, un tejado de barro que se cae a ratos y ventanas rotas. Siempre quise ir de niña a explorar, pero se rumoraba que la habitaban vagabundos y esos hombres me daban miedo. Temía de sus pasos erráticos, sus palabras ahogadas en la suciedad, su tristeza de nómadas.

Fuera de la edificación se extendía hacia la calle un gran jardín, que quizás alguna vez había sido hermoso, limitado por unas barreras de cemento que se desmoronaban. Ahora la maleza crecía por todas partes, los árboles dejaban caer frutos ácidos, las enredaderas eran cada vez más gruesas y a veces se incendiaba una parte en los tiempos de sequía. A cualquiera que tratara de limpiar el terreno le habría tomado más de un día entero hacerlo. Me dispongo a pasar de largo, pero un sonido me hace voltear.

Es un maullido, diminuto, apenas perceptible que se repite constantemente. Debe ser un pequeño gato. Como amante de los animales, me acerco lentamente a la entrada del jardín para buscarlo, quizás había perdido a su madre. Camino con dificultad entre la maleza, mientras siento cómo los matorrales rasguñan mi piel. Cuando estoy a punto de rendirme, encuentro al minino escondido debajo de un helecho. Maúlla con más fuerza.

Lo levanto con mis manos. No tiene las orejas puntiagudas, es muy oscuro con pequeñas manchas más claras y es más pesado de lo que parece. No había visto un gato así antes. Él lame mis dedos y amenaza con mordisquearme tiernamente con sus pequeños colmillos. Pero unos segundos después salta de mis manos y escapa nuevamente entre la maleza. Será mejor irme. Pero un sonido diferente hela mi piel.

Es un poderoso rugido, venido desde la copa de uno de los árboles cercanos. Después escucho unas garras que se entierran en uno de esos viejos troncos y un gruñido potente. Quiero correr, pero mis piernas no me dejan ir hacia atrás. El ambiente cambia, parece volverse más oscuro y el viento sopla con más fuerza. Caen las primeras gotas de lluvia. Los sonidos que vienen del viejo árbol continúan. Unos ojos amarillos resaltan.

Lo reconozco porque vi uno dormido en el zoológico hace unos meses, pero no puedo creerlo. Es un jaguar. Veo sus grandes patas descendiendo hacia el suelo mientras continúa gruñendo con las fauces semiabiertas. Su piel es de un dorado opaco como un viejo tesoro, sus manchas son prominentes. Despide un olor a sangre seca y tierra mojada.

Se mueve entre la maleza para acercarse a mí, con cierta cautela. No me pierde de vista. Sus ojos son oscuros, atentos y furiosos. Su andar destruye el silencio del lugar olvidado, tiemblo como nunca antes, como si estuviera en un gran refrigerador. Mis manos cubren mi boca instintivamente, pero no puedo retirar mi mirada del felino. Los maullidos que escuché antes suenan de nuevo, acompañados por otros cinco más.

Espero que en cualquier momento el jaguar salte sobre mí o me haga correr de manera inútil. Esto parece un sueño. Allá en la casa del tío Kevin de repente aparecían cocodrilos en la cochera, porque cerca estaba el pantano y buscaban de cena a las mascotas. Pero esto no puede pasar aquí. Me inclino lentamente hacia el piso, para intentar esconderme entre los arbustos. Es ridículo quizás pero no se me ocurre otra cosa.

A un par de metros, él se detiene. Rasguña el suelo con sus garras y luego se irgue con gallardía para volver a verme, sin los colmillos furiosos esta vez. Observo sus facciones hermosas, sus bigotes largos y su expresión un tanto triste mientras la llovizna incrementa. Pienso en sus crías y me extraña que sea un macho, no una hembra. No sé qué mira él en mí. Su mirada penetra mis pensamientos, me provoca escalofríos.

Pienso en cómo me ve él. A esa humana insolente que entró en su territorio y tuvo el atrevimiento de tomar a su cría por unos segundos. Así como la extrañeza de que no huyera. Imagino que observa mi propia mirada temerosa y desencantada de la vida, mis lentes enormes que parecen espejuelos  así como mi boca temblorosa. Quisiera acariciarlo, derribarlo en la maleza y sentir su respiración agitada. Tratarlo como un animal incomprendido, darle el abrazo que nadie me ofrece a mí.


Me pongo de pie, no intentaré acercarme más. Vuelvo a verlo. Pertenecemos a mundos distintos. Él no vendrá conmigo a casa, no dejará que le haga cosquillas en el vientre. Él me mira, sublime. Siento un gran hueco dentro, las lágrimas corren por mi rostro. La vida se vuelve un puño de arena que se pierde con el viento, la piel se vuelve líquida; respiro, mis pulmones se vuelven densos. La oscuridad incrementa junto con la lluvia. Lo miro a él, magnífico, inalterable. Pienso en pedir un deseo, pero no quiero hacerlo. Cierro los ojos. Silencio. Él ruge, se lanza con las fauces sobre mi cuello.

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